Esta columna, como está, cierra

Aprender a morir es la lección más relevante de la vida humana.  Me refiero a morir, en todos los sentidos posibles, desde el obvio que se refiere a la terminación de la existencia física, que solamente sucede una vez, hasta el morir existencial, ese que nos topamos desde que nacemos en la terminación de cada ciclo de la vida. 

Morimos a la infancia, también a la inocencia, nos despedimos para siempre de la vida adolescente cuando cruzamos el umbral que nos separa de la adultez; morimos al amor en repetidas ocasiones, ya sea porque nos lo matan, porque se muere o porque nosotros lo matamos.

Se nos mueren formas de vida, por ejemplo, cuando los hijos se van y nos transformamos de padres cuidadores a padres observadores. Morimos a lugares e incesantemente estamos muriendo al presente para nacer en un nuevo presente.  Morir es difícil y doloroso, también inevitable. Insistir en la vida tanto de un momento como de una circunstancia o de una relación, cuando ésta ha llegado a su fin, es necio y destructivo.  Aferrarse al presente, que ha dejado de serlo, es una negación de la vida misma.

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La política del poder público es comparable al fútbol, hablar de ella, pronosticar, controvertir, denunciar, exclamar y protestar se vuelve adictivo. 

Hace muchos años morí a mi pasión por el fútbol, exactamente a los dos días de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19, cuando, para acallar las infamias cometidas en ese templo, Nohemí Sanín salió como escudera de la cobardía de Belisario Betancur y adormeció a este pueblo con un partido de futbol que éste disfrutó como si nada estuviera pasando.  

Ese día me despojé de mi fallido amor por Millonarios (aun no sabía que Andrés Pastrana era hincha, de saberlo no habría podido querer a los azules) y, además, colgué los guayos de hincha de la selección Colombia a la cual no le tengo ninguna admiración, entre otras por ser el narcótico, de antepasados narcos, con que emboban a los sobrevivientes de este país. Morí al futbol.

Hoy, por medio de estas palabras, declaro la muerte de mis opiniones políticas.

Tenía preparada una columna acerca de mi desencanto con los youtubers independientes que han venido revelando que no lo son y que tienen tantos intereses creados a su propia escala, como los grandes informativos.

Iba a decir que una cosa es un periodista y otra un mercadotecnista y que nuestros brillantes influencers son más de lo segundo que de lo primero, únicamente se diferencian de los grandes medios en el tamaño del interés. Un periodista contaminado por intenciones personales es un periodista contaminado, ya sea por el dinero o por fanatismo partidista. 

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Pero agonicé y morí.  Quiero renacer a la vida, y en la política colombiana no la hay, sus actores, con algunas excepciones, son zombis que arrastran su cuerpo pútrido por entre la corrupción, el crimen y la trampa.  No tengo la sabiduría ni los huevos de Daniel Coronell o de Gonzalo Guillén o Fidel Cano para investigar y publicar los delitos de la mafia de la política nacional, y esta quejadera me mató.  Mi admiración por el periodismo de los tres mencionados es inconmensurable, también mi agradecimiento, es gracias a ellos que los criminales fugitivos de la corte suprema de justicia no han logrado terminar de corromper a Colombia;  pero lo mío, no sirve para nada distinto a mi desahogo, por eso me debo morir, porque, al menos esta golondrina no va a hacer verano.

Mi pronóstico sobre Colombia es fatal. La sumatoria de la perversidad de los cabecillas políticos y la parálisis mental de millones de votantes me permiten asegurar que vienen tiempos oscuros.  La poca prensa con criterio que existe, incluyo a Diario Criterio, deambula confundida sobre el supuesto de que los gobernantes se están equivocando. Y no, no se están equivocando, ¡por favooooorrr! están haciendo lo correcto, para ellos mismos. Tanto los que están en el poder como los que aspiran, tienen una agenda personal que se está cumpliendo a cabalidad, (¿será que lo de Cabal tiene algo que ver?). 

En Colombia el interés común es una quimera, el interés egoísta y personal está en el ADN de nuestro cuerpo social.  No solamente en la política, en todo, en la familia, en la empresa privada (me abstengo de describir cómo los intereses personales aniquilaron la televisión colombiana), en Colombia hay muchos a los que les va bien, mientras al país le va mal.  No quiero ocuparme más de una causa estéril.  Me morí.

Voy a reencarnar en otra cosa.  Y será escribiendo en este mismo espacio que tan generosamente me ha abierto Diario Criterio. ¡Ya veremos de qué se trata esa nueva vida!

Ñapa:  Dijo alguien lúcido y lucido, que el tal ministro de Defensa, el de apellido Molano, es la versión estrato seis de Epa Colombia y yo aclaro que ella, Epa Colombia, es una sobreviviente ejemplar, el otro es un ignorante vergonzoso.

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4 Comentarios

  1. Unos pocos lo extrañaremos con sinceridad. Buenas y juiciosas columnas por sus acertados análisis como esta en la que dice morir para resucitar en otra?, con otro estilo? Estaremos pendientes señor !

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