El narcotráfico no es el problema sino que el país lo tolere

¿Será que los colombianos somos víctimas del tráfico de drogas? ¿La violencia que vive el país es consecuencia de la guerra contra el narcotráfico iniciada por Estados Unidos? ¿Qué tan responsable es el país del auge de esta economía ilegal? En su nuevo libro, Conexión Colombia. Una historia del narcotráfico entre los años 30 y los años 90, Eduardo Sáenz propone respuestas alternativas a estas preguntas.

Hace un par de semanas, el presidente Iván Duque destacó con orgullo y optimismo la reducción en un 7 por ciento de los cultivos de coca en el país, según el informe anual de la ONU. Para el mandatario, ese logro consolidaba una tendencia que comenzó hace tres años cuando empezó su gobierno.

El pasado viernes ese entusiasmo se acabó con el informe de Estados Unidos que reporta un aumento de 15 por ciento en los cultivos de coca. Poco tardó el Gobierno en sacar un comunicado en el que intentó explicar la incongruencia entre ambos informes.

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Narcotráfico: el mayor mal

Más allá de las cifras, llama la atención que cuando Duque se refiere al narcotráfico reitera que es el mayor obstáculo para la paz y el motor de la violencia. A raíz de la masacre de Samaniego, el presidente viajó a ese municipio de Nariño y allí dijo: “Esos hechos de violencia derivados del narcotráfico no son gratuitos, son producto de la expansión de los cultivos ilícitos y del narcotráfico”.

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Y hace unos días, al presentar el informe de la ONU sobre cultivos de coca, trajo a colación la misma idea:

El mayor enemigo que ha tenido la construcción de la paz en Colombia es el narcotráfico. A más coca menos paz, podríamos decir que ha sido la ecuación dolorosa con la que ha tenido que vivir nuestro país durante muchas décadas”.

Las afirmaciones de Duque carecen de novedad. Por lo menos en los últimos 30 años, presidentes, políticos e investigadores sociales la han repetido como si fuera una verdad irrebatible. A esos argumentos se suma otro: que Colombia es víctima de la política antidrogas encabezada por Estados Unidos.

En un foro virtual sobre regulación de drogas hecho el año pasado, el expresidente Juan Manuel Santos afirmó:

Colombia ha seguido todas las recomendaciones que han salido de Naciones Unidas y de los Estados Unidos con un costo altísimo para nosotros”.

Explicación alternativa

Sin negar la influencia del narcotráfico en la violencia, el doctor en historia, Eduardo Sáenz propone una explicación distinta a la tradicional. En su nuevo libro, Conexión Colombia. Una historia del narcotráfico entre los años 30 y los años 90, Sáenz va contracorriente y afirma que el narcotráfico no es la raíz de la violencia en el país.

En concordancia con otros autores, Sáenz explica que Colombia vio episodios violentos, violaciones a los derechos humanos y restricciones democráticas desde antes de la aparición del narcotráfico.

Además, afirma que “con frecuencia importantes funcionarios gubernamentales y jefes militares prefirieron reprimir los movimientos sindicales y políticos de izquierda, luchar contra las guerrillas y defender los intereses de las élites antes que combatir el narcotráfico”.

Frente a las “explicaciones exculpatorias que pretenden presentar a Colombia como víctima” de la política antidrogas gringa, el historiador argumenta que ha sido más perjudicial la tolerancia de las elites al narcotráfico. Y llama la atención sobre cómo los narcos colombianos han exportado a Estados Unidos “un asombroso estilo de violencia” que ni siquiera ejercían los narcos cubanos o norteamericanos.

La tolerancia interna

En el ámbito doméstico, Sáenz dice que “la laxitud de la sociedad colombiana y sus elites contribuyeron a que Colombia se consolidara como país exportador de sustancias psicoactivas”. Y pone como ejemplo las declaraciones de importantes dirigentes industriales quienes veían con buenos ojos la llegada al país de divisas producto del narcotráfico. En los años 70 era más importante la lucha antisubversiva que la persecución contra el narcotráfico, que en esa época no tenían una estrecha relación.

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A lo largo del libro, Sáenz muestra la relación de los gobiernos (desde Pastrana hasta Samper) con el tema del narcotráfico y con la política antidrogas de Estados Unidos. Para él no hubo una relación de subordinación total de Colombia hacia la política norteamericana, en especial cuando ese país exigió resultados en derechos humanos.

En esa historia aparece la manera como la violencia, la subversión y la política antisubversiva (que incluyó la persecución al movimiento social) se conjugaron con los narcos. Este nuevo elemento agudizó aun más la crisis social y política del país, pero no la creó.

Conclusión

Volviendo a las declaraciones de políticos y presidentes que ven al narcotráfico como el big bang de la actual situación del país hay dos reflexiones.

La primera, es innegable que la consolidación del narcotráfico aumentó la violencia, la persecución a líderes sociales y la violación de derechos humanos. Pero vale la pena recalcar que la sociedad colombiana tenía a su cuesta varias décadas de violencia y represión social impulsada desde el mismo Gobierno. Tampoco se puede negar que las guerrillas recurrían a esas estrategias.

Segunda, explicar la tragedia colombiana a partir del narcotráfico es exculpar a otros actores que tienen y han tenido un papel protagónico en este caos. Por ejemplo: decir que el asesinato de líderes sociales solo se debe a los narcotraficantes significa dejar a un lado los conflictos sociales que hay en temas de tierras o de exclusión política.

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