El cometa

“‘Mi vida’. Cuando pienso estas palabras veo un rayo de luz”.

Leo esto y se me humedecen los ojos. Es cierto que por épocas lloro con alguna facilidad, sin que sea nada grave y a veces sin razón. Pero nunca cuando leo. Cuando leo y me vienen lágrimas a los ojos es buena señal; señal de que lo que leo está vivo, viene de una fuente viva, aunque quien lo haya escrito haya muerto.

He llegado más temprano a una charla que tengo en la biblioteca de un colegio. Decido leer mientras espero. Me siento frente a un campo donde hay niños jugando fútbol después de las clases, en una de esas escuelas de fútbol que tienen los colegios. El campo está lleno de balones y de gritos que en el aire frío hacen crecer la distancia y el sentimiento de espacio. Los entrenadores llaman a los niños por su apellido, Martínez, Villegas… y a pesar de que responden a estos nombres absurdos, son niños realmente pequeños, con cabecitas más pequeñas que los balones que vuelan sobre ellos. Llevan guayos, medias de lana que les quedan grandes, y debajo de las medias esas tablillas que usan a veces los futbolistas para protegerse las piernas.

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Siempre he llegado temprano a todas partes. Así, antes de una cita o un encuentro, he acumulado minutos valiosos de soledad que ya deben sumar años. La espera hace que la sensación de soledad se acreciente de una forma que no hace daño y permite a veces que se cristalicen formas o sentimientos. Cuando los ojos se me secan, vuelvo a la página que estoy leyendo.

“En una aproximación mayor, el rayo de luz tiene la forma de un cometa, con cabeza y cola. La extremidad más intensa, la cabeza, es la infancia y los años de crecimiento. El núcleo, su parte más densa, es la más temprana infancia en la que los rasgos más importantes de nuestras vidas se definen. Intento recordar, intento deslizarme hacia allí. Pero es difícil moverse en esas densas regiones, es peligroso; siento como si me acercase a la muerte”.

En el colegio hay palomas, estatuas, pinos redondeados artificialmente. También hay un grupo de jóvenes que ensaya para la banda militar del colegio. No son niños pequeños, aunque aún puede ser enternecedora la seriedad con la que cargan sus instrumentos: tambores más grandes que ellos, platillos, y esos estandartes metálicos de las bandas que no sé cómo se llaman y parecen aretes gigantes o trofeos. Los jóvenes están alineados. Quietos. Hay una afinidad entre las estatuas, los pinos podados y ellos.

Quizá uno de estos niños, uno de los pequeños que corre por el campo, o uno de los grandes, por ejemplo ese, el que tiene saco azul y sostiene en sus manos una baqueta, intente recordar su infancia un día, en unos cuarenta o sesenta años. Quizá su vida no adquiera entonces la forma de un rayo de luz, sino otra, desconocida. O quizá la vida no pueda cobrar forma alguna ante ellos. Quizá de esa masa de días de la infancia sobrevenga este día, unido a muchos otros días como uno solo, sus días de colegio, con el mismo cielo gris, la misma humedad del pasto, las mismas palomas trazando arcos entre las estatuas ciegas, como si esperaran su tiempo. En ese día, sin que ellos lo sepan, estaré yo, ya perdida, indistinta de nuevo para siempre.

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