Del gruñido a la palabra

El famoso “yo“, dice Rodolfo Llinás, es una maqueta que el cerebro construye para brindarnos la sedante sensación de identidad y continuidad que nos permite navegar en la esquizofrénica turbulencia ocasionada por los diversos “yoes” reales que nos conforman.

Es probable que la invención de las palabras obedezca a una angustia similar, a la necesidad de nombrar el mundo y establecer relaciones entre las cosas, los fenómenos y nosotros. Quizá la respuesta del cerebro sea el lenguaje, una construcción de la mente para tener un modelo del universo que sea dúctil, portátil, cognoscible y finito, es decir, todo lo que el universo no es.

(Usted dirá que el universo y el lenguaje son finitos ilimitados, es decir, conjuntos finitos con potenciales infinitos; tiene razón, pero le ruego que discutamos esto en un próximo artículo).

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Lo irónico es que, siendo el lenguaje una rica veta de reflexiones filosóficas y posibilidades poéticas, haya pocos ensayos lingüísticos legibles. Y resulta aun más paradojal que investigadores minuciosos, los que conocen las palabras de manera íntima, los gramáticos y los filólogos, sean los autores de los ensayos más desangelados.

Veamos tres ejemplos.

En las miles de páginas del minucioso José Rufino Cuervo, que dedicó su vida a la gramática en general y a la semántica en particular, no encuentra el lector un pensamiento hondo ni una frase bella ni una conjetura audaz. Pudo ser un pensador notable, pero decidió, humilde, monástico, oficiar de aplicado notario de la lengua y registrar los caprichos del habla popular y decenas de miles de ejemplos de uso de las preposiciones en las construcciones sintácticas de los clásicos de nuestra lengua.

Es cierto que su Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana es “una soberbia catedral de la lengua“, pero no es menos cierto que se trata de un libro perfectamente inútil. Si uno llega al Diccionario con una duda, sale con mil.

Incluso Andrés Bello, un gramático de mayor vuelo, tiene pocos pasajes filosóficos en su Gramática de la lengua castellana, pero debemos reconocer que algunos son tan hondos y claros como este: “Las lenguas no son sistemas arbitrarios de signos; son la manera como los pueblos cifran la realidad y formulan sus ansiedades“. (España aún no metaboliza el hecho de que la mejor gramática de la lengua española sea obra de este mestizo venezolano).

Incluso, un señor muy agudo, el Doctor Johnson, nos entrega definiciones demasiado planas en su Diccionario y se le van las páginas en precisiones ortográficas y prosódicas. Sí, estaba haciendo un diccionario, un libro para el comercio y la comunicación básica, y uno acepta que la parte propiamente lexicográfica sea planísima, apenas semántica, pero es imperdonable que Johnson tampoco nos regale nada poético en el prólogo, una pieza tan fría que parece una introducción, una memoria de los criterios seguidos en la investigación y un manual de instrucciones de uso. En medio de tanta minucia normativa, olvidó decirnos algo del espíritu del inglés, esa lengua híbrida de los registros latinos y teutónicos, y ensayar alguna audacia sobre la naturaleza del lenguaje. Aquí, Johnson, la mente capaz de inaugurar la crítica literaria moderna, no parece un hombre de la tierra de Wilde, Shaw, Russell y Chesterton.

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Claro, la filosofía del lenguaje también consiente algunos momentos reveladores, pero ninguno proviene de los especialistas en la materia. Aquí también, como en todos los campos, la academia resulta ser la voz más autorizada y la menos seductora.

Los dos primeros momentos alados de la reflexión lingüística los encontramos en Las Escrituras.

Al principio fue el verbo. Ad initium verbum erat. Los exégetas coinciden en que esta frase nos advierte que la imaginación, o la magia, es decir, la voluntad divina, es siempre anterior a la realidad, a la cosa, al sustantivo.

La otra referencia oriental al lenguaje es la historia de la Torre de Babel, un mito apasionante a pesar de sus vacíos lógicos. ¿A quién se le ocurre la pueril idea de engañar a Dios, pasarse por la faja la observación de la virtud y alcanzar el Cielo por medio de una prosaica escalera? Al hombre, por supuesto, y concretamente a los hombres de las llanuras. Todas las “torres de Babel” de la historia (las de Mesopotamia y Centroamérica, las del norte de África y las del sudeste asiático) están erigidas en llanuras por la sencilla razón de que a los pueblos de las faldas del Everest, del Aconcagua, del Kilimanjaro o del Cañón del Chicamocha no se les ocurrirá jamás construir escaleras celestes.

Palabra
Torre de Babel.

Hay algo más incomprensible que la babélica locura de los hombres: la babélica locura de Dios. Cuando Dios se enteró de que los hombres de Mesopotamia pensaban asaltar el Cielo arrumando ladrillos, ¡se preocupó vivamente! ¿Lo impresionaron la belleza y el rigor de los planos de los arquitectos, el tamaño de las zapatas o la calidad de los ladrillos y de la argamasa, y corrió a sabotear el proyecto inventando lenguas para confundir a los obreros? Es probable. Si es verdad que estamos hechos a su imagen y semejanza, entonces Dios debe sufrir delirios semejantes a los que aquejan a los mortales, pero a una escala monumental, divina, babilónica.

Umberto Eco encontró un desliz del Espíritu en Génesis 10, 5, versículo que registra la existencia de “lenguas” antes de la construcción de Babel, suceso que tiene lugar después, en Génesis 11, 11. Es probable que los desvaríos del profesor Eco, sus oscuridades semióticas, el maldito éxito de su magisterio y las millonarias ventas de sus libros, fatalidades que lo llevaron a morir ahogado en oro, el estiércol del Demonio, hayan sido el castigo que debió purgar por andar divulgando los anacronismos de Las Escrituras.

Después, el trabajo más atrevido sobre el lenguaje son las reflexiones consignadas en el Cratilo, libro que Borges resumió así:

Si como el griego afirma en el Cratilo

el nombre es arquetipo de la cosa

en el nombre de la rosa esta la rosa

y todo el Nilo en la palabra Nilo.

A su manera, Platón repite la conjetura hebrea: la palabra funda la realidad. Luego, contradictorio como cualquier pensador totalitario con ínfulas liberales, expulsará a los poetas de la República acusándolos de inmoralidad, cargo que, bien visto, es un elogio. Significa que el poeta ejerce una “metamoral“, una que difiere de los preceptos divinos y de los decretos policiacos. Si la religión se ocupa de la ley divina y el código civil prescribe las normas del Estado, el artista tiene que subvertirlo todo y proponer una mirada humana, una que vaya más allá de los caprichos de los dioses y de las cambiantes leyes de las naciones. Cualquier otro enfoque sería redundante. Si el poeta va a repetir los preceptos del Levítico o del código de policía, entonces ¿para qué el poeta?

La otra hipótesis sobre los orígenes de las lenguas, la que las define como un conjunto de convenciones, una construcción cultural colectiva, es tan sensata que podemos obviarla por ahora. (Propongo que la discutamos en el artículo sobre la infinitud de lo finito).

Tal vez el libro más legible sobre el lenguaje sea ‘La búsqueda de la lengua perfecta‘ de Umberto Eco. Allí están el anacronismo babélico, el desliz del Espíritu anotado arriba, y una descripción muy detallada de las lenguas artificiales que han ensayado los hombres, desde el lenguaje analítico de John Wilkins, donde cada palabra es transparente porque se autoexplica, como en la nomenclatura química, hasta el sencillo e inútil esperanto, pasando por el arte combinatoria de Raimundo Lullio y otras ocurrencias de los sabios en su incesante búsqueda de encontrar la esencia del lenguaje y proponer sistemas de comunicación económicos, lógicos y eficaces.

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La búsqueda de la lengua perfecta solo peca por exhaustiva. Como nadie ignora, los estudios breves y parciales y las obras inconclusas son estéticamente superiores a las obras extensas, las que pretenden cubrir todos los ángulos de un asunto. Su brevedad las hace densas, en el buen sentido de la palabra, y gozan de una levedad que no alcanzan nunca los graves tratados. Del libro de Eco podemos decir, entonces, que es un grandioso fresco de las lenguas artificiales, bello pero exhaustivo, aunque también es válido afirmar, con Italo Calvino, que estamos ante “un tratado bello a pesar de su exhaustividad“. (Los adjetivos desobedecen la ley conmutativa: el orden en que se coloquen introduce siempre diferencias sustantivas).

Irónicamente, las lenguas de los pueblos ─desordenadas, contradictorias, polisémicas, arbitrarias y con «reglas curvas», leyes plagadas de excepciones─ son las únicas que de verdad funcionan. Tal vez su secreto estriba en que se nutren de la rica creatividad de las generaciones a lo largo de los siglos. Son potentes quizá porque son caóticas, y su potencia nunca será igualada por las lenguas inventadas por un grupo de sabios en unos cuantos años.

Las lenguas naturales traducen mejor nuestro pensamiento porque se nos parecen.

Mirados a posteriori, el vestido, la palanca, la pintura, las tumbas y hasta la rueda son inventos previsibles. Tarde o temprano teníamos que llegar a ellos. El lenguaje, en cambio, parece más un regalo de los dioses que la invención de una horda homínida. Para llegar a él fue necesaria una serie de sucesos magníficos. Fue necesaria la invención del huevo, que nos permitió salir del agua, conquistar la tierra firme y habitar un medio perfectamente elástico y de alta definición, el aire. Fue necesario erguirnos, liberar las manos, desarrollar pulgares oponibles, descubrir el fuego, cambiar la dieta, aumentar el tamaño del cerebro. Fue necesario sentir un dolor o unas emociones que no podíamos expresar con el repertorio de gruñidos e interjecciones que conformaba nuestro vocabulario, y el gruñido se llenó de matices, de la interjección salió un silbo y de aquí una canción, una plegaria, una blasfemia, el boceto de un pensamiento.

Un día aprendimos a sonreír y a pedir amor y fuimos dueños de algo imposible, una facultad capaz de seguirle el paso a la materia más organizada del universo, el cerebro, y traducir en palabras los pensamientos. Desde entonces habitamos más una lengua que el mundo, y ya no sabemos si el Sol es un astro o una palabra; si el lenguaje es la traducción del mundo a un sistema de fonemas arbitrarios (el “conjunto de convenciones” que soslayamos arriba) o si el mundo es una proyección de las palabras, como pensaban los antiguos.

11 Comentarios

  1. Como siempre un verdadero placer leer los escritos de este grande, Julio César Londoño; ojalá cada día encontráramos en los periódicos, cualquiera sea su formato, más textos escritos con rigor y belleza, hablando del tema que sea; pero, con altura y respeto por el lenguaje, los lectores y el tema mismo.

  2. Pedro Luis Barco Diaz

    ¿Este ensayo de Julio Cesar Londoño está escrito en prosa o en poesía? ¿En prosa poética o en poética prosa? Simplemente magnífico.

      1. Ofelia Arévalo Ariza

        Gracias por su forma clara y precisa de generar reflexiones y también inflexiones en visiones de mundo. Gracias

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