Ética, transparencia y democracia

En la actualidad, la sociedad confía más en los privados que en el Estado y, por ello, se han impuesto más cargas fundamentadas en la ética, la transparencia y cero tolerancias al delito. Una consecuencia que proviene de una larga historia que data de 1977 con el Watergate, el escándalo político más importante de los Estados Unidos que cuestionó el “no todo vale”.

En los 80, los grandes escándalos de corrupción financiera llevaron a incluir disposiciones antisoborno y nació el compliance, que dio lugar a auditorias y controles en la década de los 90 para conocer la cultura de las compañías, que luego, en el nuevo milenio, se modernizo con las tecnologías y la digitalización.

Sin lugar a duda, el soborno rompe las reglas del mercado con sus estrategias inapropiadas empresariales y distorsiona la oferta y la demanda, lo que pone estas conductas irregulares en la lupa de los Gobiernos, pues muchos empresarios aún no están concientizados de sus efectos en la triple cuenta (económica, ambiental y social) que conlleva el fenómeno multidimensional de la corrupción. Por eso existe la jurisdicción ampliada para investigar hechos de soborno transnacional y, a diferencia de Colombia, el solo hecho de “ofrecer o prometer” se considera a nivel internacional un soborno como en Estados Unidos y tampoco se acepta el willful blindness, o lo que conocemos coloquialmente como “mirar para otro lado” o “hacerse el pendejo”.

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También sigue siendo de mucho cuidado el rol de las relaciones públicas y/o el lobby que no respeta límites y maneja líneas grises con el soborno, estos se intentan contrarrestar con el due diligence o la debida diligencia.

De ahí la importancia del ranking de Transparencia International que mide el índice de percepción de transparencia o en su defecto, el nivel de corrupción. Este índice se mide a partir de un cuestionario genérico abierto al público con respuestas binarias (sí/no) donde no hay lugar a matices o zonas grises. Colombia tiene un puntaje de 39/100, donde 0 es corrupción y 100 transparencia, ocupando el puesto 87 entre 180 países y ahí se ha mantenido durante los últimos años. Podríamos, de manera mediocre, pensar que estamos muy lejos de ser Japón, el país más honesto del mundo, y consolarnos con no ser Ghana, el más corrupto, pero lo cierto es que estamos al nivel de países como Etiopía y Vietnam entre otros.

Lo anterior no es un tema menor, dado que de este factor depende en gran medida las inversiones de capital extranjero que deciden asentarse en nuestro territorio y más cuando nos preparamos para un cambio de Gobierno, pues la democracia también exige transparencia e instituciones sólidas que no den lugar a dudas para el desarrollo del comercio internacional.

No olvidemos que nos encontramos por primera vez ante una disyuntiva. Por un lado, tenemos un candidato que surge de un proceso de paz con el M-19, quien se ha legitimado por 32 años en su carrera política como una tendencia de izquierda y, por el otro, de manera antagónica, un candidato presidencial que proviene del sector privado, 50 años como constructor exitoso y con una trayectoria política de 30 años, que se inició en 1992.

Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. Elecciones 2022
Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. Elecciones 2022

Así las cosas, y como lo mencioné al principio, los empresarios están regulados por un amplio marco normativo internacional, compuesto por 4 convenciones, un convenio y 40 recomendaciones del GAFI (Grupo de Acción financiera Internacional) que terminan siendo de obligatorio cumplimiento, para evitar cualquier apariencia de legalidad en actividades que configuren lavado de activos y financiación del terrorismo, razón por la que siempre deben declarar cualquier conflicto de interés y reportar operaciones sospechosas en el giro de sus negocios privados y más aún si esto puede configurar delito contra la administración pública.

Pero en nuestro país parece que la corrupción no tiene consecuencias y sigue creciendo. Tan es así que, a pesar de un proceso en curso en la Fiscalía, hay 6 millones de colombianos a los que no les importa que su candidato presidencial empresario esté imputado por delitos de corrupción; otra interpretación es que actúan de buena fe porque no están informados de los mecanismos anticorrupción, razón por la cual deberíamos de cuestionarnos, mucho más a escasas horas de la posibilidad de elegir un presidente empresario, pues a pesar del entusiasmo de muchos,  no distinguen que el Estado no es una empresa privada, en el que todo vale.

No olvidemos que Colombia ya tuvo un proceso 8.000, episodio bastante vergonzoso y la mal llamada Lista Clinton hoy sigue vigente, reportándose a la fecha empresas y personas a la Lista OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros). Aunque el país actualmente pertenece a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y tiene leyes fuertes, pareciera que este no es un problema regulatorio ni legislativo, pues además existen sanciones penales y administrativas pero la impunidad sigue vigente, se cumple aquí la “teoría de las ventanas rotas”, ya que éste es al final un problema de justicia. En un mundo globalizado, con una jurisdicción ampliada para evitar corrupción, Colombia parece anacrónica en esta lucha.

Se llegó el momento de decidir, de ir a las urnas: el mundo sigue avanzando y lo único que queda claro es que nuestro pueblo sigue sumido en el “todo vale”, con una ética empresarial que necesita gerencia, aunque aparenta estar diametralmente distante de la política. Pero lograr una verdadera lucha anticorrupción requiere concientizar y crear una cultura de legalidad, acatamiento a las leyes y sobre todo de legitimidad, muy lejos de regímenes autoritarios.

Como lo decía San Agustín de Hipona: “lo correcto es correcto aunque nadie lo haga, lo incorrecto es incorrecto incluso si todos lo hacen”, la elección la resolverán las mayorías o lo que se conoce como vox populi, vox Dei (la voz del pueblo, es la voz de Dios), mientras tanto usted vote de manera informada y con criterio a pesar de que la democracia sea imperfecta. ¡Siempre vote!

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