Cuando los futuros colombianos casi hacen una revolución por una reforma tributaria

En medio de las protestas de los últimos días, ha circulado en las redes sociales un meme que dice: “’Si levantan el paro, se retiran los impuestos’: el arzobispo Caballero y Góngora a los Comuneros en 1781, antes de mandarlos a descuartizar”.

Esta “píldora para la memoria” ha traído a colación la rebelión de los comuneros de 1781, una de las manifestaciones populares más importantes de la memoria colectiva de los colombianos, enseñada como uno de los antecedentes directos de la Independencia. Una idea poco aceptada hoy en día pero que sirve de ejemplo del malestar que afectó al entonces virreinato de la Nueva Granada por el aumento de impuestos.

Era una época en que la corona española quería tener un mayor control sobre sus territorios de ultramar y recolectar más impuestos para sus desbordados gastos. Las medidas, por supuesto, afectaban a la Nueva Granada. A finales de la década de 1770, llegó el visitador general Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres. Él, junto con otros funcionarios virreinales, aumentó los impuestos alcabala (gravamen sobre las ventas, similar al IVA) y creó nuevos como el de la armada de barlovento, destinado a la lucha contra el contrabando.

Estas imposiciones y las otras reformas, como aumentar el control sobre el estanco de tabaco y la supresión de resguardos indígenas, causaron malestares en la sociedad neogranadina. Los criollos de Santafé, la capital, se sintieron desplazados del poder, los campesinos y comerciantes, blancos y mestizos por igual. Las villas del Socorro, San Gil, Charalá y Mogotes, se vieron afectados por el aumento de precios de las rentas de los estancos de aguardiente y tabaco, y por los nuevos impuestos.

¡Viva el rey! ¡Abajo el mal gobierno!

La sed por recursos no era caprichosa. La corona española necesitaba fondos para financiar la guerra contra los británicos y proteger el Caribe de su enemigo. En ese contexto, el 16 de marzo de 1781, una mujer llamada Manuela Beltrán, manifestó su indignación por la publicación del edicto con las nuevas tasas de los impuestos en la villa del Socorro. En plena plaza pública rompió el documento dando comienzo a los desórdenes. Los edificios de los estancos de aguardientes y tabacos fueron los principales objetivos de la muchedumbre.

Para encauzar el furor popular y mantener el orden, los notables de la villa del Socorro organizaron el movimiento por medio de un Supremo Consejo de Guerra. Juan Francisco Berbeo, comerciante y terrateniente, fue nombrado líder de un movimiento que sumaba a cuatro mil personas.

La rebelión exigía derogar las alzas en los impuestos, y al grito de “¡Viva el rey! ¡Abajo el mal gobierno!”, organizaron la marcha hacia Santafé. Pronto, las villas cercanas al Socorro se unieron y en su marcha los indignados coreaban: “La naranja sabe amarga / si se exprime demasiado”.

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Al principio las autoridades de Santafé no prestaron atención al movimiento. Enviaron una pequeña expedición militar que los sublevados sometieron rápidamente en el Puente Real de Vélez. Con el dinero y las armas capturadas avanzaron a Tunja, donde se adhirieron los notables, plebeyos de la provincia y los indígenas de la sabana de Bogotá liderados por el cacique Ambrosio Pisco. El movimiento agrupó cerca de veinte mil personas que marchaban a la capital.

“La naranja sabe amarga si se exprime demasiado”

Los comuneros también extendieron la rebelión hacia el río Magdalena con el fin de capturar al visitador Gutiérrez de Piñeres. El capitán plebeyo José Antonio Galán fue encargado de la misión, quien dirigió a sus hombres a Honda y Neiva por el camino de Facatativá y Guaduas, aislando a la capital del resto del virreinato. En el camino, Galán reclutó más personas para el movimiento, entre ellos a varios esclavos.

Las negociaciones

Las autoridades entraron en pánico porque la ciudad, que contaba con poco más de veinte mil habitantes, se encontraba prácticamente indefensa. Ante la huida del visitador general, las autoridades decidieron negociar con los líderes del movimiento, tratando de evitar, a toda costa, la entrada de los comuneros en Santafé. El arzobispo Antonio Caballero y Góngora, fue comisionado para entablar el diálogo.

El arzobispo y los comuneros se reunieron primero en Nemocón y luego en Zipaquirá a mediados de mayo de 1781. Las diferentes exigencias se condensaron en un documento conocido como “Las capitulaciones”. Dentro de ellas se encontraban derogar o rebajar los impuestos y otras exigencias de criollos e indígenas. Para la primera semana de junio, las autoridades de Santafé aprobaron el pliego y los comuneros se dispersaron y regresaron a sus casas.

Alejado el peligro, las autoridades reales anularon “Las capitulaciones” con el pretexto de que las negociaron bajo coacción. Para colmo, al principio de los tumultos, los líderes de la rebelión juraron en secreto fidelidad al rey, dejando a los plebeyos a su suerte.

La suerte de Galán

Galán y otros, al saber del incumplimiento, levantan de nuevo la bandera de la insurrección, pero esta vez la acción estaba destinada al fracaso. Salvador Plata, notables del Socorro y uno de los capitanes comuneros, capturó a Galán en octubre de 1781, para mostrar su fidelidad al rey.

Las fuerzas virreinales trasladaron al insurrecto de Charalá a Santafé, donde fue juzgado por traición a la corona y sentenciado a muerte. La multitud reunida en plaza mayor de Santafé en enero de 1782 vio fusilar al líder antes de ser colgado y descuartizado. Sus miembros quedaron expuestos en los lugares donde había actuado. A varios de sus compañeros también los ejecutaron, otros recibieron azotes o fueron desterrados.

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En comparación con estos severos castigos, los notables que capitanearon a los comuneros recibieron un perdón general. El arzobispo Caballero y Góngora y frailes capuchinos visitaron las zonas sublevadas, hablando de las bondades de obedecer al rey y los horrores de la rebelión.

Berbeo, el antiguo líder del movimiento obtuvo el perdón real. Colaboró en la campaña de pacificación llevada a cabo por el arzobispo, el verdadero vencedor dentro de esta disputa. Poco tiempo después la corona española lo condecoró y nombró virrey de la Nueva Granada.

Por Arnovy Fajardo Barragán, historiador de la Universidad Nacional y profesor de la Universidad Externado.

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