Iván Duque no quiere ver los avances de la paz

Cuando estaba en campaña en 2018, Iván Duque decía que “ni trizas ni risas” al referirse al acuerdo de paz entre el Gobierno colombiano y las Farc. Sonaba bien. Se apartaba de la frase de Fernando Londoño Hoyos que prometía hacer “trizas” la negociación. No es una exageración que esa posición del presidente le dio la victoria. Esa ambigüedad le permitió obtener los millones de votos de la segunda vuelta. Era una promesa. 

Al asumir el mando, Duque nombró a Emilio Archila, que había votado por el Sí en el plebiscito de octubre de 2016. Ponerlo al frente de la reinserción de los exguerrilleros era una señal de que iba a seguir el texto del acuerdo. Y para ser honestos, en ese campo cumplió. El 95 por ciento de los exguerrilleros siguen en el proceso. Es una cifra extraordinaria no vista en otros lugares del mundo. Es la prueba de que el acuerdo funcionó. No hay nada más importante, en un proceso de paz, que los excombatientes no vuelvan a las armas. 

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Es un extraordinario logro y el Gobierno debe congratularse por ese éxito. Por eso causó sorpresa la reacción de Iván Duque ante la decisión del Departamento de Estado estadounidense de sacar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) del listado de grupos terroristas.

Cinco años después de la firma del acuerdo de paz, los resultados son increíbles y Estados Unidos optó por darle un gesto al proceso. Es una determinación lógica y democrática. 

La desmovilización de los exguerrilleros ha sido fundamental. Sin ese paso, no hay nada. Creo que lograr un 95 por ciento de excombatientes en el proceso de reinserción, era francamente un imposible y es por eso que la decisión estadounidense fue la esperada. Hay que motivar a los rebeldes a dejar las armas. El listado del Departamento de Estado tiene ese fin: la posibilidad de que una organización pueda salir si cumple una serie de condiciones. Las Farc, contra todos los pronósticos, lo hicieron. 

Acuerdo de paz

El gobierno anterior a Duque, el de Juan Manuel Santos, pidió que las Farc fueran sacadas de la lista. El de Duque, en cambio, los quiere en el listado. Y así lo expuso el presidente el martes pasado: “Hubiéramos preferido otra decisión pero sabiendo eso, hoy estamos concentrados en enfrentar las disidencias y como lo ha dicho Estados Unidos, los que tienen proceso en sus cortes judiciales siguen y no se les otorgará visa”. 

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Extraña declaración de Duque. ¿Cuál otra decisión? Según el senador republicano Marco Rubio, el Gobierno colombiano aspiraba a que le dieran a él el manejo de la paz. En otras palabras, el Gobierno colombiano decidiría cuándo las Farc dejarían de ser terroristas. Una solicitud que fue rechazada de plano por Estados Unidos y que no tiene ni pies ni cabeza. Los gobiernos latinoamericanos no comprenden que el listado de los gringos es un asunto de política interna. 

Después tres años, es evidente la falta de empatía del Gobierno. 

Sus palabras propaz son solo palabras. Es la presión internacional la que obliga al Gobierno a avanzar en este campo. De no ser por el apoyo de la comunidad internacional, posiblemente estaríamos nuevamente en la guerra. Es triste, pero cierto. El presidente colombiano quería seguir el conflicto y eso explica las múltiples declaraciones del Palacio de Nariño elogiando las capturas. En cambio, los éxitos de Archila, son minimizados. 

Las disidencias son combatidas, pero nunca aclaran que no son del proceso. Son nuevos integrantes; no son las Farc históricas. Que Iván Márquez ya no tiene el poder de antes y que pocos lo siguieron. Ese es el mensaje que un gobierno propaz diría. El presidente anda obsesionado con las bajas, las capturas y las extradiciones. Un error de miopía que no le permite ver en el bosque, sus avances en materia de paz.

No fue capaz de pasar la página. No estamos en el conflicto anterior y eso es positivo. Que el Gobierno lo ignore es significativo y es evidente que nunca traspasó su retórica guerrista.

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