Duque, el gran negacionista

El holocausto de los nazis ha sido demostrado, pero “insignes” desadaptados insisten en que no existió. La ciencia ha verificado que la tierra es redonda, pero todavía quedan algunos terraplanistas. Han muerto unos 4.5 millones de personas en el mundo por causa del covid 19, pero los hubo, y se encuentran aún, quienes niegan su existencia y sus efectos letales. La Real Academia Española, ante alguna proliferación de estos nuevos negacionistas, aceptó el sustantivo covidiota, y sus derivados la covidiotez y el covidiotismo.

Los negacionistas pueden llegar a presidentes. López Obrador en México, Bolsonaro en Brasil y Trump, la arremetieron en contra de la existencia del virus. Vengativo este, a los tres los infectó para así demostrarles su verdadera presencia dentro de sus propias humanidades. Peligroso cualquier negacionista, lo será aún más cuanto más poder ostente. Trump, el mayor de todos. Este, convencido y  amplio desconocedor del cambio climático, estaba poniendo en peligro la continuidad de muchas especies, incluida la especie humana.

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Otros negacionistas no son concluyentes ni dañinos. Lo será, por ejemplo, aquel borracho que niega con licor su pena, aunque en el guayabo la sienta más profundamente. Lo será el desempleado, quien ante no poder pagar una factura, la guardará en el fondo del cajón; y al no verla creerá que no le suspenderán el servicio. Lo será igual el cornudo que negará la rotunda y visual evidencia; y eso lo hará para no tener que reconocer ese algo que tanto le a-frente.

Nuestro presidente cree que gobernar es hablar, hablar y hablar. Y negar, negar y negar. Nos exhibió una perla diamantina -y que me perdonen la expresión los gemólogos- de su exacto negacionismo, cuando ante una reunión con los corresponsales extranjeros en Bogotá, y ante la pregunta sobre su política con Venezuela, sin un atisbo de sonrojo y con mucho aire de suficiencia, respondió: ha sido un éxito.

Ningún otro presidente en la historia de Colombia había hablado tanto y negado tanto como Iván Duque. Tanto como cualquier presentador, locutor  y al mismo tiempo como un sin igual “respondedor” de la televisión. En aquel programa televisivo, con ocasión de la pandemia, lo que se vio y escuchó fue una cierta dosis diaria de minimización del gran problema, cuando, de entrada, nuestro mandatario contrastaba nuestras muertes y contagios, escogiendo compararnos selectivamente con aquellos países que habían sufrido ese día mayores daños que nosotros.

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Practica él, con frecuencia, lo que yo llamo un negacionismo “de alejamiento silencioso”. Hoy por hoy sale todos los días en la mayoría de los medios, pero eso para referirse a cuanto asunto no trascendente se le atraviese. Se aísla de lo importante; y lo calla. Un claro ejemplo de ese comportamiento se refleja en su actitud frente al tema de la inseguridad. No hay ningún planteamiento suyo de fondo sobre tan grave y creciente problema. Silencio aquí. 

Raciocinará nuestro mandatario así: si no hablo de la inseguridad y si no hago nada para afrontarla, la opinión creerá que semejante gran problema no es de mi incumbencia. Con una sonrisa de buena sorna interior, pensará: aunque la Constitución diga que soy el más alto encargado de la seguridad, mi silencio y mi alejamiento del asunto harán que los alcaldes aparezcan como los responsables de esos entuertos. (Pausa: la alcaldesa Claudia López, con su proyecto de ley sobre la delincuencia, lo obligó a referirse, muy cautamente, al asunto).

Si bien el doctor Duque es, en su comportamiento general, un negacionista, en ocasiones lo es suspensivo, insistente y lateral. Un ejemplo importante aclara los cuatro adjetivos anteriores, pues así lo evidencia la forma como manejó el caso del exministro Carrasquilla, durante y después del pasado y violento paro.

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Negacionista, porque durante muchos días se negó (pleonasmo necesario) a reconocer el problema que le había generado dicho funcionario. Suspensivo, porque suspendió (pleonasmo necesario) su negacionismo al aceptarle la renuncia a su problemático colaborador. Insistente, porque volvió a negar lo anterior al volver a  nombrar a dicha persona. Lateral, porque la negación-designación nueva fue hecha para un cargo lateral (redundancia necesaria); y  también muy importante.

Designó a Carrasquilla, nada menos, que codirector del Banco de la República, cargo cuyas funciones algo tienen que ver, que  se rozan, con aquellas que desempeñara el antes “negado” ministro, al que no se le niega (otra redundancia) la oportunidad de ser algo reincidente; e incordiarnos todavía más desde su nueva posición con algunos de los importantes temas de su exministerio.

¿Será lo anterior, acaso,  la venganza del negacionista presidente, para cobrarle el paro y sus tristes consecuencias, no al exministro ese sino al país entero?

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