Independencia: Barreiro y el fracaso del ejército realista

El historiador Matías Afanador Laverde narra las malas decisiones del coronel José María Barreiro que llevaron a la derrota del ejército realista durante las guerras de independencia.

A inicios de 1819, la guerra por la independencia de la Nueva Granada parecía llegar a un empate táctico. El año anterior, el general Pablo Morillo había frenado el avance de las fuerzas de Bolívar sobre Caracas en la Batalla de La Puerta. Aunque recibió una herida de gravedad en el pecho, logró que los ejércitos independentistas se retiraran a los extensos llanos de Venezuela.

En Madrid había una gran preocupación por el devenir de los acontecimientos en ultramar. Pese a la grave situación del erario, Fernando VII barajaba toda clase de medidas para socorrer a los realistas que desesperadamente luchaban en América. Sin embargo, la Nueva Granada había pasado a un plano secundario desde la llegada de Morillo en 1815.

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La marcha sobre la Nueva Granada

Los realistas en tierras neogranadinas asumieron el abandono metropolitano y se las arreglaron con las fuerzas que el general Morillo había dejado al virrey Juan Sámano y a los oficiales José María Barreiro, Basilio García y Sebastián de la Calzada, antes de partir a Venezuela en 1817.

Simón Bolívar y los demás líderes separatistas, que se habían reunido en el congreso de Angostura en febrero de 1819 para crear una “república colombiana” que abarcase la totalidad de los antiguos territorios del virreinato neogranadino hasta la jurisdicción de la audiencia de Quito, abogaron por un cambio de rumbo en las operaciones militares.

Los altos mandos independentistas eran conscientes de no poseer la fuerza necesaria para asaltar los grandes centros urbanos dominados por los españoles. Entendieron que las fuerzas realistas tampoco podían adentrarse en lo profundo de los llanos para perseguirlos.

Así, Bolívar propuso renunciar temporalmente a controlar Venezuela y arriesgarse a invadir la Nueva Granada. De tener éxito, las incólumes tierras neogranadinas, que no habían sufrido la devastación de Venezuela, garantizarían la financiación de la guerra independentista a mediano plazo.

A finales de mayo de 1819, tras minuciosos preparativos que incluyeron la recepción de suministros y voluntarios de la Gran Bretaña al mando del coronel James Rooke, Bolívar entró en tierras granadinas. Al frente de un ejército conformado por entre 1000 y 1200 efectivos, cruzó el río Arauca. Allí lo esperaba el general Francisco de Paula Santander, quien había reorganizado a las dispersas guerrillas independentistas del llano neogranadino y las convirtió en una fuerza funcional de entre 1400 y 1600 hombres.

Barreiro y el cruce por los Andes

Los ejércitos anduvieron bajo inclementes condiciones invernales hasta alcanzar las poblaciones de Pore y Paya donde tuvieron la primera escaramuza con el ejército del rey. El preludio al cruce de las cumbres andinas ocurrió en los alrededores del fortín que los españoles habían construido para proteger los accesos a la cordillera, tras la insurrección comunera de 1781.

Derrotado el pequeño reducto realista, en la tarde del día 28, las tropas independentistas comenzaron el ascenso a la cordillera. El cruce por el páramo dejó una estela de 300 hombres del llano venezolano muertos. Fallecieron por falta del equipo para resistir las bajas temperaturas.

El 7 de julio, los sobrevivientes llegaron a la población de Socha. El desgaste y debilidad por el cruce de la montaña quedó registrado en un comentario de Daniel Florence O’leary, el edecán irlandés de Bolívar: ˝Solo 100 hombres del ejército real habrían bastado para acabar con nuestra fuerza durante los momentos inmediatamente posteriores al descenso del páramo”. Los lugareños de la población boyacense los entendieron con comida, ropa y caballos y luego de cinco días de descanso continuaron la larga marcha.

En esas circunstancias, el coronel Barreiro tenía una ventaja para derrotar a los independentistas, pero no la aprovechó. La noticia de que los independentistas habían logrado un cruce por los Andes que todos creían imposible lo dejó anonadado y no tuvo más remedio que organizar ofensiva de última hora. Partió apresuradamente del cuartel general de Tunja con entre 1800 y 2500 hombres para atacar a las avanzadillas del reorganizado ejército de Bolívar en la población de Corrales.

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La derrota definitiva

Allí, consiguió un triunfo menor, pero la debilidad de su caballería y el deplorable estado de su escasa artillería le impidieron montar una persecución contra el enemigo que poco a poco se recuperó del trauma de Pisba. En especial, la caballería llanera del coronel Juan José Rondón, que dos años antes había desertado de las filas realistas en Venezuela.

Al día siguiente ocurrió una nueva escaramuza en Gámeza donde Barreiro esperaba detener la marcha de los independentistas sobre la ciudad de Tunja. En un principio consiguió su objetivo, pero Bolívar buscó una ruta alterna por el valle de Cerinza que lo condujo al Pantano de Vargas. Allí, el 25 de julio se llevó a cabo una batalla definitiva.

Mucho se ha especulado sobre las razones por las que Barreiro desaprovechó la ventaja frente al debilitado ejército de Bolívar. Cabe destacar que el coronel gaditano, de 25 años, acumulaba poca experiencia militar desde su llegada de España con la gran expedición de Morillo. Aun así, se negó a ceder el mando de sus fuerzas cuando el virrey Sámano intentó reemplazarlo por Sebastián de la Calzada, un militar más competente.

Las ansias de gloria del joven oficial repercutieron en el triunfo final de la causa independentista. Incapaz de contener la desesperada maniobra de los llaneros de Rondón, en un momento en que los realistas tenían la ventaja en la batalla del pantano, cometió el error de evacuar la ciudad de Tunja para reorganizar sus fuerzas.

Barreiro se retiró de forma más o menos ordenada, gracias a la fuerte lluvia que impidió a la ágil caballería patriota continuar con la persecución. Entretanto, Bolívar reclutó 800 nuevos soldados al ejército rebelde y se tomó a Tunja el 5 de agosto. Hechos que sellaron el fracaso del militar español.

Cortada toda comunicación con el cuartel de Sámano en Santafé, el coronel reorganizó sus exiguas fuerzas en un desesperado intento por impedir el avance final de los independentistas sobre la capital del virreinato. La batalla del puente de Boyacá fue en realidad un lacónico combate de poco más de dos horas de duración. En la tarde del día 7, los desmoralizados combatientes ofrecieron una resistencia simbólica para luego tirar las armas.

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El fin de Barreiro

La defensa de Barreiro fue un desastre. Desde su primer enfrentamiento con los insurgentes en Corrales, Barreiro perdió entre 500 y 700 hombres en combate y 1600, incluido él, fueron hechos prisioneros.

En la madrugada del 8 al 9 de agosto, el virrey recibió noticias de la catástrofe definitiva. Se encontraba reunido con la Real Audiencia para discutir la mejor manera de afrontar los preocupantes rumores que llegaban del norte. Sin más remedio, huyó a Honda rumbo a Cartagena de Indias. El 10 agosto Bolívar entró triunfal a Santafé.

El desdichado y mediocre Barreiro pasó poco tiempo en la cárcel. Después de que Bolívar regresara a Venezuela para supervisar la continuación de la guerra, el recién nombrado vicepresidente Santander ordenó fusilar al andaluz junto con otros 34 oficiales de la corona, pese a que a la alta sociedad santafereña (cuyas integrantes femeninas recaudaron donaciones para garantizar la comodidad del coronel durante su estancia en prisión) pidió clemencia ya que Bolívar ordenó mantener vivos a los prisioneros para un futuro intercambio con el huidizo Sámano.

Barreiro enfrentó con entereza sus últimos momentos. Y se despidió de esta tierra con un escueto “¡Viva España!”. Santander, que supervisaba las ejecuciones desde un balcón, ordenó fusilar a un tendero realista que en medio del ajusticiamiento protestó e insultó a los independentistas. Era uno de los episodios finales de la “guerra a muerte” que ambos bandos libraban desde 1813 y que concluyó con el armisticio que Bolívar y Morillo firmaron en noviembre de 1820.

Por Matías Afanador.

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