Disruptivo

“Lo disruptivo no se deja eliminar nunca por completo, siempre queda un resto que no se deja integrar al horizonte de lo consumible y comercializable, aunque eventualmente se pueda monetizar”.

Hace unos días, en una reunión en la que el tema era la crisis financiera y cómo golpea a las universidades, me percaté -con algo de sorpresa- de la manera en que el lenguaje empresarial se apropió de la noción de ‘disrupción’ para enfrentar “retos” económicos.

Lo que me sorprendió fue constatar que un verbo que indica la interrupción imprevista de algo, la dislocación que fractura un marco de experiencia, pudiera ser subordinado a la idea de una innovación que permite una renovación en la manera en que se obtiene valor financiero, en que se capitaliza. Se habla entonces, casi que sistemáticamente, de ‘economía disruptiva’, ‘negocios disruptivos’, ‘tendencias disruptivas’, ‘tecnologías disruptivas’. 

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Al oír tales formulaciones uno esperaría encontrarse con propuestas que realmente rompan los esquemas existentes: por ejemplo programas anti-extractivistas, o que detienen el impulso de extensión y acumulación de capital, y el productivismo imperante.

Pero lo que se encuentra son nuevas estrategias para competir en el mercado y generar nuevas formas de consumo y otros mercados: “sean disruptivos”. Un slogan que promoverá “recursos humanos” para seguir funcionalizando todas las esferas de la vida a “recursos” de inversión. “Innoven, pues, tanto como quieran”, pero eso sí no pongan en cuestión el mandato de crecimiento económico. Un mandato que está destruyendo el planeta, y ha acentuado cada vez más las brechas de desigualdad. 

Estos usos de lo disruptivo confirman entonces lo ya establecido, es decir, apuntan a cancelar o borrar la aparición de lo realmente transformador. 

“’Innoven, pues, tanto como quieran’, pero eso sí no pongan en cuestión el mandato de crecimiento económico. Un mandato que está destruyendo el planeta”

Por supuesto que desde hace tiempo me había dado cuenta -es más que evidente- cómo se ha capitalizado constantemente lo transgresivo, vendiendo por ejemplo grandes marcas a través de grafitis, instrumentalizando figuras no hegemónicas (“tallas grandes”, “minorías culturales”, “disidencias sexuales”) en pautas publicitarias de grandes corporaciones, comercializando -incluso en cifras millonarias- arte y productos audio-visuales que han pretendido tener un efecto crítico respecto del capitalismo. No quiero volver aquí al tema recurrente de cómo este régimen económico logra apropiar y monetizarlo todo. 

De hecho, lo disruptivo no se deja eliminar nunca por completo, siempre queda un resto que no se deja integrar al horizonte de lo consumible y comercializable, aunque eventualmente se pueda monetizar.

Los ejemplos pueden ser múltiples. Pensemos en la manera en que se han comercializado algunos rituales indígenas como la toma de yagé, y cómo se han acoplado algunas fórmulas pachamámicas al consumo new age. Esta representación indígena domesticada y empaquetada se quiebra cuando, por ejemplo, un grupo de indígenas se organiza en una minga para defender el territorio y confronta usos extractivistas de éste, se desplaza del lugar que le ha sido asignado para protestar en la ciudad, y derrumba símbolos patrios.

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 El otro día me encontré en una de las plataformas más comerciales un documental sobre Jacques Cousteau. Un producto visual con los códigos narrativos estandarizados, nada disruptivo, pero sobre una figura que me fascinaba de pequeña cuando veía aquellos pasajes de Mundo submarino, en Naturalia. El documental mostraba bien un cierto afán de innovación, exploración y apropiación del mundo oceánico del joven Cousteau, con proyectos futuristas de desarrollo, que luego puso radicalmente en cuestión, siendo ya mayor, y cuando fue percatándose de la destrucción de los océanos por la exploración petrolera, la contaminación y pesca industrial, y el calentamiento climático.

Entonces en lugar de mostrar las maravillas del mar, el viejo Capitán francés empezó a grabar sus ruinas, la devastación; el tono de su programa se fue tornando pesimista. La empresa norteamericana de televisión que lo producía decidió dejar de transmitirlo. Mostrar la destrucción que el capitalismo ha generado no vende tanto, vende más la esperanza que dice “es sólo una ‘crisis’ … encontraremos los recursos para mejorarlo por el camino que llevamos…basta con algunas reformas”, como dicen por aquí los líderes de la coalición de centro.

La destrucción ecológica que vivimos es abismalmente disruptiva, todo está ya radicalmente trasformado por ella, y exige modificaciones profundas. Entre tanto los intereses más poderosos que gobiernan el mundo siguen inventándose narrativas innovadoras para -vano esfuerzo- pavimentar el abismo. Veamos -por fin- todas sus grietas.

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2 Comentarios

  1. Juan Carlos Torres

    Grandiosa columna, justo hace poco estuve en una charla sobre “las tendencias disruptivas en educación” que se antojan cada vez más aceleradas y enfocadas en el trabajo y los negocios; además, modifica los espacios para que jóvenes y empresarios trabajen en un mismo entorno abierto, pero no para que los estudiantes trabajen a la par con las comunidades , ni para que tengan tiempo para el pensamiento crítico. “Innoven para producir más ganancias, tener más estudiantes y estar de la mano las empresas y el consumo”

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