‘El buen patrón’ de Fernando León de Aranoa: ¿el perfecto engranaje?

‘El buen patrón’ arrasó en los Premios Goya 2022 y ganó también el galardón a mejor película en los Premios Platino. ¿Es justificado tanto entusiasmo o la película no va más allá de ser un artefacto brillante pero de un equilibrio engañoso? Lo cierto es que León de Aranoa dirige de nuevo su mirada al mundo del trabajo y su crisis en la sociedad actual, esta vez en un tono de comedia negra.

En Los lunes al sol, una película de 2002 dirigida por Fernando León de Aranoa, varios adultos que han perdido su trabajo a causa del reordenamiento de una empresa en la ciudad española de Vigo, buscan una nueva dirección para sus vidas. Entre ellos está el personaje principal, interpretado por un Javier Bardem duro y tierno a la vez, que anhela lo que a su edad ya parece imposible de lograr: un trabajo pa ti pa siempre. 

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Veinte años después, Bardem vuelve a juntarse con León de Aranoa y componen entre los dos una especie de contraplano de Los lunes al sol. El célebre actor ahora no es el desempleado que, sin embargo, llega a conocer destellos de amistad y solidaridad, sino el dueño de una fábrica, el que puede decidir sobre las vidas de otros y forjarse una idea de sí mismo que es puro autoengaño. Julio Blanco es el empresario benevolente que conduce su fábrica –o eso quiere creer– como una segunda familia. El buen patrón es una película sobre las mentiras y el derrumbe de ese paternalismo. 

Entre Los lunes al sol y El buen patrón no solo han transcurrido dos décadas; el mundo y el cine cambiaron. En las décadas de 1980 y 1990, e incluso al comienzo del siglo actual, un cierto meridiano cinematográfico pasaba por un conjunto de autores que hacía películas de estilo realista y perspectiva humanista, ancladas en problemas sociales y opuestas a otro estilo dominante en esos años, el alineado con el relato del posmodernismo y la sensibilidad neobarroca. En un costado, el del realismo social, brillaba el cine de Ken Loach, Robert Guédiguian, Laurent Cantet o el propio León de Aranoa. En otra orilla: Almodóvar, Tarantino o los hermanos Coen.

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Aunque esas sensibilidades conviven o comparten el escenario del cine incluso hoy, el caso es que el mundo del trabajo tiende a abordarse ahora de manera menos escueta, como si el realismo resultara insuficiente o inadecuado para dar cuenta del cinismo de los empresarios o la vulnerabilidad de los trabajadores. “Necesito la risa para hablar del mundo en el que vivimos”, dijo el director español en una reciente entrevista para El Periódico de Barcelona. Otros realizadores acuden, por ejemplo, al musical o a variantes de lo fantástico al poner en escena la crisis simbólica en la relación entre las personas y aquello que les provee un sustento material para sus vidas.

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El buen patrón es, en efecto, una comedia negra que dispone sus varios temas y materiales a partir de una mirada que es, al mismo tiempo, incisiva, distante y controlada. La película pretende funcionar como una fábrica en la que cada cosa encaja, y León de Aranoa funge como el buen director y guionista que quiere controlar a la perfección todos los hilos de su obra. 

Asistimos pues a un intento de representación equilibrada de un mundo que tambalea. El equilibrio es un motivo rector de la película, en consonancia con el principal producto de la empresa de Julio Blanco: las balanzas. Blanco hará hasta lo imposible para que todo aquello que está a punto de derrumbarse –tanto en la fábrica como en su vida– mantenga una apariencia de tranquilidad y armonía, incluso si se tienen que sacrificar algunos principios. 

El buen patrón - película
El buen patrón es, en efecto, una comedia negra que dispone sus varios temas y materiales a partir de una mirada que es, al mismo tiempo, incisiva, distante y controlada

En la fábrica tanto como en la película, no obstante, hay desperfectos, mecanismos que no ajustan. El precio que la película paga por su pulsión de abrir cada vez nuevas subtramas es la amenaza de saturación. Está el mundo de la fábrica y los problemas laborales, las crisis matrimoniales, la inmigración, el racismo, la lucha de los sexos, el machismo, el abuso laboral y el chantaje. 

Son demasiadas cosas y la película no siempre les hace justicia ni todas ellas encuentran su balance. Hay muchos desenlaces previsibles, otros en cambio son inesperados y poco verosímiles. Solo en el personaje de Javier Bardem encontramos a un ser complejo y poliédrico; los personajes secundarios son, por el contrario, muy esquemáticos. Satélites de ese sol mayor que es el protagonista, quien termina por absorberlo todo. 

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Mientras me entregaba al placer que depara ver una película que encaja observaciones tan aparentemente agudas sobre el mundo actual, también tenía la sensación de estar frente a un cine viejo, teñido de cierta nostalgia por un orden anterior en el que todo estaba en su lugar asignado: patrones, empleados, mujeres, inmigrantes. La comedia cínica, la ironía, la distancia en la mirada, serían entonces formas de controlar el miedo a aquello que no se entiende o no se quiere admitir: que el mundo es contingente y el pasado no volverá. El patriarca intenta reír ante todo porque está asustado.

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