El embeleco nacionalista

Colombia es un país mal concebido y, por supuesto, mal diseñado. De esto, los primeros responsables son los padres de la patria y los dirigentes políticos, terratenientes y empresarios que los han continuado. Pero también el pueblo que ha sido incapaz, a lo largo de tanto tiempo, de elegir gobernantes idóneos.  

Ni el más vehemente de los nacionalistas podría convencerme de que esta construcción colectiva es un acierto. Al contrario, es anómala y nos hemos acostumbrado a vivir en medio de ella con irresponsable desparpajo. Y resulta curioso que un país así, dueño de tanta injusticia, descalabro y atropello, pueda originar semejante entusiasmo en sus habitantes. 

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Desde que empecé a desconfiar, alimentado por Montaigne y Hölderlin, por Tolstoi y Hesse, por Borges y Saer, de esa enfermedad pueril llamada nacionalismo, no dejo de comprender lo paradójica que es. Pues mientras más una nación está en crisis, más enardecimiento suscita en quienes intentan comprenderla. 

Pero hay estadísticas y balances que comprueban la dimensión de nuestro desacierto. Colombia es uno de los países más desiguales del mundo. Es de los países con más desaparecidos del mundo. Uno de los países con más desplazados internos del mundo. Uno de los países con la mayor cantidad de asociaciones criminales en el mundo. 

Es, por lo demás, la gran cantera de la cocaína del mundo. En donde hay más minas quiebrapatas del mundo. Uno donde la impunidad y la corrupción se pavonean con la mayor holgura en el mundo. Donde se asesinan, hoy por hoy, la mayor cantidad de líderes sociales y ambientales del mundo. Por qué entonces tanto arrebato con una nación de esta índole. 

Con todo, las canciones y la literatura, los locutores de deporte y las editoriales de los periódicos, los empresarios y los políticos, las reinas de belleza y hasta el ciudadano de a pie, siguen convencidos de que, pese a estas cifras aciagas y a las complicadas instituciones que lo han forjado, este es un país maravilloso. 

Para muestra el botón insoslayable que siempre se proclama: sus gentes cordiales y alegres. Su fauna y flora prodigiosas y bellas. Sus riquezas naturales inigualables. Y ese emprendimiento humano tenaz que sigue en pie como un molino enfrentando los peores vientos. 

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Pero así lo malo y lo bueno de estas listas sea verificable, ¿cómo curarnos del embeleco nacionalista?  No sería mejor sentirnos parte de una comunidad universal. Reconocer que en todas partes del planeta hay seres humanos buenos y magnánimos, emprendedores e inteligentes. Que la tolerancia y la fraternidad van y vienen en medio de coordenadas geográficas regidas por toda clase de energúmenos e insensatos. 

Sé que es arduo superar las ridiculeces y rimbombancias del nacionalismo. Se necesita, por un lado, de fuertes dosis de escepticismo y de humor cáustico. Y, por el otro, de una capacidad racional a prueba de cualquier discurso chauvinista, para situarnos en la realidad. 

Qué bueno sería, aprovechando este momento histórico por el que atraviesa el país, sacudirnos, aunque sea un poco, la borrachera esa de qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano. Y más bien hacemos lo que es debido para enderezar la torcedura que nos ha definido desde antaño. 

Si reconstruimos una Colombia justa con todos sus ciudadanos, y nos relacionamos de un mejor modo con la naturaleza, más inteligente y acorde con los tiempos duros que vivimos ahora, quizás entonces tendríamos una razón de peso para sentirnos satisfechos con ella. 

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6 Comentarios

  1. Buen artículo
    Ojalá todos pensemos igual
    “Que la tolerancia y la fraternidad van y vienen en medio de coordenadas geográficas regidas por toda clase de energúmenos e insensatos”

  2. Escribiré una perogrullada: hay nacionalismos porque hay naciones (ver mapamundi). Las fronteras se diluirán cuando haya algo así como un Estado Global, una Constitución Global, etc., y para que esto suceda faltan por lo menos 20 siglos. Así las cosas, seguiremos cantando: Ay, que orgulloso me siento. Etc.

  3. MARIA CLEMENCIA ALVAREZ

    Totalmente de acuerdo, ese “embeleco” nuestro se estrella con una realidad que debería ser motivo de vergüenza. Las fronteras idealizadas, defendidas por cañones solo han dejado cadáveres y desplazamiento. Los migrantes son los seres más miserables del planeta. Un pie adelante o atrás puede significar una vida perdida o ganada. Tristeza y pesadumbre, una humanidad alienada.

  4. Elizabeth MORALES VILLALOBOS

    Salut, Pablo,
    Deberias quedarte en tus opiniones sobre musica y literatura, es tu especializacion, y aprecio estas columnas.
    Pero pretender que los Colombianos, que nunca han salido del pais comprendan que es ser « CIUDADANO DEL MUNDO » es miopia e ignorancia.
    Tu puedes hablar en esos terminos, siempre tan superiores a los otros colombianos, porque viviste muchos anos en Paris, hiciste un doctorado en Literatura latinoaméricana (gracias à las becas que le dan a los refugiados, con tu hija y tu mujer a tu lado). Ademas viajas por el mundo, sin que te incomode los problemas ambientales que producen los viajes en avion. Y te inspiras en ruinas de las antiguas civilizaciones para escribir, mas que en la gente que te rodea.
    No creo que tengas derecho a reclamar a los colombianos que nos sentimos orgullosos de ser colombianos, en cualquie.r parte del mundo, justamente porque queremos mostrar esa otra Colombia. La que no se rinde frente a las mafias y corruptos. « Somos los hijos del pais donde las mujeres publicas estudian en universidades publicas ».
    Te invito a que leas un poco de Ciencias Politicas, hagas la diferencia entre Chauvinisma, Patriotismo, y nacionalismo. Y sobretodo, diferencia los nacionalismos de los antiguos imperios con la historia de los paises colonisados y su cohésion en la lucha por la libéracion

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