‘Elevándose’: un libro para entender la dura realidad del cambio climático

Un análisis del más reciente libro de Elizabeth Rush, muy comentado en Estados Unidos, y finalista del premio Pulitzer a no ficción.

Por Hernán Darío Correa

Reseña dedicada a Rafael Colmenares, quien se anticipó al espíritu de este libro, y hubiera gozado mucho con él.

Este libro nos ofrece la intimidad del cambio climático; nos acerca a la ecología política; y pone al alcance de nuestras manos la lucha por el cambio del modo de vida y del sistema social y económico vigentes, que debemos asumir para afrontar los límites que la naturaleza y la justicia social le están marcando de forma cada vez más dramática a la humanidad.

El periódico El Tiempo encabezó una separata el domingo 21 de noviembre de 2021 con el siguiente título: Providencia se transforma. Un aire de optimismo se respira (en las islas) después de un año del paso del Huracán Iota, desoyendo a sus habitantes y resumiendo precisamente lo que no debe hacerse después de una catástrofe como esa, y evidenciando lo que debió hacerse mucho antes para fortalecer a una comunidad que hasta la tragedia supo existir en un vecindario pleno de calidad de vida.

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Como pocos, en este libro encontramos una aguda contestación a las manipulaciones periodísticas y financieras de situaciones críticas como los huracanes, las inundaciones, las devastaciones de los territorios comunitarios, la transformación de los paisajes y de las costas, la desecación de humedales y la destrucción de hábitats de vida silvestre, así como de las respuestas inadecuadas y los absurdos de las políticas de “desarrollo” y “transformación”. Y también los caminos de las búsquedas sociales y científicas de alternativas adaptativas y de cambio.

Por ello este libro es ante todo una batalla, una lucha que empieza por la construcción de una narrativa opuesta al relato dominante sobre el desarrollo; que adapta y ajusta los lenguajes ambientalistas ya gastados después de varias décadas, desde el principio de “leer la tierra”: “En la medida en que crecen las mareas y se vuelven más destructivas las tormentas, los que están expuestos a las inundaciones desde hace años tienen un conocimiento preciso del que carecemos. Ellos, (al contrario del selecto grupo de unos pocos que ha dominado la conversación durante tanto tiempo), saben cómo leer la tierra, y cómo identificar el camino que nos conduzca adelante” (Página 337).

Elevándose, Elizabeth Rush

Hay momentos y fenómenos que ponen a prueba, y en últimas desgarran, nuestra capacidad para llegar a una línea narrativa. El cambio climático se cuenta entre ellos. (…) Tenemos muchísimas noticias sobre este, pero ellas cuentan la historia en forma convencional, induciéndonos a creer que la conclusión es conocida de antemano.  Al describirlo de ese modo le robamos algo de su misterio, de lo que Amitav Ghosh llama ‘improbabilidad’ o ‘extrañeza’; y al hacerlo así, también nos robamos a nosotros mismos la posibilidad de ser transformados, y no solo para mal, por esta fuerza disruptiva” (Página 327). 

Por ello este libro es un diálogo de saberes entre actores diversos y de todos los tiempos, y en las distintas formas de la palabra oral y escrita. Es poesía, crónica, reportaje, prosa científica, reportes de lectura y de noticias, a partir de amplias conversaciones entre grupos y especies diferentes: “Porque al contrario de Descartes, creo que el lenguaje puede acortar la distancia entre los humanos y la intimidad entre las especies, y como resultado, el cuidado entre ellas” (página 41). 

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“Hacer ciencia con asombro y humildad es un poderoso acto de reciprocidad con el mundo más-que-humano; (… es) cruzar la barrera de las especies, de prescindir de nuestra piel humana para vestirnos de plumas o follajes, tratando de conocer a los otros tanto como podemos. (…) Escuchando, volviendo a las arboledas una y otra vez, sintonizándonos con los sonidos que emiten los seres que en nada se parecen a nosotros, empezamos a introducirnos en lo que Thomas Berry, el ecoteólogo católico, llama ‘la gran conversación’ entre los humanos y otras formas de vida. (…) Desde lo alto de la bóveda del bosque capto un filamento de un sonido parecido al de la flauta. ‘¿Es el zorzalito de Swainson?, pregunto, y Bryan asiente con la cabeza. El primer paso para aprender a pensar en aquel zorzalito vagabundo del color de los olivos como uno de mis semejantes, como un miembro de mi tribu dispersa, como una parte de la constelación de los animales, personas y lugares que defiendo con mayor fiereza, es conocer el sonido de su voz. (…) Como tantos otros seres en Andrews, él también pasó por las marismas costeras de California en su viaje hacia al norte, compelido por el deseo de escribir su nombre en el cielo”. (Páginas 260-262).  

Es poesía, crónica, reportaje, prosa científica, reportes de lectura y de noticias, a partir de amplias conversaciones entre grupos y especies diferentes”.

La narración fluye como una conversación de crítica y denuncia cuya claridad se deriva de quienes se alternan con la palabra. “¿Hay alguna cosa única que usted vio y que lo convenció de que el medioambiente estaba cambiando en una forma que iba más allá de lo normal? Como aquel delfín, por ejemplo, ¿cuándo lo vio por última vez? ‘No sé exactamente, me dice rascándose su chivera canosa. Puede haber sido hace unos 15 años, pero usted debe saber que la peor destrucción es la que tiene lugar en nuestras comunidades…’ (Así), he empezado a pensar que aquellos que vivieron en la isla de Jean Charles, y luego decidieron huir, son los primeros refugiados del cambio climático. Hacia el año 2050 habrá 200 millones de personas como ellos en el mundo, y 2 millones serán de aquí, de Luisiana” (Página 65).

Y, por supuesto, también se trata de una investigación, preguntas que se van deshaciendo y rehaciendo en el camino de su autora, quien se interroga: “Si hay un umbral entre arrojarme a mí misma en mi materia de estudio o ahogarme en ella, y si ya crucé esa línea. De noche, irrupciones sin antecedentes de tormentas reacomodan el mobiliario y el linaje de mi familia. La ya trillada noción de que lo que ha sucedido sucederá otra vez, de que no hay en realidad historias nuevas, esta idea se satura de agua y luego se desliza bajo la oscura superficie del mar”. (Página 51). 

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Con ese espíritu y esa capacidad poética, una y otra vez, Elizabeth Rush deambula por áreas protegidas, territorios comunitarios, paisajes de su infancia, universidades, nichos ecológicos, barrios y pequeños pueblos, y zonas urbanas, y abre los ojos desde su atención a lo que ve y a lo que ha leído, conversando con vecinos, poetas, historiadores, ensayistas contemporáneos y clásicos, y hasta con los búhos, y los pájaros: “La aparición del búho me paraliza en el sitio. Sus ojos son tan grandes y redondos como canicas de tirador y tan impenetrables como la obsidiana. Durante todo un minuto ni siquiera parpadea. La inteligencia que aletea debajo de sus suaves plumas es totalmente diferente de la mía. Es una inteligencia que pertenece al viejo entorno del lugar de una manera que desconozco”. (Página 262). 

Dentro de su exitosa búsqueda de nuevos lenguajes para hablar del cambio climático, la autora va confirmando la sospecha de que esa expresión ya ha sido cooptada por quienes solo reciclan sus propios intereses sin importarles el destino progresivo y súbito de esos cambios, justamente porque son desarraigados, sus intereses no tienen terruño ni paisajes distintos a la artificialidad de sus edificios. “Si bien es cierto que Facebook elevó a propósito y cuidadosamente cada una de sus nuevas oficinas para protegerlas de la primera ola de futuras inundaciones, no lo hizo con la mayor parte de sus infraestructuras tal vez porque sospecha que cuando esto se inunde los pagadores de impuestos cubrirán el gasto. Y cuando el ratón de campo que vive en la marisma salada que se encuentra justo al este del parqueadero de la empresa se ahogue, pocos trabajadores de Facebook lo sabrán, porque lo que hacen y lo que son no son factores que dependan de la tierra donde está localizada la compañía; (si esta se traslada), será lo de antes: una plataforma de redes sociales que conecta a sus usuarios globalmente al tiempo que los desconecta del entorno físico donde transcurren sus vidas”. (Página 313-314). 

El viaje avanza redefiniendo términos, analizando –por ejemplo– el concepto de riesgo en los nuevos contextos mundiales, asociado al aseguramiento financiero en el cual “nuestra percepción física y fiscal del riesgo, de la seguridad y de quién la merece, determina cada vez más quién se recupera y dónde”. (Página 207). Y desde esa experiencia, redefine la ausente empatía en esos cálculos, como elemento crucial de lo que viene y ya está en el ambiente: “La empatía no es solo escuchar, es saber que usted no sabe nada”. (Página 208).

La itinerancia periodística y personal de su autora nos lleva de costa a costa de Estados Unidos, mostrándonos la gran curva de la sociedad capitalista, desde sus imaginarios fundacionales hasta el desmantelamiento de sus mitos desarrollistas. Por ejemplo, su desbordamiento sobre las playas del mundo, esos antiguos muladares y zonas peligrosas (ver el libro de Alain Corbin, El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa, 1750-1840, Barcelona, Grijalbo, Biblioteca Mondadori, 1988, que aquí registro con la venia del lector, como una vieja lectura personal a la que me devolvió este cuaderno de viaje de Elizabeth Rush), hasta el necesario retiro de las costas que se ha iniciado en dicho país ante la evidencia de la incontenible subida de las aguas del mar, pasando por los delirios desarrollistas que han rellenado los humedales costeros de hoy, hasta asistir al hundimiento de sus sueños.

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“En 1850, la Ley de Tierras de Pantano pasó en el Congreso. Empezó entonces un frenesí especulativo que les cambió la forma a los humedales de aguas dulces como de mareas a lo largo y ancho del país, pero tal vez ningún lugar fue tan profundamente transformado como el recién establecido estado de Florida, donde 9 millones de hectáreas de marismas, equivalentes al 59 por ciento de la extensión total del Estado, les fueron entregadas a los urbanizadores. Un siglo y medio después, la cuenca única que cubre el sur de Florida con ecosistemas de todas las clases, se han venido reduciendo a menos de la mitad de lo que fue su tamaño inicial”. (Página 128).

“Nadie en el gobierno quiere discutirlo. La gente piensa que si se muda al occidente está a salvo, pero lo que está ocurriendo sucede en todos los Everglades. Asumamos (cálculos conservadores) que hacia finales del siglo el aumento del nivel del mar será algo menos de dos metros… (entonces) quedará muy poca tierra en el sur de la Florida, y lo que quede será como un archipiélago rodeado de ríos y de claros. Todo será pantanoso y no habrá calles. La costa oeste se habrá ido. La playa se habrá ido, (… y) nuestro magnífico clima será tan caliente como el infierno. (… Pero,) ¿qué pasa si usted es una persona pobre? Nadie la ayudará a mudarse. Muchos viven con dos o tres familias adicionales en una misma residencia. Se matan trabajando para obtener una vida mejor, para tratar de volver realidad el sueño americano. ¿Y sabe qué? Su sueño americano se hundirá en el mar”. (Página 146).  

“Dentro de su exitosa búsqueda de nuevos lenguajes para hablar del cambio climático, la autora va confirmando la sospecha de que esa expresión ya ha sido cooptada por quienes solo reciclan sus propios intereses sin importarles el destino progresivo y súbito de esos cambios”.

Como quizá puede verse a esta altura de la reseña, este libro es también una bitácora que sigue los caminos del agua, de su memoria recobrada en cada derrumbe y en cada inundación: “Una buena parte de la relectura de este libro en su traducción en español la hice durante un viaje a Miami. Dos días antes de mi llegada, se había desplomado parte de Champlain Towers, un edificio construido sobre un humedal en la ciudadela Surfside, en el condado de Miami-Dade”. (Página 13); “las marismas, (esas) varillas adivinatorias que señalan dónde habrá más agua en el futuro. Y el futuro, en muchos casos, ya está aquí”. (Página 171).

Por ello es un relato que dialoga con la inteligencia del agua, con su certera recuperación de humedales y lagunas sepultadas, y con la forma como anega territorios enteros cambiando el equilibro de las aguas dulces y saladas que dan vida a los manglares: “Pero luego caigo en cuenta que el agua no discierne. No sabe cuál es la diferencia entre una espátula y un rascacielos, entre un millonario y una persona que repara sus yates”. (Página 134). El agua desbordada que se lleva y devasta la memoria de la infancia, erosiona la poesía, ciega la vida de los abuelos aferrados a sus terruños, deja sin perspectivas a los jóvenes, desplaza a “los primeros refugiados del cambio climático”,  condena a los pobres del mundo a vivir entre las aguas contaminadas por las grandes industrias y los suburbios; tira por la borda de los cálculos económicos la lógica ilusoria de los seguros financieros como supuesta ruta de vida, derrumbando el romanticismo de los paisajes costeros.

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Este libro: una lección de tiempos entrelazados y en tensión máxima, el tiempo geológico y el de la historia; el de la escritura y el de la investigación; el tiempo del pensar y de prescindir de nuestra piel humana, y el de los procesos ecológicos. Un registro de las batallas de las primeras líneas del cambio climático; un cedazo de lucidez cuya palabra se filtra en los sueños de su autora y agita nuestros propios sueños desde la profundidad de sus hallazgos, el cual ridiculiza de hecho la política ambiental oficial en el mundo, devela la inmediatez de los planificadores, cambia los parámetros para percibir y pensar la historia: “El Tanyard ya no parece un humedal, pero actúa como tal”. (Página 190); “pero ahora el cambio climático nos llama la atención, atrayéndonos al borde del agua para que nos preguntemos con asombro y más de un gramo de temor si hay, o incluso si hubo alguna vez, algo que nos separa de nuestro medioambiente”. (Página 329).

Y con todo ello, este libro también revela las bases alternativas hacia el futuro: Toda su tercera parte se titula: Elevándose. Conectando los puntos, donde da cuenta de procesos de adaptación y de búsquedas de recuperaciones sociales y naturales frente a las devastaciones ambientales; y termina con un posfacio titulado Oyendo al borde del agua, hasta dejarnos frente a una suerte de deseo: “Y entonces, tal vez podremos lograr entre todos que ese canto de protesta cada vez más popular se haga cierto: ‘Los mares se están elevando, y nosotros también”. (Página 337).

1 Comentarios

  1. Anhelo que Hernán Darío correa haga un podcast o un programa x You tube y pidamos tener un abre bocas del libro fx ejemplo como.club de lectores del Espectador y necesario que esté libro lo apoye como obsequio de suscripción el Espectador y lo difunda! Un gusto que Luis Alberto Luna me envié está reseña del amigo Hernán Darío Correa

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