‘Entre fuego y agua’: conflicto, reconocimiento y conciliación

‘Entre fuego y agua’, un documental que se estrena hoy en salas colombianas luego de su paso por el IDFA el más grande festival mundial de documentales y el FICCI, muestra el conflicto de identidad de un joven afrodescendiente adoptado por una familia indígena. Pero también señala el camino hacia un reconocimiento social y una conciliación comunitaria.   

Entre fuego y agua, un documental de Viviana Gómez y Anton Wenzel, fija un momento en la vida de Camilo Andrés Jojoa, un joven afrodescendiente adoptado desde pequeño por una familia de la comunidad indígena quillasinga, que vive en el departamento de Nariño en un bello territorio montañoso cerca de la laguna La Cocha.

En su casi hora y media de duración, este documental capta, antes que nada, una serie de movimientos afectivos que ocurren en el joven cuando toma la decisión de buscar a su madre biológica. Nada expresa mejor la autenticidad de su búsqueda –o de su angustia– que su propio rostro. Es la potencia del cine: desde la superficie traer lo que está debajo.

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Ni siquiera el amor de su familia adoptiva evitó que Camilo fuera discriminado por ser “distinto”. Lo que el documental sugiere es que fueron los demás quienes lo construyeron como un “otro” y le hicieron entrar en el arduo camino de preguntarse por su identidad, ese cruce de caminos entre el quién soy, de dónde vengo y para dónde voy.

Pero es entonces acá cuando el trabajo de acompañamiento de Gómez y Wenzel muestra todo su nervio sensitivo y su inteligencia. Los codirectores no hacen una película solamente sobre Camilo y su búsqueda. Entre fuego y agua muestra también a una familia y a una comunidad que busca resolver un conflicto interior para seguir adelante.

Contrario a los documentales guiados por la indagación sobre la identidad que se realizan en ámbitos urbanos o de grandes ciudades dominadas por relaciones individualistas, en Entre fuego y agua toda posible respuesta rebota en la comunidad y la transforma. Camilo es de pocas palabras, pero su rostro es inmensamente expresivo.

Ante su cara llena de expectación y estupor cualquier ensayo o tratado sociológico sobre la juventud se queda corto. Debajo de la pregunta por la identidad, impuesta o no por los otros, hay un genuino reclamo de amor y un deseo de pertenencia. Quizá, más que la urgencia de ser algo o alguien, lo que nos mueve a todos es el miedo de sobrar o estar de más. La crueldad de la discriminación y el maltrato consiste, precisamente, en internarnos en ese miedo.

Los directores del documental solo observan y acompañan aquello de lo que son privilegiados testigos. No son intrusivos, mantienen la distancia. Esto no es una cuestión menor, pues el documental, enfrentado a personajes y materiales de la realidad, es ante todo un dilema ético. Sabemos por diálogos que son registrados y que entran en el montaje, que en medio de su encrucijada Camilo se emborracha y pierde el control de sí mismo.

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No vemos, sin embargo, ese descenso del personaje. En cambio, sí hay registros de una toma de yagé en la que Camilo encuentra una visión clarificadora. Con este ejemplo quiero indicar el respeto y cuidado con que Entre fuego agua tramita un conflicto central de todo documental: qué fragmentos de la realidad seleccionar y encuadrar.

La discusión de la comunidad quillasinga sobre el caso de Camilo es también un momento extraordinariamente revelador. Sin grandes aspavientos o ceremonias queda expuesta una epistemología de la conciliación. Más que emitir juicios, este órgano de discusión comunitaria es un espacio de escucha encaminado a resolver conflictos. Hay que agradecerle al documental el que nos permita entrar en el corazón de otra Colombia, menos fascinada con la enemistad que la del centro vociferante del país, ese que vomita odio a raudales.

Entre fuego y agua
“Los directores del documental solo observan y acompañan aquello de lo que son privilegiados testigos. No son intrusivos, mantienen la distancia”.

Un tema medular del documental es la adopción, gesto ético que desplaza o cuestiona los esencialismos de la identidad. Los otros grandes personajes del documental son los padres adoptivos de Camilo. El estupor del joven rebota en ellos. ¿Han fallado? ¿Dieron más amor a los hijos biológicos que al adoptado? ¿Habrá tiempo de reparar la desatención o el descuido?

El documental nos entrega momentos muy emotivos que comparten el taita Norberto Jojoa y su hijo Camilo; gracias a ellos, entendemos que si bien hay culturas de origen también hay culturas de adopción. Y que Camilo es, a la vez, afrodescendiente e indígena; esa dualidad, en vez de un conflicto, puede ser una expansión. 

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Como espectadores también somos seres adoptantes. Acogemos hospitalariamente un fragmento de vidas ajenas. Nos encariñamos con esas vidas y luego tenemos que abandonarlas. Sucede que en el documental ese pacto incluso es más fuerte que en la ficción. En estas últimas, cuando se acaba la película de algún modo el hechizo se rompe y la vida en la ficción vuelve a su magma o su noche. Sabemos, en cambio, que Camilo y sus padres andan por ahí con su inquietud a cuestas. Ojalá vayan con bien.

Entre fuego y agua
“Los otros grandes personajes del documental son los padres adoptivos de Camilo. El estupor del joven rebota en ellos. ¿Han fallado? ¿Dieron más amor a los hijos biológicos que al adoptado?”

5 Comentarios

  1. María Victoria Echeverry Becerra

    Tu mirada tiene una gran sentido de realidad Pedro Adrián, pues ENTRE FUEGO y AGUA nos muestra lo valioso de las personas y una comunidad.
    Es profundamente respetuosa con lo vivido por Camilo y su búsqueda.
    Podemos aprender mucho de este bello documental… existe armonía entre la diversidad!

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