Nuestra ‘Extraña fruta’

A pesar de que no lo reconozcamos, la maldad que quisiéramos nos fuese ajena es nuestra, como lo es la ternura y la compasión, y palpita agazapada en nuestro pecho, e inclemente pudre poco a poco el dulce núcleo de nuestra extraña fruta.

Por David Ríos

Muy a mi pesar tengo la antipática costumbre de contrariar a la gente, de discrepar con opiniones y conceptos aceptados por todos, y soportados con argumentos válidos, que deberían persuadirme de decir o escribir cosas, que a pesar de todo, termino diciendo o escribiendo. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces he querido callar y pasar desapercibido en una discusión, o cuántas veces me he ido a la cama arrepentido de compartir mis pensamientos en voz alta y haber desnudado ante conocidos y extraños las cosas que habitan mi atribulada cabeza.

Sin embargo, hay algo en mí que me obliga a decir lo que siento y que no me permite callar, algo que es fácil de confundir con la prepotencia, pero que, íntimamente, poco o nada tiene que ver con ella, algo que me hace sentir solitario, porque en ocasiones me obliga a vivir alejado de las personas que quiero y respeto. Y es que a veces, ese algo me lleva incluso a reñir con la realidad y llevar la contraria a cosas incontrovertibles.

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Como cuando escuché por primera vez, en voz de Billie Holliday, la letra de la canción Strange fruit (Extraña fruta), y odié su exagerada interpretación de gran cantante, su estridencia, su falta total de sutileza, y en contra del mundo quise gritar que a pesar de lo que todos piensan, aquel poema escrito por Abel Meeropol merecía algo mejor que eso, merecía vivir tan solo en el papel y no en la artificiosa melodía que el mismo Meeropol le había impuesto tiempo después, sabrá dios por qué.

Porque un texto como ese no necesita de un piano ni una melodía ni una voz que lo entorpezca, por más que esa voz sea la de Billie Holliday. Un texto como ese merece la literatura y solo la literatura, las páginas de un libro y la voz muda de quien lo lee en su cabeza, padeciendo línea a línea sus terribles imágenes, sus macabros versos.

Un texto como ese debe vivir en la solemnidad de un poema y, sin embargo, para mi desgracia, contrariando lo que pienso, sin la voz de Holliday lo más probable es que ese poema se hubiera perdido para siempre, desperdiciado en un libro olvidado y poco reconocido, y el mundo se habría privado de un tesoro quizás más hermoso y complejo de lo que incluso su propio autor imaginó, cuando después de ver la fotografía de dos hombres negros colgando de un álamo sobre una multitud de hombres blancos escribió:

Southern trees bear a strange fruit
Blood on the leaves and blood at the root
Black bodies swinging in the southern breeze
Strange fruit hanging from the poplar trees
Pastoral scene of the gallant South
The bulging eyes and the twisted mouth
Scent of magnolia, sweet and fresh

Then the sudden smell of burning flesh
Here is a fruit for the crows to pluck
For the rain to gather, for the wind to suck
For the sun to rot, for the tree to drop
Here is a strange and bitter crop * (ver traducción al final del artículo)

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Esta canción con el tiempo pasó a ser para la torpe humanidad un himno en contra del racismo, como tantas veces he leído en artículos que la referencian, y qué olvidan que las palabras son más grandes que su significado cuando son escritas por un gran poeta, como sin duda lo fue Abel Meeropol.

Por supuesto, esta canción entonada por una cantante negra en los años treinta es una denuncia desesperada, un grito de socorro y un lamento, pero para mí, que veo en ella un poema, y que la leí con una voz muy diferente a la de Billie Holliday, fue un incómodo escalofrío en mi espalda, un horror profundo que viene de un lugar mucho más secreto e íntimo que la historia norteamericana, y que vive en lo más recóndito de nuestros corazones, como un rumor de demonios que aletea irremediablemente en nuestras almas, listo a echar vuelo al más mínimo descuido, y que ha tenido diferentes formas en el tiempo: la quijada de un asno, el sabor amargo de un veneno, el filo traicionero de una daga.

Abel Meeropol
Abel Meeropol, autor de Strange Fruit (Extraña fruta)

El mismo Abel Meeropol, quien sin ser indiferente al dolor y la miseria de sus compatriotas negros en los Estados Unidos fue comunista y, al parecer, nunca tuvo un verso para las millones de personas que murieron de hambre bajo el régimen de Mao o fueron esclavizadas en los gulags siberianos. Y mientras su poema agitaba la lucha por los derechos civiles en su país, quizás soñó con pertenecer a un régimen y un sistema político y económico responsable de los mayores genocidios en la historia de la humanidad.

Así, no nos queda más que aceptar que todos y cada uno de nosotros estamos próximos al demonio. Todos estamos a merced de sus caprichos. A pesar de que no lo reconozcamos, la maldad que quisiéramos nos fuese ajena es nuestra, como lo es la ternura y la compasión, y palpita agazapada en nuestro pecho, e inclemente pudre poco a poco el dulce núcleo de nuestra extraña fruta.

(*)
Los árboles del sur producen una extraña fruta
Sangre en las hojas y sangre en la raíz
Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña
Extraña fruta que cuelga de los álamos
Escena pastoral del galante sur
Los ojos abultados y la boca retorcida
Aroma de magnolia, dulce y fresca
y de repente el súbito olor a carne quemada
He aquí una fruta para que picoteen los cuervos
para que recoja la lluvia, para que la succione el viento
para que el sol la pudra, para que caiga del árbol
He aquí una extraña y amarga cosecha.
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1 Comentarios

  1. Se ató los botines, miró a sus compañeros, primero al cinco, le miró el pelo, los rasgos, el porte, pasó al ocho, luego al tres. Todos sonreían, seguros del triunfo. Miró la pared, pegado con cinta, estaba una estampa de cristo crucificado. bitcoin precio Se fijó en la cinta, era de papel, no quería centrarse en el cristo. Al final lo miró. Respiró hondo, a medida que sacaba el aire pedía. Te pido que me ayudés Quiero ser normal. Te prometo, hacer un hospital donde me lo pidas quiero ser normal. Jugar como todos ellos. Empezó a caminar hacia el túnel, miraba todo, sus compañeros, ayudantes, técnicos. Todo iba bien, ya casi lo tenía se que, podía controlarlo. Los pasos retumbaban y el grito de la gente aumentaba.algo lo frenaba, se obligo a mantener la calma. Miró las puntas de sus botines, ya no podía volver atrás, apareció la escalera, llegó al centro de la cancha, no quería levantar la cabeza.

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