La violencia del hombre bueno

Columna de opinión de la filósofa Laura Quintana a propósito de las protestas sociales en Colombia.

En Colombia se han naturalizado ciertas formas de violencia. Y esta normalización está tejida por un sinnúmero de nudos ciegos. Uno de estos nudos tiene que ver con la manera en la que el Estado justifica, una y otra vez, la represión policial de la protesta, al criminalizarla, al hacerla ver como estado de anomia, que amenaza el orden institucional.

Siempre que hay una protesta popular, que adquiera fuerza en Colombia, vuelven -y hoy en día de una manera más cruel y descarada- las mismas estrategias: se militarizan las ciudades, se empieza a hablar en los medios de comunicación corporativos de desmanes de los manifestantes, llega el Esmad; se afirma en tales medios que la protesta ha quedado empañada por el vandalismo, aumenta la represión policial, se difunde la sensación de caos, se producen discursos gubernamentales, llamando a la necesidad de seguridad; las voces liberales piden mesura.

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Y se habla de desabastecimiento, de las dificultades de los ciudadanos de bien para seguir con sus vidas; se divide la protesta entre aquella buena (pacífica) y aquella mala (violenta); se conmina a evitar la violencia generalizada, se planean concertaciones nacionales con aquellos que enfáticamente se oponen a toda violencia, e insisten en el camino del progreso y la esperanza.

Siempre que hay una protesta popular, que adquiera fuerza en Colombia, vuelven -y hoy en día de una manera más cruel y descarada- las mismas estrategias

Se vuelve a la “normalidad”. A la normalidad de una inequidad que ha crecido a niveles inverosímiles, a la normalidad de las decisiones de expertos que deciden sobre la suerte de millones de vidas, con total desconexión respecto de sus voces y realidades; a la normalidad del asesinato de quienes intentan cambiar el estado de cosas.

Por ejemplo, líderes sociales que denuncian formas de “vaciamiento territorial”, que han favorecido intereses corporativos y grandes terratenientes, vinculados con fuerzas oscuras (mafiosas y para-estatales); unas fuerzas que, con su enorme poder económico, han coaptado la política nacional.

Así el orden institucional que se defiende y se proclama, una y otra vez, es uno que se ha fusionado con diversos intereses para-estatales y privados, y ha reproducido múltiples inequidades; sobre todo contra aquellos que han sido históricamente fragilizados y violentados: negrxs, indígenas, y personas cada vez más precarizadas por decisiones económicas, que han beneficiado tendencialmente los intereses de unos pocos.

El hombre de bien no quiere tener nada que ver con estas fuerzas oscuras, ni con el vínculo entre legalidad e ilegalidad que ha sostenido, por mucho tiempo, el orden institucional en Colombia.

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Él se define como un hombre moral, sereno, civilizado, ve con conmiseración a la gente cuando hace valer su descontento; llama a la compasión, le advierte que no ha de convertirse en turba enardecida, le exige actuar con no-violencia; le habla paternalmente, incluso la infantiliza.

Pero en este tono hay mucho desprecio por el ciudadano del común, y un deseo de dejar de lado la complejidad del conflicto, sus zonas grises, y su irreductibilidad.

Así, este buen hombre termina haciéndole el juego a las fuerzas oscuras. Él también contribuye a la reiteración del estado de normalidad

El hombre de bien no quiere ver las evidentes disimetrías que hay en las formas de violencia: que no es comparable atacar un CAI por parte de civiles, que usar la fuerza del Estado para reprimir el descontento social; desprecia la rabia porque separa entre buenos y malos afectos, no es capaz de oír en el enardecimiento la expresión de injusticias sedimentadas, y sus posibles elaboraciones políticas.

Lo identifica como algo irracional, de bárbaros. Y él entonces también empieza a identificar el peligro del vándalo por doquier. Llama al orden, al orden dado.

Así, este buen hombre termina haciéndole el juego a las fuerzas oscuras. Él también contribuye a la reiteración del estado de normalidad; al llamado a una esperanza excluyente, que sigue dejando en la desesperanza a la mayoría.

Por eso, romper uno de los nudos ciegos supone también dejar de lado el moralismo dicotómico y autocomplaciente que ha contribuido a la más cruel repetición de lo mismo.

14 Comentarios

  1. Excelente radiografia del momento actual.
    Es curioso, el ‘buen hombre ‘ es el creado en su acomodamoento de clase media por el estado. Y ahora que se le pretende disminuir en su acomodo no dice nada o si dice pide volver a la normalidad. Quiere seguir calentando su sillón de la indiferencia.

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