La batalla de Waterloo: el ocaso de un sueño imperial

A 206 años de la batalla que marcó el final del imperio de Napoleón Bonaparte y el ascenso de Inglaterra como potencia mundial, el historiador Matías Afanador explica por qué este hito cambió el rumbo del planeta.

En la mañana del 18 de junio de 1815, cerca de las pequeñas poblaciones belgas de Braine-l’Alleud y Plancenoit, el emperador francés Napoleón Bonaparte se preparaba para el enfrentamiento que definiría su futuro y el del continente. Tras su espectacular escape de la isla italiana de Elba, donde había sido exiliado por las potencias europeas del Ancien Régime, Bonaparte había retomado el poder de Francia y estaba dispuesto a recuperar su dominio imperial.

Tal fue el entusiasmo suscitado por el inesperado regreso de Napoleón, que, a inicios de marzo de 1815, cuando se encontraba a medio camino entre Elba y París, soldados leales al régimen borbónico se negaron a disparar al antiguo emperador.

La reacción internacional al regreso del “pequeño corso” no se hizo esperar. En pocas semanas sus viejos enemigos rusos, austriacos, ingleses y prusianos movilizaron una fuerza militar conjunta de casi 850.000 hombres. Sin embargo, esta séptima coalición no se encontraba aún en condiciones de actuar coordinadamente contra los 250.000 hombres del emperador galo.

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A finales de mayo de 1815, el emperador dejó París y se puso al frente de sus ejércitos. Marchando hacia el norte a enfrentar a la gran coalición, decidido a destruirla antes de que lograra concentrar la totalidad de sus superiores fuerzas en el territorio del entonces Reino Unido de los Países Bajos.

El corso no gozaba de buena salud. Las altas dosis de láudano suministradas para reducir el dolor físico de las hemorroides y la cistitis que padecía perjudicaron su mando en campo. Mucho se ha especulado sobre la forma en que su supuesta imposibilidad para cabalgar entre las primeras líneas francesas pudo complicar la ya precaria situación del ejército francés en aquel verano de 1815.

Movimientos estratégicos definitivos

Para que su estrategia diera resultados, Napoleón debía recurrir a la guerra ofensiva, con veloces maniobras que le permitieran abordar a sus enemigos por separado. Su plan debía concentrarse en evitar la unión de los ejércitos del inglés Arthur Wellesley y el prusiano Gebhard Von Blücher.

Bonaparte venció al aislado ejército del mariscal Von Blücher en la batalla de Ligny el 16 de junio. El triunfo francés alarmó a la coalición. A pesar de este éxito inicial, el emperador fue incapaz de envolver completamente a los germanos e impedir la retirada ordenada de sus tropas. Falla que puso la balanza en su contra durante la decisiva batalla que tendría lugar dos días más tarde.

Tras lo ocurrido en Ligny, Bonaparte tuvo que dividir sus fuerzas. Ordenó al general Emanuel de Grouchy que siguiera de cerca al ejército prusiano, para distraerlo y entorpecer su comunicación con el resto de las fuerzas de la coalición al mando del inglés Arthur Wellesley. Grouchy no pudo distraer a los prusianos y permitió que una de sus divisiones de reserva se reuniera de nuevo con el grueso del ejército del mariscal Von Blücher.

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El día de Waterloo

El domingo 18, un fuerte aguacero retrasó el despliegue de las piezas de artillería francesas y el inicio de su asalto principal. Pero una vez amainó comenzó la batalla más importante que el Viejo Continente había visto en siglos.

El general inglés Wellesley, vencedor de los ejércitos napoleónicos en España, asumió una actitud defensiva mientras esperaba la llegada del ejército prusiano. A pesar de haber derrotado a los ejércitos franceses en la península ibérica, Wellesley nunca había enfrentado al propio emperador, por lo que no escatimó en precauciones.

El duque británico distribuyó su ejército en tres posiciones defensivas estratégicas establecidas para mantener el control de las carreteras que el ejército francés podía utilizar en tránsito a Bruselas, ciudad a la que apenas separaban 20 kilómetros del escenario de la batalla.

Por su parte, Napoleón comenzó el ataque con un avance de la infantería francesa sobre una de las tres posiciones, seguido de un fuerte bombardeo de artillería sobre las posiciones centrales del ejército británico. El ataque inicial de la infantería francesa fue rechazado.

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Después de este impase, Napoleón pasó a concentrar todos sus esfuerzos sobre la posición central del ejército británico en La Haye Sainte, con sucesivas cargas de la caballería pesada francesa. El ataque tuvo un altísimo coste humano pero se logró la captura de las posiciones británicas en este punto del campo de batalla.

La caída de La Haye Sainte auguraba un triunfo a Napoleón. Sin embargo, en ese momento hizo su inesperada aparición el ejército prusiano, que había logrado evadir a las fuerzas del mariscal Grouchy y puso bajo grave amenaza las posiciones de la retaguardia francesa.

La llegada de la caballería prusiana al mando del general Vön Blücher asustó a los franceses, y todo su frente comenzó a desmoronarse en una espectacular maniobra de flanqueo de la que hombres y caballos intentaban escapar desordenadamente.

Vencer o morir

Las unidades más veteranas de la Viellie Garde fueron las últimas en caer en las cercanías de la granja de La Haye Sainte al final de la tarde. El comandante Pierre Cambron no se rindió ante un representante del general Wellesley bajo el grito de “La guardia muere, pero no se rinde”. Al caer la noche, ambos bandos habrían sufrido cerca de 60.000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos.

Cuadro de Louis Dumoulin sobre la batalla de Waterloo.
Cuadro de Louis Dumoulin sobre la batalla de Waterloo.

Bonaparte escapó del campo de batalla protegido por los supervivientes de su guardia imperial, que no pudieron evitar que el ejército británico capturara un carruaje con su correspondencia privada, así como también a su caballo Marengo. Al llegar a París, todos sus esfuerzos para organizar una resistencia irregular a la inminente invasión aliada resultaron fútiles. Tras conocerse las noticias de la catástrofe, el senado imperial había votado abrumadoramente a favor de deponerlo como monarca.

El 8 de julio, el antiguo rey Luis XVIII regresó a la capital francesa para ser restaurado en su trono. El emperador corso se entregó como prisionero de guerra a bordo del navío británico HMS Bellerophon. El general moriría seis años más tarde, enterrado en el doloroso exilio de la isla atlántica de Santa Helena, y lamentando las decisiones tomadas en Waterloo hasta su último aliento. En 1840, sus restos serían repatriados a Francia, siendo objeto de unas honras fúnebres a las que asistieron cerca de un millón de personas en las frías calles de la capital.

¿Una victoria inglesa?

Es cierto que Napoleón pudo ganar en Waterloo, pero de hacerlo habría tenido que enfrentar la posterior invasión de Francia por una coalición internacional que le habría superado numéricamente en una proporción de casi 4 a 1.

Como curiosidad histórica cabe mencionar que cerca del 65 % del ejército dirigido por el general Wellesley estaba compuesto por tropas de procedencia alemana y neerlandesa que esperaban la llegada de los prusianos. Sin embargo, Waterloo ha pasado a la historia como un triunfo británico y como el punto de partida de la hegemonía mundial hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Hoy en día, la Butte du Lion, mayor monumento conmemorativo en el antiguo campo de batalla, sigue recordando el acontecimiento como una victoria netamente inglesa. Este, por supuesto, es apenas uno de los muchos ejemplos de la forma en que la construcción de la memoria histórica de la batalla fue condicionada por las tensas relaciones entre Alemania e Inglaterra durante el siglo siguiente.

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