Estupro electoral

En el desarrollo de la pasada campaña electoral pareció como si los electores le hubiesen hecho honor al grafiti de mayo de 1968: “No queremos realidades, queremos promesas”.

Votantes situados, unos a la izquierda y otros a la derecha, tal era su afán por conocer y creer en las ofertas de sus preferidos aspirantes, que los candidatos se pusieron a tono, de tal manera que convirtieron en un gran alud sus múltiples, variopintas y a veces también desaforadas propuestas. Tanto, que muchos ciudadanos debieron esconderse para no caer atropellados por ciertos estrambóticos ofrecimientos.

El estupro se define en las legislaciones penales como el inducir a ciertas personas a determinados actos sexuales mediante engaños. En tiempos ya lontanos, se entendía por tal la seducción, tema de ciertas rancias y olvidadas novelas, verificada por el varón para que la crédula mujer le concediera los favores del sexo. Generalmente se trataba de una promesa de matrimonio. Después el tunante seductor desaparecía. En tiempo idos y lejanos aquellos, los profesores de la materia resumían este tipo penal con un estribillo muy rimado y de fácil memoria: prometer para meter y después de haber metido no cumplir lo prometido.

En nuestro caso presente se podría hablar de un estupro electoral, evento en el que, después de tantas promesas, las mismas que sedujeron a muchos electores para que introdujeran en las urnas un tarjetón con el candidato ganador, estupro electoral, repito, si a continuación ellos no encontraren cumplido lo importante prometido por el candidato triunfante. Estupro, aunque a medias, porque a lo mejor esos votantes, comme ci comme ça, así así, no se mostraron tan reacios a la seducción.

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Pero como todo en la naturaleza tiene sus ritmos, en los tiempos poselectorales la situación se torna en muy diferente. Una vez posesionado el presidente, se genera un sentimiento contrario: solo se admiten realizaciones, más o menos inmediatas, si es posible decirlo así. Concluida la luna de miel –la que cada periodo que se inicia dura menos– entre el primer mandatario y la ciudadanía, a esta última le va quedando la resaca de lo que no se esté cumpliendo.

El ungido presidente, mientras inicial ejerce, trata de postergar esa luna de miel. Para hacerle frente al hueco dificultoso en que se encuentra lo prometido y, según lo recomiendan los manuales, continúa como si fuera un candidato: ofreciendo, tratando de prolongar la seducción. Con nuevas expectativas busca entretener una opinión cada día más exigente, más descontentadiza, muy dada a la protesta y peligrosamente organizada, a la manera volátil, pero muy efectiva de las redes sociales. Los partidos en este evento ya no cuentan, no mitigan; incluso para calmar el malcontento y el disgusto tampoco funcionaría el acuerdo nacional que, más que nacional, es solo partidista.

Elecciones presidenciales qué esta en juego
Elecciones presidenciales, 2022.

El presidente se defiende y, en medio del escenario nacional, teatro puro, se quita la chistera, crea expectativas, saca un conejo y lo exhibe a través de toda la geografía patria. Se le aplaude y de nuevo queda el país a la espera de los próximos roedores. Continúa, ovación más tenue, hasta que aquellos, por lo general muy blancos y orejones, se acaban y la chistera se agota o el espectáculo repetido cansa. Y entonces la opinión se da cuenta de que el respectivo mandatario, cuando era candidato, le hizo conejo. Plural: conejos. Este conejo o estos conejos son una forma de seducción o estupro electoral.

Parecería que estoy hablando del próximo cuatrienio presidencial como si estuviésemos ya en un 7 de agosto de 2026. Cierto. Y así me atrevo a hacerlo desde hoy, al revisar el informe que Diario Criterio publicara el 21 de junio de este año, titulado Estas son las promesas clave que Gustavo Petro tendrá que cumplir cuando llegue a la Presidencia.

Larguísimo, informe como de enciclopedia, recetario numeroso, mosaico como apto para conseguir algo de un cielito lindo aquí, en esta, nuestra geografía. 

Pero tomemos solo dos de los primeros aspectos importantes, dice allí, como tales. Uno: detener el hambre. Mi opinión sobre el punto es que se van a implementar subsidios, en mayor cuantía y cobertura; pero eso lleva su tiempo y, además, si el problema del precio de los alimentos está por el lado de la oferta, los subsidios en efectivo operan a media máquina, disminuidos y disminuyéndose en su poder real, incluso, si la oferta no responde rápido, pueden contribuir a aumentar aún más el alza en los precios de los comestibles. Y si, además –como lo dijera la próxima ministra de Agricultura–, importamos 18 millones de toneladas de ellos, un dólar más caro implicará una función ídem de alcista en los alimentos pagados en esa moneda.

Dos, dice el informe: frenar la inflación. Asunto que se toma tiempo y me permito pensar que las medidas que se han propuesto, por parte de los futuros y ya escogidos como capitostes de los ministerios pertinentes, no servirán y, para peor, algunas podrían ser contraproducentes. El ministro Ocampo, perfilado como el gran capitoste del gabinete, concretamente respondió que la cuestión de los precios en los alimentos se arreglaría con más producción agropecuaria. Pero, ¿cómo ello y en cuánto tiempo? Y mientras tanto hay que llevar el pan y la papa y demás víveres al diario comedor de todos los hogares. El yantar no da espera.

Que es culpable de lo anterior el escenario internacional dirán los voceros del gobierno venidero. Puede ser valedero, pero ya se sabía de ese problema desde antes del 19 de junio y, sin embargo, esas promesas se confirmaron, se repitieron y se mantuvieron.

Por eso, grave cosa sería que los votantes del triunfador y futuro presidente pensaren después con el despecho de los seducidos. Y más delicado aún lo sería el que ante estas circunstancias, el primer mandatario, como solución, se deslizase aún con más ímpetu por una peligrosa pendiente populista.

Aclaración: los posibles escenarios para después del 7 de agosto son múltiples. El anterior es solo uno de ellos, del cual les pido, rezándoles a las potencias del más allá, que no se presente.

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