A 200 años de la muerte de Napoleón: entre la historia y el mito

Por: Matías Afanador / Especial Diario Criterio

La corta pero infatigable existencia de Napoleón Bonaparte es un fenómeno histórico irrepetible que continúa fascinando y dando de qué hablar 200 años después de su muerte.

En vida, el filósofo escocés Thomas Carlyle lo consideró la encarnación máxima de su teoría del gran hombre o héroe. En su opinión, el emperador había reducido el devenir de la historia y utilizado su inteligencia y carisma para moldear los acontecimientos e imprimir un sello personal a su época. Esa genialidad le garantizaba un lugar en la memoria colectiva de las generaciones venideras. Sin embargo, otros pensadores, como Herbert Spencer, se opondrían a las tesis de Caryle y defenderían la idea de que los grandes hombres no eran más que un producto de su sociedad.

Hijo de su época

No cabe duda de que la vida del ‘gran corso’puede encuadrarse mucho mejor dentro de este último marco analítico. Su meteórico ascenso y su estrepitosa caída son difíciles de imaginar sin tener en cuenta el contexto sociopolítico de una revolución que sacudió los milenarios cimientos de la sociedad europea del antiguo régimen y abrió las puertas del poder a un personaje de enormes talentos.

Napoleón era hijo de su época y la revolución le dio la oportunidad de ascenso social. En las condiciones del antiguo régimen que él vio caer, seguramente, por su condición social, se hubiera limitado a asumir funciones burocráticas o militares de nivel medio-bajo.

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El legado de Bonaparte divide por igual a europeos y americanos. Los españoles le recordarán como el hombre que dio la estocada final a su centenario imperio, los alemanes como el enemigo que más contribuyó al nacimiento de su conciencia e identidad nacional y los haitianos como el tirano que, con la enmienda al código civil francés del 20 de mayo de 1802, restableció la esclavitud que los franceses habían abolido de sus colonias en 1794.

Hablamos de un hombre salido de la nada que, a pesar de su carácter autoritario promovió a artistas e intelectuales de la talla de Jacques Louis David y Johann Wolfgang von Goethe. Ordenó el primer código legal de la era moderna (que sigue fungiendo de base para las legislaciones de gran parte del mundo occidental). El llamado Código Napoleónico llevó al resto de Europa algunos principios clave de la revolución de 1789 que cambiarían para siempre la forma de hacer la guerra y la paz.

Su isla natal

Para entender a Napoleón hay que dejar a un lado los años dorados de su carrera político-militar, y remontarse a sus orígenes familiares. Su infancia y primeros años transcurrieron en la provinciana isla de Córcega, que tan solo unos meses antes de su nacimiento había sido vendida por la república de Génova al rey Luis XV de Francia.

Durante años, la clase dirigente de la isla (a la que pertenecían los padres del joven Bonaparte) resistió violentamente a la nueva administración. Llevaron a sus habitantes a sufrir cruentas masacres y varios periodos de administración militar. Así pues, el futuro amo de Europa crecería lamentando enormemente la opresión que sufría su pueblo a manos del país galo, y odiando a la nación que él mismo llegaría a gobernar en su vida adulta.

La inestabilidad de Córcega tuvo graves consecuencias sobre la situación fiscal de la familia Bonaparte. Con el tiempo, el padre del futuro emperador cambió de bando y apoyó los deseos de los conquistadores franceses. Una jugada que le permitió hacerse a fondos y mercedes de la corte de Versalles. Por gracia de la monarquía su hijo obtuvo una beca en la prestigiosa academia militar de Brienne-le-Château. Allí llegó él con apenas diez años de edad y sin dominar fluidamente el idioma francés.

El militar

Rápidamente se destacó por su excepcional talento en matemáticas, física e ingeniería y obtuvo calificaciones perfectas en todas las pruebas de ingreso al cuerpo real de artilleros. Su origen provinciano y extranjero  lo hizo presa de abusos físicos y psicológicos por parte de profesores y compañeros.

En Brienne formó una enorme obsesión por el trabajo, una inseguridad interna traducida en la necesidad compulsiva de probarse a sí mismo con retos de cada vez mayor calibre. En esos años también desarrolló el deseo de seguir la estela de Alejandro Magno y Julio César, cuyos logros políticos y militares aprendió a recitar de memoria.

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La carrera militar más dilatada de la historia comenzaría casi por casualidad a finales de 1793. Momento en el que el Gobierno revolucionario francés vivía su mayor crisis económica y política. La revolución había dejado un maltrecho ejército, una escasez de oficiales que hacía imposible enfrentarse a la coalición de potencias extranjeras que buscaban su caída.

Rumbo a la grandeza

En este contexto, Antoine Saliceti, un diputado corso de la Asamblea Nacional, sugeriría la promoción de un todavía desconocido Bonaparte. Con 24 años recién cumplidos, tomaría el mando del ejército destinado a recuperar el importante puerto de Tolón, ocupado por las fuerzas contrarrevolucionarias de Inglaterra y España.

La victoria del novato militar le valió el ascenso que hizo de Bonaparte el general más joven de Europa hasta el siglo XX. Comenzó así el camino que lo llevó a ser cónsul vitalicio de la república francesa en 1802 y emperador a partir de 1804.

Con todo el poder concentrado en sus manos, condujo a Europa al conflicto más devastador hasta el estallido de las guerras mundiales. Con su legendaria Grande Armeé venció a sus enemigos y amplió el imperio francés como nunca en la historia. Sin embargo, su arrogancia le pasó cuenta de cobro y en las nevadas estepas de Rusia, en los pantanosos campos de Waterloo, sus enemigos lo derrotaron y enviaron al exilio donde moriría en apenas seis años.

Un juicio

¿Cómo entender que Napoleón destruyera el primer experimento democrático de la Europa moderna mientras al mismo tiempo desmantelaba los cimientos feudales del antiguo régimen y difundía el ideario de libertad, igualdad y fraternidad? ¿Cómo responder sin caer en las clásicas comparaciones con Hitler, o en las descontextualizaciones históricas que pretenden juzgar sus acciones desde el prisma moral y ético del siglo XXI?

La respuesta puede variar de observador en observador, sin embargo, es posible partir de dos nociones básicas. La planteada por Spencer sobre los grandes hombres como producto de sus sociedades y la del historiador Andrew Roberts. Este último, en su monumental biografía del militar corso le define como “el soplo de vida más poderoso que agitara jamás el barro humano, un individuo irrepetible que mediante una extraña combinación de las mayores fuerzas creativas y destructivas implícitas en la naturaleza humana nos demuestra todo lo que para bien y para mal puede alcanzar una pequeña criatura como nosotros”.

12 Comentarios

  1. Luis Humberto Crosthwaite

    Recuerdo haber estado obsesionado con Napoleón durante mi juventud y haber leído la célebre biografía de Emil Ludwig. La leí como un libro de aventuras y me emocionaba pensar que haya sido real un personajes como él. Al paso del tiempo, se ha acomodado en mi memoria y ya no lo veo con la misma ilusión. Fue un gran hombre y a la vez un tirano, lleno de virtudes y defectos como cualquiera de nosotros. En Francia no saben qué hacer con su memoria, es un personaje incómodo. Para mí es un recuerdo de adolescencia.

  2. Excelente nota crítica sobre Napoleón. Nos permite acercarnos al personaje gracias al estudio realizado y es así como plasma en este producto el resultado de su comprensión y análisis en su época y legado. Así se aprende la historia sobre estos personajes…que cerebro el de este joven… lo heredado no se hurta…Estaremos atentos a la próxima…

  3. Esperanza Cardona Toro

    No puedo leer estos artículos escritos por Matías sin sentir una gran admiración por la claridad con la que escribe y la profundidad que alcanza! Una mente brillante, sin ninguna duda.