‘El entenado’, grandísima novela

Leí por primera vez El entenado, de Juan José Saer, en los años 90 del siglo pasado. Lo hice en un pequeño apartamento universitario, en las afueras de París, cuando adelantaba mis estudios del doctorado en literatura. Lo leí de una sola sentada y recuerdo mi deslumbramiento. La manera en que este se intensificaba y renovaba a cada página leída. Desde entonces, por lo que Saer cuenta y cómo lo cuenta, considero que es una de las grandes novelas. 

Luego volví a ella para dictar un seminario de novela histórica latinoamericana. Sabiendo, por supuesto, que es una obra que cuestiona este subgénero literario, como lo cataloga Georg Lukács. Y es, sin duda, un modelo extraño para comprender cómo los narradores se han enfrentado a la conquista española del siglo XVI. 

Saer descreía de las novelas históricas. Pensaba que su pretensión, de reconstruir lo que sucedió en un momento del ayer, estaba condenada al fracaso. Para el escritor argentino, se trataba de una labor imposible. “Una novela escrita hoy en día que transcurra en la Edad Media, decía, es solo la proyección de un individuo actual en una fantasmagoría que él confunde con la Edad Media, y a la cual sería tan oportuno aplicarle el epíteto de ‘histórica’ como un baile de máscaras”.

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Borges, antes que Saer, a la hora de explicar sus relatos de Historia universal de la infamia, se refería a ese jugueteo de rostros que el escritor establece con el pasado. Pero Borges iba al fondo del asunto cuando decía que detrás de las múltiples máscaras con que asumimos lo que ha ocurrido, escribiéndolo, solo hay vacuidad e ilusión.

En fin, hace pocos días, quise recordar como empezaba El entenado. Tomé el libro y lo abrí. “De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia del cielo”. Este es uno de los inicios más bellos e inquietantes de la literatura escrita en lengua española. Y seguí: “Más de una vez me sentí diminuto bajo ese azul dilatado: en la playa amarilla, éramos como hormigas en el centro de un desierto”. Entonces quedé atrapado nuevamente en esa borrasca de palabras que es la novela de Saer. Y volví a leerlo con el alma en vilo, atragantado de emoción y perplejo ante esta revelación caudalosa, dueña de largas oraciones, de lo que somos como individualidad y colectividad.  

Saer parte de lo que ocurrió al marinero Francisco del Puerto, hacia 1516, cuando la expedición dirigida por Díaz de Solís desembarcó en ese cauce sin orillas, el Río de la Plata. A la expedición la masacraron los indios y Del Puerto, único sobreviviente, fue hecho prisionero durante diez años. Saer tomó, igualmente, como referente lo que Hans Staden, el viajero alemán de ese mismo siglo, vivió cuando fue capturado por los tupinambas del Brasil. 

El entenado de Juan José Saer

Los dos cautiverios, largos y azarosos, fueron estremecidos por la experiencia del canibalismo. De hecho, la crónica de Staden (Del Puerto no dejó ningún testimonio), fue muy leída en aquellos años sombríos, mercenarios y mercantilistas en que Europa provocó el exterminio indígena americano, dejando un trauma histórico que aún no hemos podido superar. 

El gran acierto de la novela de Saer es la narración en primera persona de un hombre que narra su condición de entenado. Aquel que es adoptado por parte de la tribu de los colastinés. Pero este narrador se sabe hijo de nadie. Deambula por el mundo, luego de su liberación, con la impresión de que todo es precario, limitado y mezquino. El título de la novela, por lo tanto, alude a la nada, al ente, al vacío, a la orfandad. 

El entenado es elegido entre sus compañeros, que son asesinados y devorados por los indios, para que sobreviva. Poco a poco entenderá que su misión es la de observar durante su estadía la cotidianidad de la tribu durante las estaciones climáticas. Aprenderá su lengua insondable cuyas palabras designan varias cosas y sus contrarios. Verá sus juegos teatrales, su anual ritual antropófago y su posterior orgía sexual. Tratará, finalmente, de dilucidar los modos en que la tribu permanece en un espacio y un tiempo ubicados en el borde de un río desmesurado.

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El entenado es, pues, un testigo. El testigo de cómo una comunidad de hombres y mujeres, que se siente elegida por un poder arcaico e innombrable, se sabe también frágil y perecedera, y transita por el mundo antes de que sea devastada por los europeos que la encuentran.

Y digo que el narrador es el gran acierto de esta novela porque su mentalidad está anclada en el anacronismo. En realidad, Saer para contar este paso por la América del otro que se traduce en un hallazgo melancólico que remite al Lévi-Strauss de Tristes trópicos –como éste el narrador de la novela piensa que es ignorancia llamar salvajes a quienes son los hombres verdaderos– se apoyó tanto en las crónicas de Indias como en el psicoanálisis, en “El jardín de las delicias” del Bosco como en la antropología estructural. 

Cruce de caminos donde nos topamos con una explicación sobre la inmensa precariedad que es la realidad humana, El entenado es ante todo una metáfora de la escritura. Vivimos una breve epifanía, un efímero tormento, una fugaz pesadilla o una consoladora nostalgia. Y al hacerlo, algunos enfrentan el abismo de la página en blanco para mostrarle a los demás alguna clave fundamental de la existencia. El entenado, sin duda, está llena de esas claves que, al descifrarlas, iluminan al lector perturbándolo profundamente…

6 Comentarios

  1. Elizabeth MORALES VILLALOBOS

    Salut Pablo, buena tu resena de la novela.
    En cuanto a mi, prefiero leer la ultima novela de Azniel Bibliowics. Es mas autentica, si el objetivo de tu resena era resaltar los apoertes de Lewis Strauss al conocimiento de las culturas aborigenes.

  2. HERMOGENES MEJIA POSADA

    MUY BUEN ESCRITO SOBRE LA ” PRETENSIÓN TOTAL”, O PARCIAL( es) DE SAER, CON Y EN SU NOVELA ” EL ENTENADO”….
    NO SÉ POR QUÉ ALGUIEN ANOTÓ QUE ES UN TITULO…. PARA LA NOVELA

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