‘El nombre del mundo es bosque’, un clásico de la ciencia ficción contra el colonialismo

Después de publicar el año pasado ‘La mano izquierda de la oscuridad’, el sello Minotauro ahora reedita otro clásico de la escritora Ursula K. Le Guin: ‘El nombre del mundo es bosque’. 

El planeta Athshe no tiene construcciones en cemento. Tampoco metrópolis, fábricas o acueductos. Los mares recubren la mayoría de su superficie y sus 40 continentes, no muy extensos, están poblados de bosques tupidos. Los athsianos, la población nativa, son primos lejanos de los humanos de la tierra. Miden apenas un metro y su piel está cubierta de pelo verde. Durante un millón de años se han diseminado por todo el planeta, al que no llaman tierra, sino bosque.

En sus pueblos se han ramificado las lenguas y las costumbres, pero todos guardan similitudes: son matriarcados en los que sus líderes han aprendido a existir en dos tiempos, el tiempo-mundo y el tiempo-sueño. Aunque no desconocen la violencia, sí la guerra y la barbarie: viven de forma estática, estable. Hasta que llegan, en ruidosas naves de metal, sus parientes de otro mundo, los terráqueos. 

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El nombre del mundo es bosque (1972), una de las novelas más conocidas de la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin, acaba de ser reeditada en el país por el sello Minotauro. Se trata de un libro engañosamente corto: en 158 páginas, su autora logra no solo imaginar una especie y un complejo sistema de vida extraterrestre, sino construir una trama intrincada que, como tantas otras obras de ciencia ficción, pone de telón de fondo otro mundo para escenificar los traumas y la violencia del colonialismo.

En El nombre el conflicto no es ambiguo: los humanos terrestres han bajado del cielo para talar los bosques y enviar la madera a un planeta tierra destroncado que se ha transformado en una mole uniforme de concreto, en el proceso esclavizando a los athsianos.

El nombre del mundo es bosque portada

Le Guin centra la batalla por el futuro de Athshe en dos personajes. Por el lado de los humanos, está el capitán Davidson, una especie de Rambo fascista y paranoico que desprecia las instituciones y promueve el genocidio de los nativos bajo las banderas del progreso. Su misión es domar el mundo: “Una vez limpio y desmontado, los bosques sombríos reemplazados por interminables campos de cereales, erradicados el oscurantismo, el salvajismo y la ignorancia, aquello sería un paraíso, un verdadero Edén”.

Por el lado de los athsianos, está Selver, quien tiene una vendetta personal contra Davidson y quien, dentro de la cosmovisión de su cultura, se vuelve un dios porque, a causa del enfrentamiento, accede a un nuevo sueño, a una nueva raíz: la de la guerra. Además de ellos dos, Le Guin introduce al científico humano Lyubov, interesado más en entender que en conquistar; y también La Liga de los Mundos, un Naciones Unidas interplanetario que, en el libro, funciona en parte para mostrar la distancia que existe entre el mapa y el territorio, entre el escritorio burocrático y la vida fronteriza.

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En El nombre del mundo es bosque, Le Guin se sitúa del lado de los oprimidos y de la naturaleza: de las flores, de los árboles, de los ríos, de todo aquello sujeto al ciclo de la vida y la muerte. Desde ese ambientalismo que rechaza al antropocentrismo logra algo inquietante: mostrarnos a nosotros, los humanos, como los extraterrestres.

Acá el monstruo, el ente destructor, no es el de Alien o los de ¡Marcianos al ataque! Es el hombre transformador de mundos. Aunque Le Guin no cae en el fatalismo y encuentra en la cooperación y la coordinación una tenue luz, cierra el libro con una apreciación que reverbera como un escalofrío: que el conquistador no solo violenta al oprimido, sino que le da acceso a su forma de entender el mundo.

Ursula K. Le Guin
Ursula K. Le Guin murió el 22 de enero de 2018.

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