Los 20 años del Ciclo Rosa: la muestra de cine que marcó la historia de la comunidad LGBTI en Colombia

Creada en 2001, cuando nadie imaginaba que las parejas del mismo sexo podrían casarse o adoptar hijos, este espacio ha sido clave para impulsar la diversidad en la ciudad y el país. 

En el momento en el que la Cinemateca Distrital, el Goethe Institut, el Centro Colombo Americano de Medellín y el Instituto Pensar de la Universidad Javeriana se unieron para llevar a cabo la primera edición del Ciclo Rosa, en 2001, la situación de la comunidad LGBTI en Colombia era muy distinta a la de hoy. 

Para entonces, las parejas del mismo sexo no tenían garantizados derechos básicos como recibir la pensión de sobreviviente y ni siquiera podían soñar con casarse o con adoptar un hijo juntos. Es más, tampoco existía Colombia Diversa, la organización que hoy lucha por los derechos de la comunidad en el país (fue creada tres años después). 

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Aún así, y aunque muchos podrían pensar que hacer una muestra de cine con películas de temática LGBT en ese contexto era una locura, la iniciativa fue todo un éxito. Tanto, que Julian David Correa, director de la cinemateca en esa época, recuerda emocionado el cubrimiento de la prensa, las conversaciones en la calle y, sobre todo, las filas multitudinarias que le daban la vuelta a la carrera Séptima.

“Era un espacio que hacía falta, algo que se necesitaba”, explica dos décadas después, cuando el ciclo ya es toda una tradición que esta semana llega a su edición número 20.

Una edición en la que la actual Cinemateca de Bogotá planea hacerle un gran homenaje a la historia: no solo con una retrospectiva en donde estarán las mejores películas y directores que han pasado por el ciclo en estos años, sino también con dos curadores invitados, que tendrán sus propias secciones (La programación detallada se dará a conocer este lunes a las 6:00 p.m.).

Una historia rosa

La idea del Ciclo Rosa se la dio a Correa Folco Näther, entonces director del Goethe Institut, en una cena a finales de los años noventa. Sin embargo, solo llevada a cabo unos años después, cuando él llegó dirigir la cinemateca. Allí consiguieron la ayuda de dos personas fundamentales: Paul Bardwell, director del Colombo Americano de Medellín, y  Carmen Millán, del Instituto Pensar.

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Armaron un proyecto que tenía dos partes: una agenda académica de charlas y talleres, organizada por la Javeriana, y un ciclo de películas del director alemán Holger Mischwitzky, conocido por su pseudónimo: Rosa von Praunheim. 

Ese ‘rosa’, que Mischwitzky escogió por el color del triángulo con el que los Nazis marcaban a los homosexuales en los campos de concentración, fue la marca del ciclo. Y, desde entonces, en la forma de identificar una serie de eventos y lugares pensados para la población LGBTI.

“Cuando empezamos fue como una constelación afortunada de personas apasionadas por el tema en las instituciones correctas. Así que el comienzo fue maravillosamente fácil. Era el momento histórico para lograr algo así”, cuenta Correa. 

El ciclo tomó fuerza con el paso de las ediciones. No solo en Bogotá, sino en Cali, Medellín y Barranquilla. Por las salas, además, pasaron películas de Apitchapong Weerasethakul, Barbara Hammer, Jonathan Caouette o Karim Aïnouz. Y en las charlas académicas había un complemento de teoría y ejemplos prácticos de políticas públicas en otras partes del mundo. 

El primer ciclo rosa reunió películas de Rosa von Praunheim, director alemán.

Su crecimiento no estuvo exento de dificultades: en 2010, por varios cambios dentro del gobierno distrital, el ciclo se privatizó y dejó de hacerse por dos ediciones, hasta que Correa volvió a la cinemateca. Y luego, en 2013, por una polémica entre la Iglesia Católica y la Universidad Javeriana, esta última canceló su participación en el festival.  

Aún así su esencia se ha mantenido casi intacta. “Ha sido un espacio de diálogo y de encuentro social. De encuentros de la comunidad LGBTI entre ellos mismos y con otros públicos. Un espacio de reflexión y debate acerca de las conquistas, los desafíos, las luchas pendientes”, explica Ricardo Cantor, actual director de la Cinemateca de Bogotá. 

Los legados del ciclo 

Para el crítico de cine Pedro Adrián Zuluaga, parte del éxito del Ciclo Rosa se debe a su ocasión histórico. “Surgió en un momento de necesidad -cuenta-. Muchas poblaciones ya no querían confinarse y deseaban oponerse a ese pensamiento tan popular de: ‘vivan su vida y hagan lo que quieran pero en su casa, pero en secreto’”. 

Así, asistir al ciclo (y organizarlo) se convirtió en una forma de celebrar las diferencias. Clave en un país generalmente cerrado, que poco espacio le da a la apertura (y no solo en términos de diversidad sexual).

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Por eso, a la hora de evaluar los legados del Ciclo Rosa en sus 20 años, el propio Zuluaga dice que ayudó a abrir la mente de la gente e impulsó para que comenzaran a cambiar las cosas desde el Estado. Es más, unos años después el alcalde Lucho Garzón formuló la primera política pública para población LGBTI dentro del distrito. 

“No se puede decir que esa política nació por el ciclo, porque allí desembocaron una cantidad de luchas anteriores del sector, pero si hay una sincronía entre ambas cosas”, explica Zuluaga.

Correa, por su parte, es más cauto y dice que habría que hacer una investigación para determinar qué tanto influyó el ciclo en la elaboración de políticas públicas y la apertura de derechos. Pero intuye que el ciclo, por lo menos, contribuyó a que muchas personas LGBTI se reconocieran de una manera menos traumática. 

Madame Satã, de Karim Aïnouz (2015), otra de las películas que han pasado por el ciclo.

Ejemplo para el mundo

“En un país como este, el ciclo  es una demostración de que sí hay espacios para la diversidad en un sentido amplio, no solo sexual y de género –explica Zuluaga-. Que esos espacios hay que construirlos, sí, claro que sí, pero se pueden hacer. Se puede celebrar la diversidad”.

Y  con películas que tienen estéticas no convencionales, sino más bien disruptivas. “Ha sido un espacio de una gran independencia artística, con un cine transgresor, y no solo por el tema”, dice el crítico de cine de Diario Criterio. 

Un trabajo que ha inspirado a los cineastas colombianos y a otros gestores culturales del mundo. En el primer caso porque a pesar de que en Colombia el cine con temática LGBTI no ha sido muy popular ni ha tenido una gran tradición, en la edición de 2018 un grupo de cineastas colombianos leyó un manifiesto en el que se comprometían a trabajar por un nuevo cine cuir.

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Uno en el que la homosexualidad o los personajes sexualmente diversos no sean retratados desde el punto de vista del crimen, la locura o la enfermedad (como sucedió durante mucho tiempo), y en el que “hemos de transgredir formas y cruzar límites. Los límites autoimpuestos”.

Y en el segundo, porque a partir del ciclo surgieron otros espacios en América Latina y Colombia, como Kuir Bogotá o El Lugar Sin Límites, de Ecuador. 

Un legado que se podrá ver en las salas de la Cinemateca de Bogotá a partir de esta semana, entre el 3 y el 19 de septiembre. Un mes para celebrar la diversidad sexual, para seguir abriendo espacios para la población LGBTI y para ver el mejor cine del mundo. 

Gendernauts, de Monika Treut (1999) también hizo parte de la historia del Ciclo Rosa.
Foto de apertura: Rabioso sol, rabioso cielo, del mexicano Julián Hernández. Hizo parte del Ciclo Rosa. 

7 Comentarios

  1. Buén informe ;no sabía que cumplía ya 20 años el ciclo y que bueno , que se haya mantenido y prospere actualmente , a pesar de que somos un país demasiado cerrado y lleno de tabús para estos temas de apertura, aceptación y respeto a la población LGBTI .

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