La espada y la palabra

Dirijo un diplomado virtual de escritura donde aprendo mucho más de lo que enseño. Con los primeros vientos de agosto, iniciaremos clases animados de un fervor lunático, como si el destino del mundo dependiera de la calidad de nuestros ejercicios.

La espada es más fuerte que la palabra, decían los sabios y lo repiten los sargentos. Yo lo dudo. Hoy, cuando las espadas de Roma son polvo de óxido, los cristianos, simples autores de fábulas y parábolas, habitan un palacio en la Colina Vaticana, y el mundo gira en torno a los postulados y las curvas de la economía, ciencia oscura, infusa y difusa, y verbal hasta la médula.

Las armas conservan su poder, su triste poder, pero ya no son objetos gloriosos, y hasta los sátrapas se avergüenzan de usarlas. Yo les tengo pánico, lo confieso. Cuando agarro un cuchillo en la cocina, digamos, tiemblo. No sé en qué momento los viejos instintos del acero afilado aprovecharán un parpadeo de este escriba para tajarle un dedo. O dos.

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El caso es que confío más en las palabras. “La palabra perro no muerde”, explicó alguien, pero no hay que fiarse demasiado. Una coma atolondrada, un vocablo impertinente y el texto se perratea sin remedio.

La confianza nace de que llevo medio siglo lidiando con ellas. Las mido. Las sopeso. ¿Conserva su brillo la palabra oro? ¿Su magia la palabra magia? ¿No están ya mordidas por la herrumbre de los siglos, como las espadas de Roma?

Diplomado en Escritura
Diplomado en escritura

Para averiguarlo, tengo un Diplomado virtual de escritura (sigo los consejos de Wilde: “Si no entiende bien algo, ¡dicte una conferencia!”). Con mis alumnos estudiamos las cuatro habilidades lingüísticas: hablar, escuchar, leer y escribir.

Los llamo “alumnos” por costumbre; en realidad ellos también enseñan: la clase tiene que ser un constructo colectivo; si no, es un largo bostezo, una misa “magistral”. El “magister dixit” puede ser elegante en otras disciplinas; en algo tan subjetivo como literatura es una necedad.

Nos centramos en la escritura, claro, y nos apoyamos en las poéticas de los géneros y en los métodos de la crítica literaria para calibrar nuestros ejercicios y aprovechar la potencia de ese viejo instrumento que nos tocó en suerte, la lengua española.

Estudiamos el cuento porque ahí empezó todo; porque huele a mil y una noches, porque sabe a fogata y estrellas, y porque sin ficción no hay verdad que valga.

Escribimos crónicas, “esos cuentos que son verdad”, porque se ocupan del lado humano de la noticia. Híbrido de noticia y narrativa, el periodismo literario es el hecho más notable de la era de la información. Es por él que no envejece el periódico de ayer.

Hacemos ensayos de divulgación para cerrar una grieta peligrosa, la que separa al científico de la gente común. Hay que cerrarla para que todos conozcamos los prodigios que obran esos brujos modernos en sus laboratorios; para que el conocimiento sea un tesoro de todos; para gozarlo y para ser mejores ciudadanos. Parodiando la irónica frase, la ciencia es muy importante para dejarla en manos de los científicos.

Estudiamos crítica literaria porque el crítico tiene más ojos, hace más lecturas; porque el escritor debe ser el primer crítico de sus planas; porque un taller sin crítica es apenas un tertuliadero, casi un club filatélico, y porque la crítica es el género de Aristóteles, Wilde, Valéry, Borges, Gunter Blocker y George Steiner.

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Y claro, leemos y escribimos esa cosa que oscila entre la música y el sentido, esa indefinible vibración del espíritu que está no solo en el centro de la literatura sino en la definición misma de humanidad, la poesía.

Con los primeros vientos de agosto, el taller iniciará clases animado de un fervor lunático, como si el destino del mundo dependiera de la calidad de nuestros ejercicios.

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