Amor constante más allá de la muerte

El 1 de julio se estrena en salas colombianas ‘El segundo entierro de Alejandrino’, un documental dirigido por Raúl Soto que acompaña a la esposa de un chamán emberá en el cumplimiento del último deseo de su compañero muerto.

Un plano estático nos muestra la cumbre de una montaña, abierta en la mitad por un estrecho camino. En esa quietud emerge un grupo de hombres a caballo que atraviesa el sendero, al mismo tiempo que irrumpe la voz en off de un narrador en lengua emberá: “En la comunidad creen que Alejandrino se está transformando y nadie lo quiere recibir. Teresa lo quiere llevar al cementerio de los blancos. Él le pidió que lo enterrara de nuevo con una fiesta como a él le gustaba”.  El plano se recompone entonces para acompañar al grupo en un descenso del camino: “Voy a la casa de mi tío Alejandrino con la guardia indígena y con el consejero Benigno, para llevar el cuerpo de mi tío al pueblo y bailar con él en paz”.

En el plano siguiente vemos un bosque cerrado por los árboles y la niebla. Sentimos la tierra, antes quieta, temblar. Escuchamos el mito de un chamán (Miro Majoré) y de un espíritu a caballo que los ancestros emberás encerraron para que no molestara. En este prólogo misterioso de El segundo entierro de Alejandrino, antecedido por un texto aclaratorio, están expuestas las tensiones de ese mundo que el documental del director antioqueño Raúl Soto se va a dedicar a contemplar desde una distancia respetuosa y atenta.

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Los emberá eyabiba o “habitantes de la montaña” son parte de uno de los grupos indígenas más numerosos de Colombia. El otro grupo humano, aquel que las cámaras no muestran, es el de los cineastas que acompañan el tránsito de una pequeña comunidad que quiere cumplir lo que Alejandrino le comunicó en sueños a su esposa Teresa: la necesidad de un segundo entierro para así lograr la libertad de su espíritu. Teresa encuentra a Alejandrino momificado. La comunidad cree que el espíritu de un chamán como Alejandrino, si vuelve a la vida, trae muerte a los vivos.

La amenaza se cierne pues sobre el mundo que observamos. Los invisibles cineastas capturan detalles de este tiempo de transición. Hay tiempo para lo cotidiano: preparar alimentos, pintarse los cuerpos. Y hay tiempo para otro tipo de rituales, al parecer no del todo desconectados de esa cotidianidad, pero encaminados a preparar el cumplimiento del deseo póstumo de Alejandrino. Bailes, canciones, fiestas. 

“Fuimos acogidos como hermanos menores por los emberá, en un generoso gesto de fraternidad”, le manifestó el director Raúl Soto a El Nuevo Siglo. Sin embargo, la cámara es testigo de otras capas de realidad. Es perceptible la angustia y el resentimiento de Teresa. Le oímos decir a la mujer que a Alejandrino le dieron la espalda al morir y que él decidió irse para no molestar a nadie tras una penosa enfermedad. 

Esa misma cámara observadora capta una imagen que perturba: el grupo que acompaña el cuerpo de Alejandrino hacia el pueblo de Urrao se encuentra a un caballo muerto en el camino, y no parece importarle a nadie. “Ah, se pelotió ese güevón”, leemos  –gracias a la traducción de la lengua emberá en los subtítulos – que dice uno de los hombres de la comitiva.

En El segundo entierro de Alejandrino no hay idealización de los emberá. Se ve la pobreza en que viven y las contradicciones internas que los agobian. Se revelan las señales de su sincretismo en la ropa que usan, en la cruz que acompaña su ritual funerario o en el hecho de que sea en el cementerio blanco donde el cuerpo del chamán indígena sea al fin acogido. También, claro, vemos su resistencia y dignidad.

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Cuando llegan al pueblo después de la heroica travesía por el bosque, el pequeño grupo avanza con el cuerpo de Alejandrino hacia su segundo entierro. A un lado de la calle se ven camionetas de alto cilindraje. Son varias y contrastan con la indigencia, acentuada en el espacio del pueblo, de los indígenas. Atrás del cortejo hay una especie de chiva o bus tradicional que también intenta abrirse paso. Nada en estas imágenes sugiere armonía, sino por el contrario una tensión y violencia latente. 

La película de Soto, premio especial del jurado en el Festival de Cine de Guadalajara, a veces exagera en su distancia frente a lo que filma. Demasiadas cosas quedan en el aire, y en esa vaguedad de signos, se puede prestar para interpretaciones neo-románticas sobre la naturaleza o sobre nuestros grupos indígenas. Pero como ya se dijo, la cámara deja ver lo que los cineastas, tal vez por respeto, omitieron preguntar, o prefirieron mostrar.

En el momento final de la película Teresa toca la tumba cerrada de su esposo y conversa con él por última vez. “Ahora sí me voy. Lo dejo acá, pero vuelva a nuestra tierra”. Las aves vuelan en el cielo y empieza a sonar una música indígena. La película también se sella como lo que primordialmente es: una historia de amor entre un hombre y una mujer. Un amor que la muerte no interrumpió y en el que el vínculo entre vivos y muertos se vuelve a manifestar como la más alta creencia y la más elevada ética.

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