El tesón de las mujeres negras y las demencias ajenas

El pasado sábado 25 de julio fue el día de la mujer afrolatina, afrodescendiente y de la diáspora. Se dispuso así en conmemoración del Primer Congreso de Mujeres Negras de Latinoamérica y el Caribe, realizado por esos días en 1992, en República Dominicana.

Allí se abordaron temas como la discriminación racial, la pobreza, la hipersexualización, el sexismo y otras múltiples violencias que sufren de manera diferencial las mujeres negras en este trozo de continente.

Ese mismo día, estaba con mi hija a la entrada de un supermercado esperando que llegara un taxi que nos llevara a casa con los víveres para el almuerzo de conmemoración de esa fecha; cuando de la nada, apareció un hombre y le dijo a ella en tonito despectivo y regañón: ¡Niña! Ayude a su patrona, no la ve toda encartada cargando esas bolsas, y usted hablando por celular ¡Para eso le pagan!

En microsegundos pasaron tres cosas a la vez. El señor se agachó a tomar las bolsas de mis manos, mi hija me miró con el clásico gesto de ‘no entendí nada’ porque estaba por teléfono explicándole al taxista por cuál entrada llegar a recogernos, y yo me quedé estupefacta ante la menos esperada de las violencias racistas que he vivido con ella.

El reloj continuó marcando el tiempo, di un paso al lado para esquivar su ‘ayuda’ y sobre todo para escudar a mi hija, cual leona que se impone ante sus crías para protegerlas de las hienas. Cuando el señor levantó su cara medio desconcertado, lo aplasté con la rabia que brotaba de mis ojos y le dije entre dientes:

Ni patrona, ni niña, ni ni mie… nada (me enredé por la furia).

Ella es mi hija y yo soy su madre (me volví a enredar).

Y así fuera alguien que trabajara conmigo, usted no tiene porque maltratar a nadie simplemente por ser negra o porque ‘le pagan’. ¡No sea racista! ¡No sea clasista, señor!

Casi al tiempo mi hija colgó, el señor se fue y se alborotaron mis pensamientos mientras caminábamos hacia el carro que acababa de llegar: qué olvidé decirle al tipo; por qué no mencioné esto y esto otro; tal vez lo dije de mala manera; no, al revés, debí ser más vehemente; no, no se trata de vehemencia sino de asertividad, hay que ser estratégicos porque la gente lo hace sin ‘mala intención’, el racismo está tan normalizado que la gente no ve que es racista; no, el no tener mala intención no escuda la violencia y hay que sentar posición; pffff ¡qué carajos de mundo le dejo a mi hija!…

¿Qué pasó? No entendí nada. ¿Por qué estaba tan bravo ese señor?, dijo mi hija.

Ayúdame a meter las bolsas en el baúl. Ahorita te cuento, contesté confundida.

La verdad tampoco sabía qué responderle. No es que quisiera ocultarle nada. Todos estos temas los hemos hablado, reflexionado y resistido mil veces. Pero esta vez no quería ‘aguar la fiesta’ de esa cotidianidad feliz que tantas veces se ve truncada en su vida por ser negra. Como me dijo mi esposo una vez que le reclamé por no responderle a un señor que acababa de maltratarlo por ser negro: “si yo respondiera a cada palabra, gesto, acción, omisión o mirada racista a la que me enfrento día a día, no tendría vida y me la pasaría amargado”. Sabias palabras, porque en cambio yo, al no ser negra, no veo empañadas mis rutinas con el vapor espeso y putrefacto del racismo.

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A lo de mi hija podría responder bajo la lógica protectora que en ocasiones nos nubla como madres, en que se anhela que los dolores de los hijos se trasladen a sus padres para que no sufran. En este caso sería algo así como “cuánto daría por ser yo y no ella la que sufre con esas demencias sociales”. Pero no se trata de hacer un trueque de pieles entre ella y yo. El problema no es el tono de piel, el problema es esta sociedad que insiste en asociar lo negro al signo menos. Pero esto no es fortuito, es una construcción social incrustada en un sistema capitalista que se funda en la explotación del otro y que a su vez perfila a ese ‘otro’ como negro, guardando la marca insoportable de la economía colonial: la esclavización. Esa que inventó que la gente negra era salvaje, sin alma, bruta, perezosa, peligrosa, etc., para justificar la supuesta superioridad blanca y por ahí derecho su sometimiento, su comprar y su venta, su maltrato y su abuso.

Esas son las razones estructurales y milenarias por las cuales mucha gente negra en el país y en el mundo se encuentra aún hoy en condiciones de pobreza. No es que ‘no sean capaces de salir adelante’, es que han vivido en un medio que les niega sistemáticamente las posibilidades de buen vivir, condenándolos a las escalas más bajas de una sociedad elitista y excluyente.

De ahí que no sea casual que el señor del supermercado haya confundido a mi hija con una empleada (o ‘criada’ como le faltó decirme) y que se hubiese referido a ella en una actitud tan violenta. La discriminación racial y el racismo son una realidad inocultable que la gente negra de este país vive en múltiples dimensiones y que se mueve en un amplio péndulo que va desde las mayores sutilezas hasta las más profundas agudezas.

Lo que nos acababa de pasar, a muchos les puede parecer ‘menor’ o ‘sutil’, más cuando mi hija es una joven negra privilegiada que no ha tenido que padecer ni la tercera parte de lo que sufren otras mujeres por su color de piel. Pero no, no es sutil y no es menos cuestionable. Cualquier acto racista frente a un ser humano debe ser repudiado y sancionado. Pero sobre todo, debe haber mayor conciencia y acción desde la orilla de trabajo de cada uno de nosotros para que el sistema cambie y la exclusión cese.

Porque dicho sea de paso, aunque el racismo lo vive toda la gente negra, los mujerones de ébano lo padecen el triple: por ser mujeres, por ser negras y por encontrarse en condiciones de pobreza material. Pero en este país las violencias van mucho más allá, sobreponiéndose y transformándose a la sombra del conflicto armado. De esta amalgama maldita no están exentas las mujeres negras, quienes han tenido que sufrir en silencio, y de manera mucho más potente, los dolores de la guerra.

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La racialización del cuerpo de las mujeres negras, los abusos y vulneraciones que han tenido que soportar son de una atrocidad desgarradora. Ese sábado antes de salir al mercado con mi hija, lloraba viendo un video de la Comisión de la Verdad conmemorativo de ese día, en el que una mujer afrocaribeña narraba:

Siempre ha sido la estigmatización de que así como las negras fueron esclavas, como que entonces seguirán siendo esclavas (…) Además de ser utilizadas para lavarles la ropa, para cocinarles a todos los grupos que han pasado por esta comunidad, también han sido mujeres que las han asesinado, que las han masacrado. En 2001, en una tienda que estaba ubicada en San José cerca al cementerio, estaba una mujer con sus hijas. Ellos venían buscando supuestamente al dueño de la tienda y estaba una mujer con sus hijas y ella se encontraba embarazada en ese entonces, y como no consiguieron al señor que estaban buscando, agarraron a la mujer, le rajaron el vientre y le sacaron su criatura, la asesinaron así. Y a la señora que les lavaba la ropa a los de la guerrilla, le pusieron una granada en la boca, delante de sus hijos y la estallaron. A otras mujeres que fueron abusadas, las herraron, y las marcaron con las iniciales del grupo en su trasero como si fueran unas vacas, y eso no ha sido contado.

No estamos de acuerdo con este tipo de violencia, ni con que sigamos siendo utilizadas. Que comencemos a cambiar esta sociedad que nos culpabiliza de lo que nos pasa y que no se da cuenta de que los culpables son las personas que utilizan nuestro cuerpo para satisfacer sus necesidades y hacernos daño”.

Al volver a casa con mi hija, tan solo la abracé y le dije: “Nunca, nunca te vas a sentir culpable de las demencias ajenas. Nunca, nunca te avergüences de la hermosura de tu cuerpo, ni de tu pelo, ni de tu tesón ni de tu fuerza“.

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10 Comentarios

  1. Edilma Isabel Hurtado Cardon

    Excelente reflexion…no solo por que parte de tus vivencias familiares , es producto de tu consecuencia y compromiso con las causas sociales …me emociona recordarte de niña …me emociona confirmar que unos padres tan maravillosos como son Angela y Ramon , trascendieron y lo haran a traves tuyo con sus nietos y los nietos de estos …un abrazo fraternal

  2. Conmovida y desgarrada me siento al leerlo; agradezco a la vida haberme dado el privilegio de tener una familia negra que entre tantas cosas hermosas, me ha dado la
    oportunidad de ser mas sensible y aguda para entender testimonios como este
    Gracias Camila

  3. Cuantos años han pasado de aquella época en que se cometieron tantas atrocidades a partir de tratar a los negros como objetos y aún persisten en algunos seres humanos actitudes, palabras,hechos que dejan ver su resentimiento social. Gracias por tu pluma, por tus reflexiones y se debe cada día enfatizar en el privilegio de ser seres humanos sin ningún tipo de discriminación, adelante Maria Camila

  4. Cada frase tuya, Camila, llega al alma y exige reflexionar frente a tantos actos de injusticia que vivimos a diario. Mil gracias por ese análisis surgido de una de las vivencias que tu familia debe enfrentar por la intolerancia, por la falta de una conciencia social que ya en el siglo XXI debería estar en nuestro ADN. A veces pienso que vamos en reversa…

  5. Rodrigo Collazos

    Sinceras palabras.
    El valor del ser humano es tan inapreciable que si lo comprenderán los que las maltratan , a cambio de esto les harían honores por ser esos medios preciosos por los cuales llegamos al mundo.

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