Exponer el pensamiento

Frente a dinámicas del mundo que requieren cada vez más la integración de los individuos al mercado y a sus lógicas de productivismo y crecimiento, cultivar actitudes y saberes que cuestionen estas dinámicas y propongan otras posibilidades de existencia obviamente no resulta rentable. Hoy, exponerse realmente a pensar, se considera ineficiente.

La palabra ‘exponer’ viene del latín exponere y significa ‘poner a la vista’, es decir, poner algo en un medio que lo haga aparecer, que lo vierta hacia afuera. Pero como lo sabemos, y también nos lo recuerda el diccionario, exponer es asimismo poner a alguien o a algo en la condición de recibir una acción que le afecta y, más aún, una que acentúa su fragilidad pues lo hace susceptible de padecer un daño. 

En la cruenta historia de nuestro país ha sido claro cómo algunas figuras públicas han expuesto lo que no quería ser reconocido, y han quedado a la vez expuestas a brutales formas de violencia. La hegemonía de ciertos poderes establecidos no soportaba su decir veraz, su deseo de transformación.

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Pero no es propiamente de este doble vínculo del quedar expuestos del que quiero hablar, sino de uno que se teje por debajo de este, y con el que guarda relación. Me refiero a la experiencia de fragilidad y afectación que aparece cuando un pensamiento se manifiesta, interviene ante otros ya sea para participar de un espacio público dado, para cuestionarlo y llamar a su reconfiguración, para trastocar las fronteras entre lo público/privado o para crear otros espacios de aparición.

Que la palabra aparezca y se exponga no quiere decir meramente “que se publique”. Hoy se publican muchas cosas, en nichos académicos restringidos, en redes científicas mercantilizadas, en lenguajes de expertos hiperespecializados que se resguardan en las redes estrechas de sus campos de saber, y que pocas veces son accesibles a otros públicos, aunque estos -si pensamos por ejemplo en discusiones de teoría económica- no dejen de sentir luego su impacto. 

Ciertamente, exponerse a otros no es meramente adoptar un lenguaje codificado de la difusión en donde la singularidad de un saber se traduzca a los términos simplificados que ciertos marcos hegemónicos de sentido han establecido como digeribles y aceptables (por ejemplo, en los formatos de las redes, la publicidad, la estética de Instagram y Tiktok, etc.).

Exponer el pensamiento

Además, quizá sea cierto que cada vez que algún “experto” se enfrenta a un riesgo cognitivo (a buscar o presentar lo que no había sido considerado en su campo de saber) se exponga: exponga su autoridad, su reputación, su competencia. Pero esta es una exposición restringida, o como se diría con un tecnicismo filosofíco, “de primer orden”: arriesga en el campo delimitado de su territorio, pero no trastoca las fronteras de este ni se aventura realmente por otros paisajes de lo pensable.

La filosofía fue y ha sido muchas veces -a mi parecer- un saber expuesto a esa indagación por lo impensado. Quizá esto la hacía tantas veces tan icomprensible y poco “intutiva”, porque trastocaba justamente marcos de inteligibilidad, de pensar, y de sentir establecidos, mientras creaba otras formas de imaginación y conceptualización que contribuyeron también a la creación de otros mundos (comprensiones del sujeto, de la vida, de los derechos, de las relaciones, de la naturaleza, en fin). Pero esta distancia, creativa y experimentadora, se interpretó muchas veces y equivocadamente, como alejamiento de la capacidad popular, de la voz de cualquiera, de su inteligencia. Equivocadamente porque los conceptos filosóficos y sus figuraciones siempre han dependido de su relación -reconocida o negada- con su afuera: con actores sociales, con prácticas, y formas de hacer, con diversos lenguajes (poéticos, matemáticos, religiosos, etc).

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Y junto al filósofo rey, al pensador iluminado (hablo intencionalmente en masculino) despreciador de las palabras del “vulgo”, y dispuesto a encausarlo, surgió también el filófoso experto o, como lo llamaría Arendt, el pensador profesional: aquél refugiado en la coherencia interna de sus ideas, en servir de policía del conocimiento desde la pretensión de otorgarle a los campos de saber criterios y bases (éticas, epistemológicas, ontológicas) ciertas; o desde el deseo menos ambicioso de convertirse en el comentarista eterno de las palabras de “los grandes”, anhelante de acumular un paper tras otro, junto al aplauso emocionado de un pequeño séquito de discípulos.

Hoy quizá mucho de lo que se hace valer como “amor a la sabiduría” ha dejado de exponerse. Por supuesto que las dinámicas productivistas y funcionalistas, junto con la conversión de las Universidades en empresas asediadas por la defensa de su rentabilidad, han inducido sobre todo en la pérdida de impacto y relevancia pública de la filosofía. Pero el pensador profesional no ha resistido, sino que ha colaborado con estas dinámicas que hoy, paradójicamente para él, buscan volver también innecesaria su actividad.

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1 Comentarios

  1. Escribe usted: “Pero el pensador profesional no ha resistido, sino que ha colaborado con estas dinámicas que hoy, paradójicamente para él, buscan volver también innecesaria su actividad”.
    Y a mi me parece que de esto es exactamente lo que los filósofos no quieren ni oír mencionar. Desde los ochenta del siglo pasado en que los filósofos empezaron a vender la idea posmoderna y derivada de que “todos los pensamientos valen lo mismo (sé que estoy reduciendo mismo más estoy seguro que la esencia de la idea posmoderna es esta), ¿por qué sorprenderse de que ahora quieran eliminar a la filosofía de los planes de estudio, dejando solo un conocimiento relativo al alcance de unos pocos elegidos que piensan cosas relativas? “Total: parece que ni ellos las creen pero pueden servirnos de algo” pueden pensar los Amos.

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