Inglaterra contra Escocia: la rivalidad más antigua y especial del fútbol de selecciones

Inglaterra empató con Escocia sin goles, en una nueva edición del primer partido internacional de toda la historia del fútbol.

En 1996, Inglaterra recibía un torneo internacional tras 30 años de espera; el último, la Copa del Mundo de 1966, terminaría con el único título de la selección inglesa. Por eso en los noventa, tras décadas de fracasos, hooliganismo y fuertes tragedias en el deporte local, el fútbol “volvía a casa” con expectativa para los locales, a pesar de las dudas que habían dejado en los partidos de preparación.

Algo parecido sucede en 2021, en donde las circunstancias han llevado a que los ingleses jueguen la fase de grupos de la Eurocopa en el Estadio de Wembley, en Londres. Pero en 1996, Inglaterra volvía a casa con un sabor especial. Y a pesar de los escándalos de fiestas y descontrol que sacudieron a Los tres leones durante su gira justo antes de la Eurocopa, en la fase de grupos se enfrentaban con Escocia, vecino y gran rival de los ingleses en el fútbol. Era la reedición, en la fase final de un torneo, del primer partido internacional de la historia.

Era la segunda fecha en un grupo de cuatro equipos, y el partido llegaba tras empate de ingleses y escoceses en su debut en la competición. Quien perdía estaba casi condenado a la eliminación, y la histeria estaba por los aires. Literalmente, porque mientras transcurría el encuentro, el ilusionista Uri Geller volaba sobre el estadio en helicóptero, con la promesa de interceder a favor de Inglaterra si las cosas se ponían complicadas.

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Pese al recurso esotérico, los ingleses eran favoritos. Contaban con grandes estrellas de los 90 como el portero David Seaman, Alan Shearer (máximo goleador de la Premier League en la historia, y que terminaría siendo el goleador de esa Euro) y Paul Gascoine (Gazza desde el Mundial de Italia, en 1990), el símbolo de una Inglaterra que abrazaba la idiosincrasia británica como ningún otro miembro de la plantilla. Eran años post-thatcherismo, en los que la resaca tras el proyecto moralista fracasado de la dama de hierro había dejado a aquella nación en búsqueda de un héroe nacional. Y, como señala Simon Kuper en su libro Fútbol contra el enemigo, el rojizo, regordete y alcohólico Gazza “es un hombre del pueblo y el pueblo lo sabe. Para los ingleses, él es un verdadero inglés, que se enfrenta a los Continentales sin comportarse como un Continental”.

El encuentro terminó 2-1 a favor de los ingleses, con un penal atajado por Seaman y un memorable gol anotado por el propio Gascoigne. En aquella anotación, Gazza se desmarcó velozmente en una triangulación inglesa y cuando recibió un balón englobado, pinchó la pelota sobre el defensor escocés Colin Hendry con la pierna izquierda, y con la derecha, sin dejar al balón tocar césped, definió al primer palo. Tras el gol, Gazza se lanzó al suelo, mirando hacia arriba y con los brazos y piernas extendidos, y sus compañeros, bidones en mano, le llenaron la boca con chorros de agua. Era la “silla del dentista”, la celebración irónica (e icónica ya) con la que enfrentaba de cara las críticas a los jugadores ingleses por salir de juerga y beber sin discreción. El partido estaba inmortalizado.

Caminos distintos

Y si en esta historia los escoceses quedan reducidos a simples víctimas de los ingleses, que más tarde serían eliminados por Alemania en semifinales, la brecha entre unos y otros no ha hecho más que agrandarse con el paso de los años. En el 96, Gareth Southgate estaba en cancha. Ahora es el seleccionador inglés de una generación destinada a marcar época, en la que el joven delantero Phil Foden, del Manchester City, se pinta el cabello de rubio recordando el gran torneo de Gazza. Pero en donde el jugador que más encarna el espíritu de aquel ícono de los 90 es el talentoso Jack Grealish. Sin embargo, ni siquiera tuvo espacio para debutar en el primer partido de la fase de grupos, contra Croacia, debido al volumen de talento de esta selección inglesa. Contra Escocia jugó los últimos 30 minutos, en donde el equipo inglés se mostraba conforme con saldar el empate sin goles.

Los escoceses, en cambio, han visto cómo su liga languidece en comparación con su hermano adinerado. La casi desaparición del Rangers Football Club, el equipo histórico de Escocia junto al Celtic Football Club, dejó al segundo con un camino allanado para ganar títulos de liga consecutivos. Pero a nivel europeo sufrió sendas derrotas. Mientras tanto, los equipos ingleses, fortalecidos desde 1992 con la creación de la Premier League y la mayor repartición de dinero, así como por la captación de talento internacional en la cancha y, sobre todo, en los banquillos, auguran un dominio en el escenario internacional en el medio plazo. Lejos queda la Copa de Europa conseguida por el Celtic en 1967 contra el Inter de Milán de Helenio Herrera, el maestro del catenaccio que sería, a la postre, la materialización más radical del fútbol directo que adoraban los ingleses y enfrentaban los escoceses.

A las selecciones las separan 40 puestos en el ranking FIFA, y los escoceses, a pesar de tener talentos consolidados en Inglaterra, como el lateral del Liverpool Andrew Robertson y el mediocampista del Manchester United Scott McTominay, son los claros débiles en 2021. Los fanáticos escoceses tienen ilusión, pues no jugaban una Eurocopa desde aquella fatídica del 96, en la que sus vecinos del sur se rieron en su cara. Pero si a la brecha competitiva se suma el bajo nivel de hilaridad debido a la pandemia, por el que es norma tener una ocupación de  máximo 22.500 espectadores en el monumental estadio de Wembley, la expectativa no es comparable.

El enfrentamiento ha tenido su acento en las disputas sociales. El Partido Nacional Escocés ha coqueteado con la independencia en los últimos años, a pesar del referendo fallido en 2014. El brexit ha sido una buena excusa para avivar este sentimiento, pero, a fin de cuentas, ha sido más una estrategia para mantener el poder de parte y parte que una intención firme de separarse. Varios conservadores en el Parlamento Británico han proferido su sentimiento antiescocés sin demasiado éxito en la práctica.

La caída del Rangers también ha propiciado un declive en estas tensiones. Los dos equipos de Glasgow han dinamizado la tensión social y política dentro de Escocia gracias a su rivalidad, una de las más tensas de todo el fútbol europeo. Por un lado, el Rangers de los protestantes y unionistas (y, como el sociólogo alemán Max Weber señaló en su momento, más adinerados); por el otro, el Celtic de los católicos y separatistas.Una rivalidad que en los 90 impedía a un protestante jugar en Celtic Park (y si lo hacía habían hinchas que no contaban sus goles así, Mo Johnston les diera el triunfo) y que era el escenario de grandes altercados, ahora parece menos radical tras el regreso triunfal del Rangers a la élite escocesa. También, en parte, por la mercantilización del deporte, que ha despojado a muchos clubes de la idiosincracia que tenían en el siglo XX.

El partido de la nostalgia

El duelo entre escoceses e ingleses, el más antiguo en la historia de selecciones, también está despojado de esa magia. Como señaló Jonathan Liew en el diario The Guardian, “lo cierto es que a pesar de las varias pequeñas controversias confeccionadas que han salido a la luz esta semana, alimentadas mayormente por los políticos y medios nacionalistas, cualquier animosidad real a gran escala entre estas dos naciones existe primordialmente en la nostalgia. De largo, y quizás en el mayor margen en casi un siglo, a Inglaterra no le importa realmente Escocia. Y, cada vez más, lo contrario también es cierto”.

Y el mejor ejemplo de esta rivalidad despojada está en aquellos primeros encuentros entre ingleses y escoceses en el siglo XIX. Ingleses, inventores del fútbol según la historia oficial, desarrollaron el deporte de la mano de los escoceses, quienes migraban a Birmingham, Sheffield y demás territorios del norte de Inglaterra y practicaban el deporte a su manera. La evolución llevó a generar rápidamente dos corrientes ideológicas marcadas por la nacionalidad. Por un lado, los ingleses, más corpulentos y de juego directo; por el otro, los escoceses, ligeros, conformados por completo por jugadores del Queen’s Park  y que recurrían al juego de pases como “acción colectiva” para evitar la fricción. El dogmatismo popularizó el choque de estilos, materializado el 30 de noviembre de 1872, en el primer partido internacional de la historia, en Partick. El partido, llevado a cabo en el Campo de Cricket de Escocia con 4.000 espectadores, daba cuenta de que el fútbol, suplemento del cricket en temporada de invierno, estaba tomando su propia naturaleza.

Inglaterra y Escocia se encuentran en una Eurocopa tras 25 años. Fotos: AFP

El partido terminó 0-0, a pesar de que las formaciones, leídas con la notación táctica de la actualidad corresponderían a un 1-2-7 para los ingleses y un 2-2-6 para los escoceses. Fue considerado un triunfo del equipo del norte, dado que como señala Jonathan Wilson en su libro La pirámide invertida, “es indicativo de la inclinación física del fútbol de esos días que la mayoría de comentaristas esperaban que la ventaja de peso de los ingleses le diera a Inglaterra una victoria cómoda, pero lo que hizo realmente fue estimular la imaginación”.

Obstinados, y motivados por victorias internacionales posteriores, con el tiempo los ingleses seguirían devotos a su juego físico, materializado en el kick-and-rush, el planteamiento de lanzar la pelota con el menor número de toques a los delanteros, lo que dejó décadas de fútbol inglés marcadas por los pelotazos y el fútbol directo. Este rasgo todavía se encuentra en equipos de divisiones inferiores, o en la propia Premier League en equipos como el Burnley que, pese a la globalización de la liga, está conformado en su mayoría por jugadores ingleses.

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En todo caso, en 2021 es difícil encontrar esa iconicidad entre un duelo entre ingleses y escoceses. En los 90, la representación más recordada se encuentra en Corazón Valiente (1995), con los amanerados ingleses y los heroicos escoceses como prueba de esa grieta. Ahora, el espectáculo está desprovisto de esa mirada sesgada o del triunfalismo exacerbado, y la iconicidad es cosa del pasado.

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