20 de julio: la bomba que hubiera adelantado el fin de la II Guerra Mundial

El jueves 20 de julio de 1944, mientras revisaban los movimientos de sus tropas sobre el montón de mapas de una guerra que hace mucho tiempo tenían perdida, Adolf Hitler estuvo a punto de morir. El hecho, planeado por Claus von Stauffenberg, es uno de los intentos de magnicidio más famosos y decisivos de la historia.

Por Matías Afanador Laverde

El mártir Claus von Stauffenberg

El aristócrata y militar suabo Claus von Stauffenberg organizó la intentona. Era un héroe de guerra que había perdido el ojo derecho, dos dedos y una mano en África el año anterior. Poco a poco llegó al círculo íntimo del paranoico Führer. Cercanía que le facilitó depositar en la guarida del lobo (el impenetrable cuartel general) un maletín con cerca de un kilogramo de explosivo para asesinar a Hitler.

En la conspiración del coronel Von Stauffenberg había cerca de 500 aristócratas que deseaban la instauración de la monarquía. A todos ellos les preocupaban los crímenes del demagogo y la irremediable destrucción hacia la que se dirigía Alemania. Creían que el país germano no podría soportar el desembarco de los ejércitos angloamericanos en las playas de Normandía, el 6 de junio de aquel año y la Ofensiva Bagration lanzada por la Unión Soviética. La idea era deshacerse del Führer para poder negociar una ventajosa rendición.

En los cinco años anteriores, Hitler había sufrido numerosos intentos de asesinato. Lo que diferenció a la llamada Operación Valkiria de sus predecesoras fue el nivel de implicación del personal de las fuerzas armadas. Von Stauffenberg conoció el plan tras su nombramiento como oficial de enlace entre el cuartel general del Führer y la central de mando del ejército de reserva dirigida por el general Friedrich Fromm. Este último tuvo conocimiento de las intenciones golpistas sin involucrarse activamente, pero desempeñó un triste papel en el fracaso del movimiento.

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Los conspiradores

El intrépido conde, que a inicios de 1944 contaba con el respaldo de importantes figuras como Ludwig Beck (exjefe  del estado mayor de las fuerzas armadas, despedido por Hitler en 1938) y Carl Friedrich Goerdeler (alcalde de la ciudad de Leipzig), transmitió su conocimiento del plan de contingencia nazi al resto de los implicados. De mutuo acuerdo los conspiradores eligieron el 20 de julio para ejecutar el plan.

El éxito del operativo dependía de la reacción del ejército ante la noticia de la desaparición física del dictador. Para no desviarse mucho de lo dispuesto en la versión original de Valkiria, los golpistas debían convencer a la tropa de que estaban luchando por preservar el régimen y no por destruirlo.

Stauffenberg y sus hombres se encontraron en apuros desde el primer momento. Sus mutilaciones sufridas en la guerra de África le impidieron preparar adecuadamente el segundo bloque de explosivo plástico que debía llevar a la reunión con el jefe de Estado y sus generales.

Además, el encuentro fue trasladado a una casita con amplia ventilación dentro del complejo militar de la guarida del lobo, debido a las altas temperaturas de aquella tarde en el búnker subterráneo de hormigón. Probablemente la onda expansiva de la bomba hubiera matado a todos los presentes si hubiera estallado en el búnker.

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El atentado

Stauffenberg logró depositar la bomba a menos de dos metros de distancia del dictador. Posteriormente se excusó para abandonar la conferencia a las 12:30. Doce minutos más tarde, explotó y mató a cuatro hombres e hirió a otros 20. Entre las 13:00 y las 16:00 horas se desató un caos en los escombros del recinto. Con los tímpanos rotos y algunas quemaduras de primer y segundo grado, Hitler sobrevivió.

En ese mismo intervalo, el conde regresó a Berlín. Con ayuda de Beck y los generales Erwin von Witzleben y Friedrich Olbricht intentó obligar al comandante del ejército de reserva a poner en marcha la primera fase de Valkiria, sin saber que Hitler seguía vivo. El plan era arrestar a Martin Bormann, Heinrich Himmler, Joseph Goebbels y otros altos mandos del partido y las SS.

El general Fromm se apartó de los conspiradores porque no recibido confirmación de la muerte del dictador. Sin embargo, al constatar la verdadera naturaleza del golpe militar, protestó airadamente mientras era encerrado en un armario por soldados leales a Stauffenberg. Antes de ser capturado, Fromm alcanzó a contactarse con los cuarteles de Hitler y supo que el Führer continuaba con vida.

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Continuar pese al fracaso

El fracaso del principal objetivo alarmó a los golpistas, pero ellos continuaron con el plan con la esperanza de que la difusión de las noticias de lo sucedido en la guarida del lobo se retrasara lo suficiente como para impedir la reacción de los elementos leales al partido nazi. Stauffenberg se rehusó a creer que su bomba había fallado. Durante varias horas ordenó la difusión de mensajes contradictorios a la opinión pública germana. Por la radio confirmaban la muerte del dictador y al rato la desmentían. Mientras tanto, en el cuartel general, se preparaba una respuesta al atentado.

La euforia de los conspiradores no duró mucho. Si bien lograron tomar el control de algunos puntos estratégicos y detener a un gran número de oficiales leales a Hitler en Praga, Viena, París y Berlín, la conspiración quedó herida de muerte cuando alrededor de las 19:00 horas el general Wilhelm Keitel restableció por completo las comunicaciones entre la guarida del lobo y la capital. Difundió la noticia de la supervivencia del dictador e instó a los oficiales del ejército a desobedecer a los militares rebeldes y jurar lealtad al líder nazi.

Mientras se disponía a arrestar a Goebbels el mayor Otto Ernst Remer se comunicó por teléfono con Hitler. De manera hábil, el ministro de propaganda logró convenció a Remer de su error y le sugirió seguir las órdenes del Führer. Poco después de las 22:00 horas, los cuarteles de la reserva fueron rodeados por tropas leales al régimen y liberaron Fromm. Con plenos poderes sobre el consejo de guerra extraordinario, él condenó a muerte a Stauffenberg, Olbricht, Beck y a los otros implicados. Aun así, no evitó su fusilamiento en marzo de 1945, cuando se comprobó que no denunció el plan del que tenía conocimiento antes del 20 de julio.

La contraofensiva

En la noche, todos los oficiales leales al Führer detenidos estaban libres y Himmler viajaba a la capital para supervisar las represalias contra los implicados de menor rango. Hacia la 1:00 del 21 de julio, Hitler se dirigió por radio al público alemán. Denunció el atentado y atribuyó su salvación a la providencia. Según él, el destino le impulsaba a continuar su misión como líder supremo del pueblo germano.

En el transcurso de las semanas siguientes, el alcalde Goerdeler, el general Von Witzleben y otros implicados civiles y militares de menor rango fueron detenidos, ejecutados o entregados al llamado tribunal del pueblo, dirigido por el salvaje juez Roland Freisler. Antes de leer las sentencias, él se deleitaba con grotescos actos de humillación pública contra los acusados.

Hasta el derrumbe del nazismo en abril de 1945, la justicia germana vinculó a cerca de 7.000 personas con la conspiración. La mayoría no sobrevivió a la guerra. Los fusilamientos, guillotinamientos y ahorcamientos con cuerdas de piano mostraban la desesperación de un régimen moribundo, capaz de llevar hasta las últimas consecuencias su promesa de no permitir una nueva traición.

Hoy en día, el ejército federal alemán rinde homenaje a la memoria del conde Von Stauffenberg y sus allegados. Los conspiradores son considerados mártires que sacrificaron sus vidas para intentar derrocar uno de los regímenes más brutales del siglo XX.

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