Del pacto en las diferencias

Las propuestas que han dado vida al Pacto Histórico son fundamentales para la construcción de paz en Colombia, y por eso las apoyo.

En primer lugar, el pacto busca la articulación de fuerzas políticas que, en el país, le apuestan al respeto y materialización de un Estado social de derecho que, hasta ahora, ha operado en muchos casos sólo como promesa. Junto a esto somete a crítica un modelo neoliberal que ha traído múltiples formas de despojo, privatización de los espacios y bienes públicos, daños ambientales, inseguridad laboral, precarización, así como formas de control securitario de problemas sociales, que los agudizan, al reducirlos a un asunto de inseguridad.

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El PH comprende que la guerra en Colombia se ha intensificado bajo ese modelo, y que si la  construcción de paz exige abandonarlo, también reclama poner en cuestión las prácticas extractivas, de los territorios y de los cuerpos (racializados y marginalizados), que han caracterizado la implementación del neoliberalismo en el país.

Así, asume que el momento que vive Colombia es crucial porque está en juego decidir si el Estado sigue capturado por poderes paraestatales, mafiosos, autoritarios que han convertido a la guerra en statu quo, o si se puede revertir esta tendencia, para consolidar una democracia que pueda ser cada vez más participativa, más producida desde lo local, y menos secuestrada por clientelismos regionales y corporaciones globales.

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Pero el enfoque no es meramente Estado-céntrico. El pacto entiende que una democracia realmente participativa requiere fortalecer procesos locales de organización territorial, construir acuerdos desde la base, afirmar que la democracia es inseparable del conflicto, y que lo importante es crear marcos que permitan la expresión de las diferencias en mayores condiciones de igualdad formal y material; porque sin condiciones materiales dignas (de salud, educación, empleo y seguridad laboral), los derechos se vuelven vacíos.

De ahí el énfasis en la ampliación de derechos, y en la importancia de cuestionar posiciones estigmatizantes, discriminatorias y regresivas, que legitiman formas de desigualdad, mientras estimulan el miedo por aquel que se fija como “enemigo” o “amenazante”.

Todo lo anterior ha impulsado el pacto mismo como alianza entre partidos y organizaciones populares que buscan construir acuerdos entre posiciones distintas, pero que pueden converger en apuestas, como las antes destacadas. Se impulsa así una metodología democrática, en contraste con una lógica guerrerista que ha fijado al adversario como un enemigo que debe ser convertido o destruido, y que ha estimulado constantemente usos políticos del miedo.

De modo que, tendría que estar claro que un pacto tal no puede darse con quienes niegan las condiciones mismas en que el pacto puede prosperar, por ejemplo, con quienes sostienen posiciones evidentemente desigualitarias y anti-derechos, y se resisten a dejarse interpelar; como no tendría por qué poder surgir con quienes se fijan a posiciones incuestionadamente neoliberales. Pero acuerdos pueden irse construyendo entre quienes se abren al diálogo, y pueden modificar sus posiciones respecto de estos puntos cruciales. De ahí que se puedan buscar puentes, por una parte, con expresiones de religiosidad sintonizadas con las luchas por la igualdad y, por otra, con tendencias liberales que reconocen la importancia del problema social y de la reducción de la enorme brecha de desigualdad. Asumir, en cambio, que toda religiosidad es poco crítica o “peligrosa” es recaer de nuevo en la política del miedo, además de despreciar la inteligencia de millones de personas, muchas veces vinculada a formas de espiritualidad (católica, cristiana, ancestral, y sus hibridaciones).

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Asimismo, afecta al impulso político del pacto caricaturizar apuestas emancipatorias y estigmatizarlas (por ejemplo, buscar fronteras entre buenas y malas feministas); pretender representar -con la voz del líder paternal (patriarcal)- al pueblo, como si este fuera una unidad homogénea, y no procesos heterogéneos que van articulándose; desconocer luchas que ya se vienen dando en el campo popular para asumir que apenas se dan y se nombran en la voz del líder (que cree descubrir lo que lleva años formándose); o rechazar como burguesa toda posible crítica, volviendo a reducir el conflicto de clase, que es innegable, a una lógica de amigos y enemigos.

De hecho, resulta muy poco consecuente, con el espíritu del PH, rechazar toda crítica como amenazante y justificar, a capa y espada, todo lo que el líder sostenga. Fortalecer este pacto por la democracia y la vida, en la urgencia del presente, implica deshacerse de todas estas lógicas y afectividades defensivas que han bloqueado verdaderas transformaciones, y recorrer a fondo el complejo y conflictivo camino de la construcción de lo común.

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