El efecto Cenicienta falló (en esta ocasión)

La fórmula apareció ya hace un par de décadas y sigue siendo difícil de contrarrestar: un tipo archimillonario elige a dedo un club de fútbol para invertir en él y transformar su modestia en opulencia y poderío, y darse el chance de promocionar su país. Así funcionan los clubes-Estado, aquellos que ahora hacen parte de una élite de la que era impensado que participaran.

El que comenzó el camino a comienzos de 2000 fue el Chelsea, aquel equipo londinense que en 1982 se quebró y fue subastado por una libra esterlina. Desde la irrupción de Roman Abramovich cambió su sempiterno caminar lejano al de los poderosos. De no ganar una liga desde 1955, pasó a vivir sus tiempos más resplandecientes gracias al generoso bolsillo del magnate ruso.

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Con la inyección económica –de acuerdo con la consultora KPMG han sido más de 2.000 millones de euros desde 2003 en la que aparecieron más de 400 futbolistas estelares– las vitrinas se llenaron de esa gloria esquiva: dos Champions League, dos Europa League, cinco Premier, cinco FA y una Supercopa de Europa. Hasta hoy ha sido la mejor muestra de este modelo, que está a prueba ahora que Abramovich ha sufrido sanciones por parte de Estados Unidos por ser hombre cercano a Vladimir Putin. Chelsea será vendido y mientras eso ocurre, su capitán, César Azpilicueta, debió aportar dinero para la gasolina del bus.

Roman Abramovich propietario del Chelsea
Roman Abramovich tuvo que vender el Chelsea

PSG es otro ejemplo: Nasil Al Khelaifi es apenas una pieza del andamiaje que se puso en marcha para rescatar a los parisienses de la mediocridad que los envolvió desde su fundación en 1970. Detrás de las suntuosas inversiones está el fondo de inversión catarí Oryx Qatar Group Investmens. Y un poco más a la sombra, el emir de ese país, Tamin bin Hamad Al-Thani, es el mecenas, no solo del club, sino pieza fundamental para que Catar obtuviera la sede del Mundial 2022.

Mbappe, Neymar, Messi… estrellas en cada esquina. Ocho ligas –ya igualó al Saint-Etienne (10) en el podio de honor del fútbol francés y seguramente lo superará– y reconocimientos nacionales. La llegada a una final de Champions los dejó cerca de esa gloria fabricada por los euros.

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Y el City, querible –en esos tiempos– y débil institución de Manchester, que aburrido de vivir a la sombra del United, vio cómo el emiratí Mansour bin Zayed bin Sultan Al Nahayan cambió los nombres y el estadio: de Maine Road pasaron al Etihad Stadium –moderno y cómodo– y de jugar con Paul Dickov y Paulo César Wanchope, se decantaron por Agüero, Tévez, Hart, y luego por De Bruyne, Bernardo Silva, Gundogan y Rodri.

Comandados por Josep Guardiola –sucesor de otros grandes estrategas como Mancini y Pellegrini–, también quedaron al borde de la dicha en aquella Champions League 2020/2021 en la que perdieron frente a Chelsea, otro club-Estado.

Mohamed Salah, del Liverpool, y João Cancelo, del Manchester City. Foto: AFP
El Manchester City se ha convertido en uno de los grandes de la Premiere League

En esta temporada de Champions tanto dinero y figuras no consiguieron el objetivo, que parecía cercano por los ríos de dinero a su alrededor. El tradicional Real Madrid decidió, en partidos increíbles, despachar a los tres, dejando un mensaje encima de la mesa: bastante tendrán que remar para encaramarse a los sitiales que pretenden –que es el dominio continental– porque no solamente del ruido del cajero automático entregando billetes vive el hombre.

Los tres equipos, inflados a partir de una grandeza adquirida con dinero, tuvieron que devolverse a sus casas montados en una calabaza. Pero a no confiarse: ellos –si cuentan con cuentas bancarias repletas de euros– difícilmente conocerán el significado de la palabra rendición.

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