El sueño de la antioqueñidad también ha sido una pesadilla

En Colombia y en Antioquia, desde su fundación como nación y departamento, un espíritu retrógrado ha caracterizado su proyección hacia la alteridad.

Siguen vigentes las expresiones de dos escritores franceses sobre el asunto de la alteridad. Arthur Rimbaud, en medio del fragor del militarismo decimonónico europeo, escribió: “Yo es otro”. El equívoco en la conjugación del verbo, la incomodidad gramatical, la imperfección en la sintaxis ondean en esta frase. Y sugiere el conflicto que existe entre el yo y los demás.

Años más tarde, Jean Paul Sartre, asediado por las guerras fascistas de la primera mitad del siglo XX, escribió: “El infierno son los otros”. Quiso expresar, supongo, que solo hay crisis, rechazo de la libertad, repugnancia y odio hacia lo diferente, en ese puente que intenta levantarse entre los hombres.

Ambas consideraciones definen, sin duda, una alteridad maltrecha. Esa incapacidad que posee la condición humana para asumir al otro. A ese que ha sido, y sigue siéndolo, el diferente, el monstruo, el charlatán, el loco, el sucio, el descarriado, en fin, quien incomoda para el ‘buen avance’ de una sociedad. 

Desde la Antigüedad se ha enseñado, a través de principios estoicos y cristianos, que el prójimo es igual a nosotros. Que se le debe amar con la intensidad con que nos amamos a nosotros mismos, y hacerlo apoyados en la idea de que integramos una especie de comunidad humana digna de respeto. Pero los descubrimientos geográficos, la experiencia del arte, los relieves de las ciencias humanas y naturales nos han hecho entender que no es precisamente del prójimo –un término más propio para los ámbitos religiosos–, sino que se trata, en esa ardua y permanente construcción de una sociedad más justa, del otro. De aquel que es distinto a mí, pero que comparte, por las a veces brutales y azarosas razones de la historia, el mismo espacio que yo. Si se acepta y se respeta la diferencia que hay entre quienes conforman un departamento o un país, y no se pretende satisfacer, empujados por convicciones racistas, religiosas o políticas, lo que ese yo mayúsculo desea, se estará más cerca de una realidad culturalmente más democrática.

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Antioquia celebración Yolombó
Celebración del Día de la Antioqueñidad, en Yolombó (Antioquia). | Foto: Yolombo-antioquia.gov.co.

En Colombia y en Antioquia, desde su fundación como nación y departamento, un espíritu retrógrado ha caracterizado su proyección hacia la alteridad. Resulta paradójico que así suceda porque en el origen y desarrollo de nuestra vida colectiva –lingüística, musical, dancística, culinaria, erótica– ha sido ostensible la existencia del mestizaje. Un mestizaje, sin embargo, que continúa fundado sobre la intolerancia ante el negro, el indígena, y frente a quien practica una sexualidad otra.

Hay que guardar cautela, entonces, con esas definiciones de la Colombia y la Antioquia pluriétnicas. Ya que detrás de lo que se ha denominado como una democracia racial o una república mestiza, hay circunstancias diarias de oprobio contra comportamientos y expresiones que no son hegemónicos.

En nuestro país, y lo mismo sucede en este departamento, se ha ventilado un discurso sospechoso donde se reconoce la variedad regional con sus diversos tapices culturales. Y matizo la palabra “sospechoso” porque este mestizaje democrático, que se festeja a veces con tantos aspavientos, lo que ha buscado es un blanqueamiento progresivo. Un blanqueamiento que es de raigambre hispánica, y que se sigue manifestando en el plano económico, político y mental a través de unas castas que, desde la colonia y el mismo nacimiento de la república, han dirigido los rumbos de la nación. En esta perspectiva considero que, si queremos construir “un territorio con identidad propia”, una confluencia de tiempos y espacios en donde respiren las variadas ideas y la multiplicidad étnica, es indispensable no solo cuestionar, sino transformar el proyecto nacional colombiano con sus regiones en cuya base se ha instalado la segregación, la intolerancia y la desigualdad social. 

Ahora bien, ¿qué es un territorio con identidad cultural propia? Es un territorio ajeno a la imposición de la homogeneidad. En el caso de Antioquia, es enfrentarse a un relieve de muchos rostros y creencias. Una suerte de pequeña torre de Babel que debe descifrarse y capotearse a través del ejercicio cotidiano del asombro y el respeto. Pero es, al mismo tiempo, enfrentarse a un territorio sesgado por muchas heridas. Heridas que, a lo largo de los siglos, se han enlazado unas con otras hasta el punto de trazar una geografía fisurada por diferentes traumas históricos.

Desde el exterminio indígena con la conquista española, pasando por la explotación de los negros durante la colonia, hasta el atropello de los derechos de los ciudadanos de menor categoría desde la fundación de la república, la historia de Antioquia ha sido una continua sucesión de violencias que se han vuelto invisibles a través de una educación familiar y colegial amañada y mendaz.

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Habitamos, es verdad, una prodigiosa red de montañas, ríos y bosques. Hemos construido, es cierto, unas coordenadas de la identidad que gustan autodefinirse en los rótulos de la cordialidad, la pujanza y la fertilidad. Pero, y esa es una de las caras de nuestra paradoja, hemos trazado también un mapa fragoroso de la discordia.

Celebramos triunfantes los dichos del pueblo, como aquel que dice “pa atrás, ni pa coger impulso”, creyendo que el porvenir solo debe tener forma de dinero y sometimiento a la naturaleza y al otro. Cuando los tiempos actuales nos proponen, para asumir de una manera más inteligente el cambio climático, no coger tanto impulso para no crecer demasiado, la verdad es que hemos cogido el suficiente para sembrar los territorios de Antioquia con la intemperancia.

Se añora la paz, se le canta en las músicas y se le pide con fervor en las oraciones diarias, pero hacemos la guerra con una pasión arraigada en filantropismos falsos. Y si se proponen cambios profundos para que la realidad social sea más digna y solidaria con los desposeídos que hay en el departamento, entonces las élites que mandan y sus amanuenses de toda laya se alteran y proclaman que esas mutaciones son peligrosas porque podrían destruir los pilares que, durante años y con tanta inteligencia y ‘verraquera‘, se han edificado para sostenernos. Confusa justificación, porque de lo que se trata es, justamente, de cambiar tales pilares para que no nos sigamos apoyando en el equívoco y en la mentira.   

Por fortuna, hay estudios e interpretaciones que no ignoran las realidades mentales de los seres humanos que habitan Antioquia. Tampoco desconocen, verbigracia, los yerros de esa colonización económica y cultural que se efectuó, en el siglo XIX desde Medellín, y alcanzó zonas de otros departamentos. Colonización que ha sido vitoreada con una literatura que ha festejado posturas caducas para el mundo de hoy. La ejemplar “hacha de mis mayores” se ha prolongado hasta nuestros días. Y sigue demostrando que no le tiembla la mano para ultimar los derechos de los nativos y los de la naturaleza. Porque semejante hacha ha alcanzado, con el megaproyecto de Hidroituango, los niveles de la arrogancia más insoportable. Jactancia y brutalidad, acompañadas de corrupción y engaño, arremetieron contra el río Cauca, contra su macizo montañoso y sus poblaciones campesinas. Y todo ello ha sido justificado en un discurso de vigor regional que siguen defendiendo, de forma ridículamente chauvinista, empresarios, políticos y connotados intelectuales de la región.

Es indispensable, en este sentido, cuestionar, y ojalá desmontar, el término antioqueñidad. Lo que ha manejado la antioqueñidad es, en gran medida, una serie de figuraciones obsoletas donde conceptos como raza antioqueña, orgullo antioqueño y viveza antioqueña, proponen una presencia de actitudes poco pertinentes para una convivencia social madura.

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Lo que se ha considerado como una gran colonización –esa épica arriera del tiple, el machete, la camándula, el sombrero, el oro y el café, y sobre la cual se funda una buena parte la antioqueñidad– es, en el fondo, la defensa de una pureza racial inexistente, de un catolicismo enemigo de la libertad de pensamiento y de un avasallamiento sistemático de los colonizados.

Así, subidos en el caballito de batalla de una Antioquia grandiosa, se ha edificado uno de los paradigmas más reprochables de las identidades regionales del país. Una briosa cultura minera, agropecuaria y católica que se transformaría en una briosa cultura industrial y católica, y que terminó metamorfoseándose en una briosa cultura narcoparamilitar y católica. Por ello mismo, no es una blasfemia argüir que el sueño de esa antioqueñidad que plasmó Francisco Antonio Cano en su cuadro Horizontes desembocó en una pesadilla: en enormes cantidades de desplazados que huyen de sus tierras por la violencia; y en muchas propiedades suntuosas, vigiladas por ejércitos privados, que protegen negocios brumosos.

La representación identitaria de una Antioquia que ha sido ajena al respeto por el otro, y que sigue palpitante en muchos antioqueños de hoy, es uno de los grandes obstáculos para lograr una transformación sólida y hallar valores nuevos que permitan identificarnos sin tantas farsas, vacilaciones y torpezas. Otro, igualmente aciago, es la violencia. Una violencia que no es causa sino consecuencia de la desigualdad social en la que los antioqueños desde hace tiempos están sumidos.

Para edificar una Antioquia más justa, habría que incentivar el desarrollo de una convivencia creativa en medio de la diversidad. Una convivencia, tan intensa como cotidiana, que genere actitudes capaces de detener la endémica violencia que ha desfigurado nuestra condición. Pero hay otros problemas que no pueden desdeñarse: el desaforado crecimiento urbano de las ciudades y la consecuente degradación ambiental, la desnutrición y la falta de una eficaz cobertura de salud, la educación deficiente, la marginalidad cada día más desmesurada y el atropello que reciben mujeres y niños, negros e indígenas, las minorías sexuales y los discapacitados.

En verdad, Antioquia en vez de enorgullecerse de su cacareada superioridad, debería sentirse alarmada por el estado crítico en que viven una buena parte de sus habitantes. No nos sigamos mintiendo frente a ese estereotipo cultural que pregona supuestas grandezas donde no hay. Seamos conscientes de que lo que nos ha marcado es, al contrario, una forma estrecha de comprender el mundo. Porque no hay peor obstáculo para acercarse al otro, sea en el departamento o en el país o en el mundo, que padecer ese aislamiento en cuya base solo hay un ahínco asustadizo.

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19 Comentarios

  1. ¿Sueño antioqueño? No hay tal, sino desvelo antioqueño. Con motivo de la tal Feria (odioso altar del ethos traqueto), el Alcalde autorizó discotecas y carnavales etílicos hasta las 6:00 am. Todo en nombre del poderoso caballero, don Dinero. Esta semana, la “gran raza” ostenta unas ojeras pavorosas de las que no se salvan ni los niños de escuela.

    1. Pero se creen la verga estos hijueputas (la belleza del castellano radica en poder expresar en él las cosas clara y traslúcida mediante)

    1. Valiente y sesudo artículo, y de un paisa ! Hay esperanza, por supuesto, aunque suponga u obligue una revolución cultural que además trascienda las fronteras antioqueñas porque la colonización de lo que envilece de aquella “verraquera” palpita no solo en sus vecindades cafeteras.

  2. Luis Germán Sierra J.

    Hola, Pablo.
    Gracias por tu artículo, pertinente y muy bien escrito, cómo siempre, además.
    Plenamente de acuerdo en que es una estupidez de marca mayor la tal antioqueñidad, el tal orgullo paisa. Somos bobalicones y la altivez es otra cosa. Somos negros y mestizos, mayoritariamente. Y asesinos, lo cual es una maldición que nada tiene que ver con lo anterior. Pero para nada los blancos “de bien” (que sí tiene que ver con lo anterior) que se creen los imbéciles de siempre.

  3. Ligia Sánchez Cardona

    Excelente su artículo, pone el dedo en la llaga y muestra la basura que hay debajo del tapete. Me hizo acordar que en mi lejana niñez eran comunes términos como: “es de muy mal tipo”, “negra churrusca”, “caranga resucitada”, “es de mala familia”, negro que no lo hace a la entrada lo hace a la salida”, “negra ni la conciencia”, “cásee con un mono ojiazul para que mejore la raza”, y tantas otras que llenarían este espacio.
    El tema da para mucho, pero no podemos olvidar que hoy tenemos la esperanza del cambio que se vivió el domingo en la Plaza de Bolívar con esa diversidad tan hermosa, algo que yo no había visto en mi larga vida y me hizo llorar de emoción.

  4. La llamada colonización antioqueña, hacen parte del desplazamiento de campesinos sin tierra que rodaron por las montañas en busca de un lugar para vivir, y como su sustento, en principio era la minería, la colonización fue minera, que encontraron el maíz, como cultivo clave para plantar después de tumbar el monte, seguido del café para establecerse en el lugar, que combinado con la minería permitía continuar el proceso, e inclusive fundar poblaciones en lo que fue el viejo Caldas, parte del norte del Tolima y norte del Valle. La llamada región cafetera. Si bien es.cierto fue trabajo duro y entre campesinos, en principio, luego se convirtió en una actividad financiada por empresas antioqueñas que se dedicaron a la tumba, quema, para “civilizar”las zonas boscosas, con los daños ambientales que hoy conocemos, pues la inversión, había que recuperarla y también debía rentar, fue igualmente la presión sobre la población indígena que estaba asentada, la cuál fue obligada a salir de sus lugares habituales de asentamiento, desplazada hacia zonas más altas para preservar la vida y su sustento, huyendo del machete, el hacha, el perro y el caballo, al mejor estilo de los colonizadores españoles que a su paso dejaban muerte, expropiación, sometimiento y desplazamiento al que lograba escapar. La colonización empresarial, puesta en marcha, otrora, continuo su marcha como modelo de ocupación apoyada por el Estado hacia la zona de Carare, Opón para “civilizar” el Magdalena medio, y luego replicarse en los llanos orientales y la región amazónica, bajo un modelo combinado, empresa Estado, que luego se usa para los grandes proyectos como Hidroituango, ahora, a través de la alianzas público privadas, pero de nuevo el modelo colonizador depredador del medio ambiente, despojador de tierras, desplazamiento de indígenas y campesinos. La llamada colonización antioqueña, aún continua su marcha.

  5. Hector S Zuluaga

    Como casi siempre muy acertada crítica por demás constructiva y ojalá “aleccionadora”.Hoy seguimos acabando con los pueblos cercanos a la capital antioqueña en forma de construcción NO planeada y la más de veces no querida; moles de cemento y palomares por doquier. Sin vías, sin parqueos,sin centros educativos, sin seguridad, sin zonas verdes ni recreativas; en conclusión solo por codicia de unos y corrupcion por acción y omisión dé autoridades.
    Sin pensar en El Otro, que es indispensable para conjugar:yo,tu,el,nosotros.

    1. Análisis necesarios para entender quiénes somos,soy caleño y pongo a discusión la idea :el paisa de a pié,es más emprendedor y metelon que el valluno, Mientras el de Antioquia pone una panadería,el valluno quiere verse bonito y bailar la salsa.

      1. Bertha DiazGomez

        Es otro contexto cultural.El valluno es trabajador pero no se mata trabajando, goza la vida!tengo raíces paisas, el Antioqueño es el ENCANTADOR DE SERPIENTES, ARROGANTE y NARCISISTA! El autor no hace referencia a un personaje llamado Pedro Rímales: burletero,avivado y timador. Se burlaba de los Pastusos. Y eso de que son verracos para el trabajo es verdad PERO EN PARTE! Un ejemplo: los santandereanos trabajan muchísimo más pero ellos no alardean en cambio el antioqueño trabaja PERO SE ELEVA EL MISMO: vuelvo al narcisismo! Antioquia ha sido tan miope, que miren el caso Hidroituango. No permitieron dejar trabajar a ingenieros de otros sitios de 🇨🇴Porque no eran Antioqueños! Esa visión en el actual mundo es impensable!

  6. Pablo, excelente artículo. Se muestra una realidad aplicable a toda Colombia y si se quiere, a todo el mundo. Esta cuestión no es solo de geografía, es de humanidad. Estamos acostumbrados a mentirnos siempre y a ver con admiración cómo se adquiere el dinero fácil, de un día para otro. Hace mucho que no valoramos la lucha, el esfuerzo por conocer nuestra historia se ha difuminado en los lenguajes posmodernos que solo apuntan a la violencia política y del narcotráfico sin ver la relación con el pasado.
    Un abrazo y que sigas en estas reflexiones.

  7. A finales del SXIX se trató de instaurar un RACISMO DE ESTADO en el que la élite científica trataba de “demostrar científicamente ” que los negros e indigenas eran inferiores,al blanco y solo aptos para servirles de lacayos o bufones, bailando o divitiéndoles. Se trató, mediante mediciones craneofaciales, de demostrar que eran géneros subdesarrollados apenas en evolución.

  8. Amelia Sanchez Durango

    Que artículo, me quito el sombrero. Nada más patético. Se debería enseñar en los colegios y otros centros educativos. Nos falta más ilustración. Gracias Pablo.

  9. Análisis necesarios para entender quiénes somos,soy caleño y pongo a discusión la idea :el paisa de a pié,es más emprendedor y metelon que el valluno, Mientras el de Antioquia pone una panadería,el valluno quiere verse bonito y bailar la salsa.

    1. Bertha Diazgomez

      Es cuestión cultural.El valluno trabaja pero le gusta divertirse.Tengo raíces paisas pero detesto de esa cultura esa arrogancia’, pedantería y narcisismo que se mandan. A este artículo le falto hacer mención de un personajillo: Pedro Rímales, embaucador, encantador de serpientes, burletero a morir: se burlaba de los pastosos. Les pongo un ejemplo de gente trabajadora la Santandereana, ellos son muy buenos trabajadores pero no hacen alharaca, el paisa es trabajador pero es el mejor vendedor de si mismo, vuelvo al narcisismo!!!

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