‘El poder del perro’: nada es lo que parece

Ganadora del premio a mejor dirección en Venecia, la directora neozelandesa Jane Campion regresa con un nuevo largometraje luego de más de una década alejada del cine. ‘El poder del perro’, estrenada a principios de este mes en Netflix, promete ser una gran protagonista de la temporada de premios que se avecina. Y le sobran méritos para ello.

Hay dos movimientos aparentemente opuestos pero entrelazados que dibujan una silueta de nuestra época. Por un lado caen monumentos, en la mayoría de los casos, de símbolos históricos de opresión, sobre todo colonizadores y hombres blancos. Pero esa caída de la estatuaria conmemorativa y monumental no tendría mayor interés (sería apenas una repetición de la historia y su sucesión del poder) si no viniera acompañada de un gesto paralelo: sacar a la superficie lo que estuvo largo tiempo sumergido, latente, apenas insinuado.

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En 2021, y gracias a la Palma de Oro entregada a Titane, dirigida por Julia Ducournau, la directora neozelandesa Jane Campion dejó de ser la única mujer ganadora del premio a mejor dirección en Cannes (por El piano, en 1993). El poder del perro es el primer largometraje de Campion tras más de diez años dedicada a la televisión, y como suele ocurrir con cada película suya, vuelve para partir aguas, y con el arrojo de poner un elemento extraño en un lugar que parece no corresponderle: como la ya mítica imagen de un piano en la playa que vimos en su película tal vez más famosa.

En El poder del perro, adaptación de una novela de Thomas Savage, también hay algo, o muchas cosas, que lucen fuera de lugar. Otro piano, pesado y –a la vez– delicado símbolo de sensibilidad en un mundo gobernado por hombres recios que desempeñan trabajos rudos. Un perro de fauces abiertas insinuado entre las líneas de las montañas, y que solo aquellos muy perceptivos pueden ver. Una mujer alcohólica y su hijo afeminado. El deseo homosexual y encubierto allí donde este deseo solo puede ser un escandalo intolerable: en medio de los conquistadores de tierras que fundaron la prosperidad de la nación norteamericana. Las señales de lo ominoso recorren la película y se lanzan al espectador como una advertencia de que el mundo de dos hermanos, incompatibles como el agua y el aceite, que comparten una propiedad en la Montana de la década de 1920, puede estar próximo a derrumbarse. 

A esa propiedad llegan Rose (Kirsten Dunst), luego de su matrimonio con uno de los dos hermanos (el regordete y bonachón), y su hijo, elementos extraños y disolventes que quizá hagan estallar todo por los aires. El piano, el perro entrevisto, el vicio de la mujer y la desviación de su hijo penden como amenazas que auguran una gran tragedia o un estremecimiento. De ese universo de personajes, objetos, señales y señuelos, solo se puede esperar lo peor. Aún así, todo ocurre de foma imprevista. Lo mejor de la película, entre tantas hilos bien amarrados, son los retos que le propone a quien la ve. Nos obliga a desandar los pasos de lo visto, para entender a posteriori su implacable lógica.

En la película hay dos hombres en el centro. Phil, el rudo vaquero genialmente interpretado por Benedict Cumberbatch, quien no desperdicia oportunidad para burlarse de Peter, el hijo demasiado delicado de Rose y centro gravitacional de la película. Pero resulta que el hijo afeminado es capaz de matar animales sin mayor escrúpulo para probarse como cirujano, enfrentó la muerte de su padre y, lo último pero no lo menor, ve la imagen del perro dibujada en las montañas. Phil y Peter son cómplices de esa visión, aunque quizá estén viendo cosas diferentes. Lo fascinante de la fábula que entreteje Campion es su poder de desubicarnos. Los aparentemente débiles puede que no lo sean tanto. La red está siendo tejida del lado más inesperado. 

El poder del perro - película Jane Campion
El poder del perro – película Jane Campion

Jane Campion ha hecho mucho más que un western crepuscular y autoconsciente, que subvierte los materiales que dieron origen al cine sobre el mito fundacional de los Estados Unidos modernos. Se las arregló para urdir un provocador comentario sobre la masculinidad en las postrimerías del más masculino de los géneros. Otra gran directora, Kelly Reichardt, había puesto patas arriba los códigos del western en films como First Cow y Meek´s Cutoff. En el primero de ellos, se celebraba la posibilidad de la amistad masculina en las agrestes condiciones de una vida en tránsito.  Jane Campion explora vetas emocionales más oscuras: el silencioso poder de la estrategia, la traición como la cifra de las relaciones entre los hombres, el sexo como poder. 

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Un mención aparte merecen la desapacible música de Jonny Greenwood, integrante de la banda Radiohead, y una fotografía cálida que no evita los grandes paisajes con sus colinas al fondo, marco engañoso para una película que nos termina confrontado con el mundo interior de los personajes y las insoportables tensiones psicológicas que se derivan de vivir sin encarar el propio deseo. Consciente de esa represión que lo domina todo, la película obliga al espectador a atravesar capas de silencio y significado para finamente entrar en el solitario corazón de los personajes, allí donde habitan el miedo, el deseo y la duplicidad. Jane Campion nos invita a un desplazamiento: no estábamos viendo un western sino un thriller sicológico. La verdadera película estaba por debajo lista a revelarse a su debido tiempo. Ella se toma ese tiempo y es deseable que el público haga lo mismo.

7 Comentarios

  1. Gran reseña, Pedro Adrián. Me he visto esta maestría de película tres veces. No me canso de ver sus maravillosos recovecos mostrándonos bellamente el arte de la duplicidad y de como la traición y el misterio abundan en cada paso y paseo cotidiano.

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