En las sillas de Pepe Sánchez y Bernardo Romero

Era el comedor del ARC Antioquia, un buque de guerra de la marina colombiana y yo, un niño de 11 años, me acomodé orondo y muy majo en la silla del capitán, con la misma desprevención que me habría sentado en un taburete o en un sillón de mi casa, pero faltaron unos segundos para notar que todas las miradas de los oficiales del Antioquia se posaban sobre mí, incluida la de mi papá que me dijo, aterrado, —chatico, ahí no se siente, esa es la silla del capitán—, me levanté y con la risa indulgente de todos los presentes la normalidad volvió al recinto. 

Diría que eran otras épocas, pero no, creo que son otros valores. Hay majestades que no deberían pasar de moda, la de un capitán de un barco, por ejemplo, la de un buen médico cirujano, la de un sacerdote virtuoso, la de un maestro de escuela abnegado, la de un anciano respetable, la de un juez de la república, la de Pepe Sánchez y la de Bernardo Romero Pereiro.

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Se hizo el reencauche de Café, dirigida en su versión original por Pepe Sánchez, y entiendo que se está haciendo lo mismo con Dejémonos de vainas dirigida en los 80 por Bernardo Romero Pereiro. Las dos son hito en la historia de la narrativa audiovisual colombiana. Tanto Dejémonos de Vainas como Café penetraron los hogares colombianos y se volvieron parte de la familia y parte de la cultura. Es imposible, si se tiene más de 40 años, no recordar con cariño estos dos emblemas de nuestra televisión.

El Café de Pepe era mágico, Margarita Rosa y Guy Ecker destilaban encanto desde los tubos catódicos del televisor hasta el alma de los televidentes, no lo dudo, Pepe se embelesaba con la gracia de Margarita, Guy igual, y ella hacía lo que sabía hacer, encantar, y también cantar. El Dejémonos de Vainas de Bernardo se ocupaba de las pequeñas cosas de la clase media ilustrada bogotana en el seno de una familia gobernada por un redactor de El Tiempo, en cuyo hogar había un fresco tierno y divertido retrato del folclor urbano y de las clases sociales que conviven en casi todas las casas bogotanas.

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La puesta en escena de Café, escrita por Fernando Gaitán, era un acto de magia. En Dejémonos de Vainas, Bernardo, con sus propios guiones, basados en argumentos de Daniel Samper Pizano, nos hacía reír de nosotros mismos, de nuestros prejuicios, hasta el punto de hacer cariñosos chistes, un poco políticamente incorrectos a la luz de hoy, como aquella expresión que se volvió viral, aunque no hubiera redes sociales, de “Costeño tenía que ser”.

Los Vargas, esa familia tan colombiana, y Gaviota la encantadora recolectora de café son íconos y emblemas de la verdadera cultura popular de un país que naufraga en sí mismo, en su amnesia y en su irreverencia por la vida y la memoria.

Café, Dejémonos de Vainas, El Chinche, Romeo y Buseta, La Historia de Tita, Camelias al Desayuno, Señora Isabel son títulos que equivalen a monumentos de nuestra narrativa y nuestra idiosincrasia, eran las épocas en las que los productores de televisión alcanzaban a ver al país más allá de las parrillas de programación y de sus legítimos intereses comerciales.  Me consta que algunos de ellos como Fernando Gómez Agudelo (RTI),  Jorge Ospina Mercado (Tevecine), Juana Uribe (Cenpro), Samuel Duque (RCN) se empinaban por encima de las planillas de producción para mirar al país.

Rehacer Café y Dejémonos de Vainas equivale a que en los Estados Unidos se haga el remake de El Show de Lucy o de Lo que el viento se llevó, o MASH, y tengo la seguridad absoluta de no estar exagerando.

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Los gringos, que sí saben de entretenimiento, han llegado hasta a remasterizar sus obras clásicas, les arreglan el color, les mejoran el sonido, pero aun no se sabe de intenciones de volver a rodar estos emblemas de su cultura audiovisual.  Pero bueno, los gringos no siempre tienen la razón, es más, últimamente hemos visto que si por aquí llueve por allá no escampa, de pronto nosotros tengamos razón en repetir el rodaje de nuestros emblemas culturales audiovisuales, y en ese caso, ya que la decisión está tomada, elevo mis mejores pensamientos para que los directores de estas obras se sensibilicen al hecho de que están sentados en la silla de un gran capitán. 

Ocupar el lugar de Pepe o de Bernardo es un hecho que exige reverencia, la batuta de estos dos nombres produjo gran parte de lo que fuera aquella época dorada de la televisión colombiana de la que nos quedan, por ahora, algunos ecos distantes.

Portar la tea que el tiempo les entrega a los encargados de rehacer estos shows es un privilegio y un honor que, si nos ponemos serios, debe ser honrado con misticismo y liturgia, no se debe uno andar sentando en la silla del capitán sin conciencia de la responsabilidad y el privilegio. En nombre de Bernardo y de Pepe: ¡que así sea!

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2 Comentarios

  1. Claudia Rocío Duarte Duarte

    Bernardo Romero y Pepe Sánchez son dos capitanes únicos e irremplazable a….mucho menos de reencauche…la pobreza de los creativos de ahora es evidente.,fofa y vacía; las segundas partes en las grandes producciones colombianas así como el reencauche,..terminan convertidas en fracaso, muchos ya no somos usuarios de rcn y caracol ..

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