El día de la decisión

Fueron tres palabras las que definieron el fin de la Segunda Guerra Mundial. Las pronunció un general estadounidense cuando dijo: “OK. Vamos allí”.

Fue un 5 de junio de 1944, y ellas, las que decidieron que el desembarco de las tropas aliadas, desde Inglaterra y en las playas de Francia, dominadas por Hitler, se realizaría el siguiente día 6 de ese mismo mes de junio.

Se conoce, este último, como el Día D, pero, para mí, fue el 5, ‘el día de la decisión’, una de las más difíciles en la historia de la humanidad y la cual dependió de la voluntad y el raciocinio de un solo hombre: Dwight David Eisenhower, militar norteamericano de 53 años. Después sería presidente de los Estados Unidos.

Los preparativos duraron un año. Se trataba de transportar, a través del Atlántico, a 165.000 hombres, en solo unas cuatro horas de ese día 6 de junio. Además de pertrechados con su armamento y apoyados por 50.000 vehículos de guerra, para su desplazamiento se necesitaron, bien coordinadas, 5.000 embarcaciones.

En esas mismas horas, y también muy bien coordinados, 11.500 aviones descargaron 11.902 toneladas de bombas en las playas del desembarco de las tropas aliadas, con el objetivo de neutralizar a los defensores alemanes. Durante los primeros tres días debieron hacerles llegar a esas tropas 2.100.000 toneladas. Un poco después, con más de dos millones de soldados en el continente, esta cantidad aumentaría sustancialmente.

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Obviamente, los sitios de desembarco serían playas inhóspitas y no puertos normales. Estos, artificiales, tendrían que ser instalados en sitios muy escarpados, en donde los alemanes supusieran que en esas difíciles geografías no podría realizarse el desembarco. 

Para ello, era imprescindible que hiciera un tiempo favorable. Los pronósticos de los meteorólogos señalaban como posibles los días 5 o 6 de junio.

Todo el litoral francés estaba defendido por tropas germanas esparcidas a lo largo de este, en unas playas con más soldados y en otras, en las impensables, con menos. Bloques de cemento por kilómetros, con minas, con alambradas, por todas partes. 

Por ello, se requerían pocos vientos, porque los soldados podrían marearse e incapacitarse para combatir en los primeros minutos, los más decisivos para lograr un feliz desembarco.

Indispensable, también, la marea baja: no mucha agua para poder ingresar rápido en tierra firme y detectar las minas sumergidas.

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Necesario, igualmente, que hubiera nubosidad alta, para que los aviones pudieran bombardear a las tropas nazis situadas en las zonas del desembarco, además de depositar a los paracaidistas que combatirían en la retaguardia de esas tropas.

El factor fundamental: el clima y sus técnicos. Ello se convertiría en un duelo, previo y a distancia, de dos meteorólogos: el coronel profesor alemán Walter Strobe, que conceptuó que, en los próximos días, el 5, el 6 y el 7, el tiempo no permitiría ningún desembarco. El otro, el inglés, el capitán James Martin Stagg, estimó lo mismo, pero hizo la salvedad según la cual se debería continuar con el análisis del clima allí, porque algunas circunstancias podrían variar.

Junio 5. Reunión del alto mando aliado. Puerto inglés. Hora: 12:04 de la madrugada. Igual el concepto de Stagg. Se aplaza la decisión.

Junio 5. Última reunión. Hora: 4:00 de la mañana. Tiempo inclemente. La lluvia pega contra puertas y ventas; el viento las sacude. Nuevo reporte de Stagg: el día 6, en la madrugada y durante algunas horas de la mañana se darán unas condiciones favorables (“si acierta, lo condecoran; pero si falla, lo degradan”, le dijo uno de los asistentes. Por ello, el periodista Alberto Amato escribió que el verdadero héroe de la jornada fue Stagg. Tal vez exageró, pero solo un poco).

Continúa esa misma reunión del 5 de junio. Han transcurrido solo 15 minutos. Hora: 4:15. Viene la decisión. 

Me imagino a aquellos importantes caballeros y soldados, tan abnegados como caballeros, conscientes de la trascendencia del momento, ahí.

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Muy lentamente transcurren, cargados de silencio, unos breves segundos. Todos contienen la respiración. Se trata del futuro del mundo y de millones de seres humanos. Con naturalidad y sin énfasis, Eisenhower, de pie, la mirada serena (el deber tranquiliza), como quien se libera al final, en un largo y peligroso parto, pronuncia las tres definitivas palabras: “OK. Vamos allí”.

Un suspiro de alivio recorrió la sala. Militares duros para el servicio —“la luz de la batalla resplandecía en sus ojos”—, muchos de ellos le pidieron a Eisenhower que les permitiera participar y combatir directamente en el desembarco. Negado. Se requería su coordinación desde la isla.

Horas antes del despegue, el día 6, el de la invasión, Eisenhower fue a conversar en la madrugada con los soldados que de allí partirían, muchos de ellos, hacia la muerte. Uno que lo vio preocupado, se le acercó y le dijo: “no se preocupe, general, déjelo de nuestra cuenta”. Y otro: “esté seguro de que vamos a darle su merecido a ese miserable Hitler”.

Bien se ve que, en ese momento supremo, bien presentes estuvieron, tanto en los generales como en los soldados rasos, los claros rasgos de valor hacia el peligro. Combatientes todos de una alta causa. Hombres de honor, de fe, de batalla.

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