Disputando la hegemonía: de la soberanía del rico al poder de cualquiera

En el escenario electoral colombiano está en juego una disputa por la hegemonía que concierne a los candidatos en competencia, pero que también los rebasa. 

La hegemonía se refiere a los marcos de valoración que se tornan más aceptados en un entramado social, hasta convertirse en el sentido común dominante. Son regímenes de sentido y sensoriales que se encarnan, traspasan a los cuerpos, a sus formas de comprensión y de sentir; marcan atmósferas y lugares, modulan los deseos y el horizonte de posibilidad.

En Colombia ha sido hegemónico un marco de experiencia desigualitario, vertebrado por criterios coloniales más o menos incorporados durante una larga duración. De acuerdo con su lógica, el poder es dominio, la capacidad de decidir sobre cuerpos, territorios y recursos. De modo que los más poderosos logran tener más, y aumentar su incidencia sobre la vida de los demás. Se asumen como dueños que detentan un poder incuestionado. 

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Ellos pueden comprar influencias, poner y quitar gobernantes, financiar campañas electorales, capturar al Estado para responder a sus intereses, pagar ejércitos privados para defender sus propiedades, extenderlas, y de paso acallar a quienes cuestionen su dominio.

Así se comportan capos de clanes tradicionales y mafiosos, y en muchos casos hacendados y grandes empresarios para quienes sus empleados -y todos sobre quienes recaiga su influencia- son subordinados, destinados a cumplir una completa obediencia. Ellos, los patrones, pueden infringir aquí y allá la ley, y doblegarla a sus intereses. 

A veces se cubren con la elegancia del jet set y algunos valores progresistas. Así borran la historia de violencia que hizo posible sus grandes capitales, para reivindicar el optimismo del emprendimiento, el desarrollo, la modernización. 

Las marchas y bloqueos no descansaron este fin de semana
“Y cuando estos se rebelan, se indignan, “cómo creen -se dicen- la chusma, interfiriendo en nuestra comodidad, poniendo todo patas arriba- Dios nos libre”, gritan, mientras se ponen las camisas blancas y salen a llamarse “gente de bien”

Otras veces hablan duro, como patriarcas desinhibidos. Y pueden comportarse como padres condescendientes que le hablan al pueblo en palabras coloquiales, y les prometen soluciones efectivas a sus problemas, aunque estas siempre lleguen diferidas y a medias.

Miran por arriba con desenfado y desprecio a quienes ponen por debajo. Y cuando estos se rebelan, se indignan, “cómo creen -se dicen- la chusma, interfiriendo en nuestra comodidad, poniendo todo patas arriba- Dios nos libre”, gritan, mientras se ponen las camisas blancas y salen a llamarse “gente de bien”.

En todo caso defienden lo suyo como sea, asumen como naturales y evidentes las jerarquías en las que se mueven, y los privilegios que detentan. Porque estos vienen de muy atrás, y se han reproducido por mucho tiempo. 

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Este marco de desigualdad se ha sedimentado tanto que, muchas veces, también se encarna en quienes lo han padecido más cruentamente, hasta vivirlo como algo aceptado y no meramente impuesto. Por eso se ha vuelto hegemónico, anclado a numerosas instituciones sociales racistas, clasistas, patriarcales que han enseñado la desigualdad, y el odio por la diferencia. También se hace visible en el tecnócrata de centro que se siente dueño del saber y la moral. A veces se delata en figuras igualitarias, entre ellas líderes de izquierda, atravesados por las marcas del patriarcado, con todo lo que implican.

El desprecio vivido se proyecta a otras y otros. Si por algún azar o gran esfuerzo personal se logra ascender en la cadena de privilegios, el recién subido se arrincona en el temor a perderlos, protegiéndose frente a la posibilidad de un cambio significativo en la estructura de desigualdad. 

Paro nacional qué ha pasado con los reclamos un años después
“El paro nacional, que se vivió en 2021, mostró un resquebrajamiento profundo en la hegemonía de la desigualdad. Fue alimentado por luchas y esfuerzos de muchos años atrás de movimientos y organizaciones sociales”

Sin embargo hay lugar para las fracturas. El paro nacional, que se vivió en 2021, mostró un resquebrajamiento profundo en la hegemonía de la desigualdad. Fue alimentado por luchas y esfuerzos de muchos años atrás de movimientos y organizaciones sociales. También congregó nuevos actores impulsados por un deseo de transformación significativa del país. 

Sujetos cualquiera reclamaron su capacidad de decidir sobre lo público, y su deseo de ampliarlo y de resignificarlo: cayeron estatuas coloniales, la bandera se invirtió para enfatizar la sangre vinculada a la nación, se compusieron espacios y propuestas articuladas por la necesidad de hacer visibles y audibles a quienes no lo han sido; se exigieron derechos sociales, se reivindicó una ciudadanía activa, que requiere la participación desde abajo y un poder declinado en plural, que nunca puede darse como dominio de uno solo.

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Esta es la gramática de una democracia radical que exige instituciones expuestas a ser cuestionadas para hacer posible -cada vez más- formas de igualdad, y a ser ocupadas e intervenidas por cualquiera, sin ningún título de riqueza o autoridad. Este es el marco de una democracia producida desde abajo, como la que reivindica toda la historia de lucha de Francia Márquez, y su insistencia en el poder de los nadie. Esta es la gramática que empieza a disputar la hegemonía. 

Pongámonos del lado de la igualdad en esta disputa y no olvidemos a quienes han sido asesinados por defenderla. 

2 Comentarios

  1. Elizabeth MORALES VILLALOBOS

    Bienvenidas las voces femeninas en este periodico marcadamente masculino.
    Gracias Laura Quintana por tu articulo.

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