El ‘Leviatán’ de Pablo Mora

En ‘El Leviatán’ de Pablo Mora resuenan con fuerza los episodios más oscuros de Colombia. El Palacio de Justicia, Armero, las sedes de los periódicos bombardeados, las masacres innumerables, los falsos positivos, los desaparecidos…

¿Qué hacer ante la bestia del Estado? Unos quedan petrificados ante ella y son devorados de inmediato. Otros saben que hay algún pliegue de ese organismo sucio, aunque tremendamente seductor, que se puede aprovechar para el beneficio propio y pactan con él y se tornan bestiales a su vez. Otros se hacen los indiferentes sospechando que es posible respirar sin que sean tocados. El candor llega a tales límites que hay quienes viven y mueren sintiéndose algo así como libres de su presencia.

El cuento de Kafka Ante la ley muestra hasta dónde podría llegar esa ingenuidad. Un campesino pide que le dejen entrar al aposento de la ley. Se ubica ante una puerta y espera toda su vida a que un guardia le permita la entrada. El campesino piensa que la ley es posible para él y para cualquier persona que se interese en ella. Pero el guardián lo previene. Entrar allí significa enfrentar vigilancias poderosas y, ante todo, vencer el miedo que suscita el adentrarse en el gran recinto de las leyes.

El campesino, a pesar de que esa entrada le ha sido destinada, envejece y muere sin poder atravesarla. Ahora bien, si aquel campesino hubiera entrado, ¿qué hubiese sucedido?  La respuesta la encontramos acaso en El Proceso. Traspasar esa enorme puerta, vigilada por policías sucesivos, significaría verle la cara al mal.

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El Leviatán, de Pablo Mora. Foto: Juan Cristóbal Cobo
‘El Leviatán’, de Pablo Mora. Foto: Juan Cristóbal Cobo

Hay unos más, sin embargo, que deciden mirarle los ojos a esta gigantesca alimaña y, sin desconocer que ella posee visos de indestructibilidad, intentan hacer algo. Por ejemplo, combatirlo con las armas y las revoluciones.  Y lo hacen y terminan comprendiendo que cualquier triunfo terminará en las fauces del Leviatán ¡Ah!, criatura suprema y terrible. ¿Cómo destruirte? ¿Cómo olvidar que eres la gran pesadilla trajeada de altos sueños?

Los dioses, tan venerables, terminan también envueltos en tu aliento de podre. Y el lenguaje, ese sistema de signos al que tanto se aferran los creadores rebeldes para querer desarmarte, pareciera debilitarse ante la retórica que utilizas. Animal fatal y necesario. Moldeador de todas las esperanzas y también de todos los escepticismos.

El artista colombiano Pablo Mora es uno de los pocos que ha decidido enfrentarse al Estado en su dimensión monstruosa. Y ha asumido algo parecido a la frialdad. Aunque no estoy seguro de que esta sea su condición. Quizá Mora ha tomado de él su aspecto más ceniciento para mostrarnos su esencia. Supongo que durante su impresionante labor creativa se ha preguntado, una y otra vez, si el Estado es bueno o malo. Al ver su Leviatán, sospecho que la base de su respuesta se inclinaría hacia la irrefutable evidencia de su maldad. O, al menos, de lo que queda de su realidad aplastante.

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El Leviatán. Foto: Juan Cristóbal Cobo
El Leviatán’. Foto: Juan Cristóbal Cobo

En esta perspectiva, vale la pena preguntarse: ¿aún podemos creer en la bondad de la República de Platón? ¿En la magnanimidad de la Ciudad de Dios de Agustín? ¿Habitaríamos encantados la Utopía de Moro, la Nueva Atlántida de Bacon, la Isla del Sol de Campanella, los Falansterios de Fourier? Pero alejémonos de la literatura y confrontemos la historia. ¿Son excelsos los kibutz y las misiones de los jesuitas? ¿Han sido filantrópicos los imperios y los reinos monárquicos? ¿Son benevolentes las repúblicas capitalistas y las comunistas? ¿No será cierto que todos estos proyectos, tocados de destellos utópicos, al querer instalarse en lo real terminan adquiriendo las facciones del monstruo?

Pero detengámonos en lo que ha realizado Pablo Mora. La primera vez que vi Leviatán, se me arrugó el corazón. Quise salir, aunque no se lo dije, de su estudio situado en el centro de Medellín. No lo hice porque quedé cimbrado, y en silencio, ante la faz fisurada de su obra. Mi impresión inicial fue no saber con precisión qué era esa masa de color rojizo que Mora había creado. Luego, en la medida en que observaba, entendí los perfiles de su contenido. Evoqué una cadena montañosa. Pensé en valles devastados. Imaginé que en este territorio alguna vez hubo pueblos y ciudades, ríos y bosques y un palpitante movimiento humano. Aunque lo que contemplaba era la total desolación.

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Como el Leviatán de la política y la filosofía, el de Pablo Mora tiene un solo rostro dividido en miles. Esto se comprende cuando de la generalidad de su relieve degradado se pasa al detalle. Como un puño, entonces, la revelación nos golpea. Miles de clips conforman la faz del engendro estatal. Miles de esos pequeños objetos metálicos han sido pasados por un procedimiento químico para ser amontonados. Miles de alambres con que fueron reunidos miles de documentos judiciales. Todo un aparato de justicia –enorme, paquidérmico, abrumador– ha desembocado en esta suerte de paisaje de lo inútil.

El Leviatán, de Pablo Mora. Foto: Juan Cristóbal Cobo
El ‘Leviatán’, de Pablo Mora. Foto: Juan Cristóbal Cobo

Y cuando poseemos esta conciencia de lo caduco, un país brutal emerge ante nuestros ojos. Porque en este Leviatán resuenan con fuerza los episodios más oscuros de Colombia. El Palacio de Justicia, Armero, las sedes de los periódicos bombardeados, las masacres innumerables, los falsos positivos, los desaparecidos, las elecciones corruptas, el trazado de unas castas políticas inicuas y devastadoras, la naturaleza vejada por todas partes, la incurable desconfianza que nos caracteriza como ciudadanos. En fin, el crimen humano y ecológico pavoneándose frente a un aparato de justicia completamente incapaz y en medio de un pueblo que, alienado y sometido, acepta esta condición.

Al salir del estudio de Pablo Mora, sentí una vez más lo que significa ser colombiano y ser hijo de un familiar asesinado. Cayó sobre mí un cansancio de siglos y una impotencia férrea. Pensé en mi papá abaleado en Bello, en el de Pablo Mora en Medellín, y en el de tantos miles que han sido injuriados por el crimen y cuya humanidad no hemos podido arrebatársela del todo a la gran bestia.

*Leviatán de Pablo Mora está expuesta en la sala ‘Fragmentos, espacio de arte y memoria’, de Bogotá, desde el 21 de abril hasta el 14 de julio de 2022.

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