Desaparecer

Desaparecer…por ratos, solo para volver a aparecer. ¡Eso sí que es libertad! No desaparecer del todo, no morir, porque nadie quiere morir, o querer morir es algo demasiado triste. Solo pequeños ejercicios de desaparición. ¿Cómo serían? Hay una canción de Lou Reed que es, como él, demasiado melancólica para recomendarla, ¡aunque es tan bella!, y tiene su sabiduría y su poesía.

Se llama Vanishing act, acto de desvanecimiento, o de desaparición. Otro maestro para nuestro entrenamiento en la desaparición podría ser Ikkyu, un monje poeta del siglo XV que nunca olvido. Esto es lo que él puede decirnos: Abandona la noción de “yo existo”.

Es justo el contrario del conjuro de Descartes, de su famosísimo acto de aparición que dice: “pienso, luego existo”. Y sigue diciendo Ikkyu: “Confíate a las nubes que se lleva el viento, y no quieras vivir para siempre”.

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También es Ikkyu el que dice: Cubre tu senda / con las agujas caídas de los pinos / para que nadie pueda encontrar / el verdadero lugar en el que vives.

Lo que es hermoso, en la canción de Reed, en los versos de Ikkyu, es que ese intento, o deseo, o movimiento hacia la desaparición deja un rastro. No es la desaparición pura. Son las notas del piano cayendo, un beso antes de desaparecer o como el acto de desaparición mismo, las agujas blandas de los pinos cubriendo el camino, escondiendo el “verdadero lugar” en el que estamos vivos. El secreto, las cuerdas que se desatan de pronto en la canción de Reed.

Desaparecer puede dejar trazas, puede dejar un rastro. Cubre el rastro que dejas en el bosque, nos dice Ikkyu. Cubre el rastro que dejas en la vida. ¿Por qué? Tal vez porque la vida misma nos deja sin lugar a dónde ir. Solo está la vida. Y a veces la vida pura cubre las trazas de la vida. Un beso cubre las palabras, la poesía y la música cubren el silencio. A veces.

René Char dejó escrito: “El poeta debe dejar trazos de su paso. No pruebas. Solo los trazos hacen soñar”.

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Y es ese dulce extravío en el bosque, ese suave barrido del viento, de las nubes, la vida cubriendo los trazos de la vida, lo que nos hace soñar doblemente. Un poema, el sonido de un piano, algo que llene el vacío, como nieve que cae, como la bruma que se levanta de un río que desaparece en la caída de un raudal, y donde a cada instante, sin ningún esfuerzo, nace el mundo.

Aunque lo haremos, un día en verdad desapareceremos, ¿qué rastros dejará nuestra desaparición? ¿Cómo desaparecer sin melancolía? También es René Char el que dice: “Si quieres reír / ofrece tu sumisión / jamás tus armas / fuiste creado para momentos poco comunes. / Cambia, desaparece sin arrepentirte”.

Los rastros de la desaparición pueden ser una canción, senderos cubiertos por hojas caídas, puede ser también la sumisión, la humildad infinita, o la risa. Pueden ser pedacitos de papel cubiertos por palabras, estas palabras, escritas en la luz de una pantalla por la que otros ojos se deslizarán quizá un día, como se deslizan ahora los tuyos.

Cuando hayas terminado de leer, cuando hayas llegado al final de estas líneas, los dos habremos desparecido, por un instante, no seremos tú, quien lee, y yo, quien escribe, no seremos personas, sino aire, luz, y luego tus ojos ya no buscarán líneas escritas, sino que se levantarán hacia el cielo más cercano, el que tenemos justo encima. Quizá algún pequeño pájaro negro lo cruce. Entonces volverás a aparecer, lentamente, sin ninguna tarea que cumplir, solo estar así, por unos segundos más, y respirar.

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