El Joe Biden colombiano

La única alternativa es mirar al centro de Sergio Fajardo. Es tibio, como Joe Biden. Su gobierno sería de transición. No habrá grandes reformas. Su bancada en el Congreso es pequeña. No podrá hacer transformaciones. Pero es la mejor opción para Colombia: un cambio gradual. 

Joe Biden, el presidente de Estados Unidos, es un buen tipo. Un hombre abierto a ideas diferentes y a la sana controversia. Un hombre que es calificado como moderado. Un hombre que derrotó el ala izquierda de su partido llamado Bernie Sanders. Un hombre que, luego, ganó la presidencia al recibir más votos que Donald Trump, quien representaba a la derecha recalcitrante. Su receta era ser más que Sanders pero menos que Trump. Un verdadero tibio en la política. 

Pero le sirvió esa tibieza para ser presidente de Estados Unidos. Los estadounidenses querían un cambio gradual. Querían alternativas pero sin sangre. Tanto Sanders como Trump prometían una revolución al statu quo. Un segundo mandato de Trump iba a ser más disruptivo. Los primeros cuatro años fueron apenas el comienzo de la era trumpiana. Los del segundo período iban a ser aún peores. Iban. Los estadounidenses no apoyaron a Trump porque era un salto al vacío. 

Sanders, a quien Biden derrotó en las primarias de su partido, proponía un cambio brusco de la economía. Habría un gasto masivo de la inversión social y de salud. Sanders es un socialista convencido. Un gesto que la mayoría de los estadounidenses no compartía. Estados Unidos es de centroderecha e iniciativas como las de Sanders no son populares. 

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Joe Biden fue el centro. Frente a Sanders, se opuso al sistema de salud universal. Era demasiado. Tuvo que salir a desmentir que representaba ideas socialistas. Biden no es comunista. Ante Trump, prometía el regreso de la normalidad. Una presidencia sin saltos, que sería habitual. Que no habría sorpresas. En últimas, Biden lo ha logrado. No se refleja en la popularidad de Biden –es mala– pero sí en el diario vivir. No es el centro de su administración, sino un actor más del equipo. Los gringos perdieron una estrella y lo reemplazaron con un buen tipo, un tibio. 

A Colombia le puede pasar lo mismo: escoger la tibieza en vez de los polos. Colombia enfrentará las elecciones presidenciales con dos vertientes: el socialismo de Gustavo Petro y el continuismo de Federico Gutiérrez. Parecería que no había un punto intermedio. Petro y Gutiérrez urgen esta separación. Petro porque pone muy claro la ecuación: cambio frente al continuismo. No es posible para Gutiérrez ganar en ese campo. 

Gutiérrez necesita que la opción sea de democracia contra dictadura. Solo así atrae a los votantes del centro. No le queda fácil, más aún después de las declaraciones del presidente Iván Duque. En la Casa de Nariño, decidieron que Duque necesita participar porque Petro acabará la democracia. El problema es que no aclaro cómo lo haría. Petro no tiene mayoría en el Congreso para convocar a una Asamblea Constituyente y tiene difíciles relaciones con los militares. Esa diferencia con Venezuela es fundamental. Hugo Chávez sí tenía entrada con la Asamblea y con el estamento castrense. Es absurdo que el Gobierno y el Centro Democrático ignoren ese hecho. Pierden credibilidad. 

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Hoy, las tendencias favorecen a Petro. La única alternativa es mirar al centro de Sergio Fajardo. Es tibio, como Biden. Su gobierno sería de transición. No habrá grandes reformas. Su bancada en el Congreso es pequeña. No podrá hacer transformaciones. Pero es la  mejor opción para Colombia: un cambio gradual. 

Hace cuatro años, Sergio Fajardo estaba igual. Estancado y con posibilidades de pasar a una segunda ronda. Casi lo logra: le faltaron 300.000 votos. Es la hora de los tibios. Si no, nos esperan cuatro años de disputas que no necesita Colombia. Hay demasiadas urgencias por resolver y que no se pueden aplazar. 

3 Comentarios

  1. Defender un candidato bajo la retórica que usted expone, es hacerle mas daño, es mostrarlo como débil e incapaz para grandes cosas y al mismo tiempo hacernos creer a los ciudadanos que esto es lo que merecemos, cuando en realidad, hemos estado haciendo hasta lo imposible para que nuestros destinos sean guiados por quien mejor interpreta nuestro sentir y que tenga el talante de estadista.

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