El origen de todos los males

Muchos años me ha tomado digerir aquel axioma de la física que sostiene que la energía no se crea ni se destruye, simplemente se transforma.  Lo oí por primera vez por allá en los inicios de la adolescencia y se convirtió en un rompecabezas personal. De vez en cuando he estado lúcido y lo he visto claramente, otras veces se me confunde el significado de la frase y, hay momentos como este en el que la sensación trasciende el entendimiento. Hace ocho días morí a escribir sobre política en este espacio, pero la energía que nos hace políticos, no se crea o de destruye, se transforma.

Ser político es tanto como estar vivo, no ser político es muy poco probable. Para ser no-político hay que aislarse de cualquier contacto humano, el más solitario de los seres se torna político en el momento en que aparece otro bípedo que simplemente lo mire. Así de concreto, la mirada del otro es una acción que altera la circunstancia. 

Sin los otros no hay yo, somos en relación, como aquel manido dilema de la filosofía que pregunta si al caer un árbol en el bosque, que nadie vio u oyó o sintió, podemos afirmar que se cayó un árbol en el bosque. Creemos ligeramente que la política tiene que ver con los regímenes, el estado y los partidos políticos, desechamos el término seguros de que por estar al margen de la cosa electoral o del poder, estamos, también, afuera de lo político. Y no.

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Toda relación entre dos personas o más esta inmersa en acciones políticas. La pareja,  padres e hijos, los amigos,  las sociedades comerciales, los hermanos.  En toda interacción en la que haya comunicación, de cualquier índole, hay un flujo político  que los involucrados viven con otros nombres, pero que es en esencia político.

Los hijos, la familia, son un proyecto político. En todo espacio en donde haya ejercicios educativos hay acciones políticas.  La madre que para obtener lo que desea manipula afectivamente a su hija está actuando en lo político, se pliega a lo afectivo para controlar la conducta de su hija y finalmente ejercer el poder. Eso mis queridos amigos, se llama política.  El gobernante de una familia que en busca de mantener el rumbo de su plan de acción familiar le ofrece regalos a los hijos para que se esfuercen en el colegio o la universidad, está haciendo política, de la que gusta en Colombia, de aquella que ve con naturalidad la compra de votos

“Para ser no-político hay que aislarse de cualquier contacto humano, el más solitario de los seres se torna político en el momento en que aparece otro bípedo que simplemente lo mire”.

Al colombiano no le escandaliza el comercio del voto electoral porque ya desde la infancia sus padres le han inculcado que se dan propinas por cumplir con el deber.  Solo ese insumo del hogar es suficiente para explicar que en este país la honestidad es un agregado a las características de un candidato.  La honestidad es el mínimo inalienable y exigible a cualquiera que se proponga a si mismo como servidor público.  Salir a esgrimir la honestidad es perverso, tanto como que los padres le paguen al niño por hacer la tarea o por obtener buena nota en matemáticas.

De eso quiero escribir, de la familia. Quiero reflexionar, especular, conversar, repensar sobre la célula social en donde se procesa el ADN de la sociedad.  Quiero disertar sobre la relación de padres e hijos que es, sin duda, el laboratorio en el que se sintetizan los principios con los que ha de actuar el individuo.   No se si se trate de una reencarnación o resurrección, pero lo cierto es que es un cambio de envase para hablar de la política y del poder que da origen a los valores de la sociedad colombiana.

Tengo dos hijos, Valentina y Fernando, nacidos en dos momentos distintos de mi vida. Los dos son resultado del apasionado amor que sentí por sus madres, deseados con plena conciencia y hoy en día, junto con mi esposa, que no es la madre de ninguno de los dos, mis más grandes amores.  Ella de 30 y él de 20 son el producto de un experimento que no pude evitar, ninguno de los dos traía instrucciones y para abocar la tarea de educarlos no encontré otro camino mejor que la creatividad.

Me pregunté, me arriesgué, me expuse, me asusté, me controvertí, me volví a asustar,  me confronté y por sobre todo, me pregunté, me pregunté mucho y muchas veces porque en el ejercicio de hacer bien la tarea me di cuenta de que todos los padres quieren lo mismo, es decir, hacerlo bien,  es muy difícil encontrar un padre o una madre que, deliberadamente, quieran hacer las cosas mal,  por eso me inquieté aun más, viendo un país de tanto adulto triste, insatisfecho e infeliz, no era difícil preguntarme qué es eso que hacen los padres con tan buena fe y que sale  tan mal un considerable número de veces.

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Qué pasa en los hogares de Colombia que producen tantos ciudadanos corruptos, violentos y tramposos a pesar de que sus padres sostienen haberlos educado con las mejores intenciones posibles. Qué es lo que hay en el diseño de los hogares que convierte a los adolescentes en potenciales enemigos de la paz del hogar.

Oír a un padre referirse a su hija o hijo adolescente como si hablara de la peor desgracia que ha llegado a su vida me puso una pregunta monumental en la cabeza: ¿En qué momento ese ser al que todo se le aplaude, que se le ve perfecto, que es tan bello como la abuela, o tan inteligente como el padre, o tan gracioso como la madre, tan adelantado en todo (no conozco un solo bebé que no sea superior sus congéneres, según la versión de sus padres) pasa de ser la promesa de todas las virtudes a convertirse en la gran maldición de la casa? 

“De eso quiero escribir, de la familia.  Quiero reflexionar, especular, conversar, re pensar sobre la célula social en donde se procesa el ADN de la sociedad”.

De eso me voy a ocupar en esta resurrección o reencarnación, voy a escribir de la familia, de los hijos, de las madres, los padres, voy a consignar los cientos de preguntas y reflexiones que me hecho en estos pasados 30 años en los que he descubierto el gran error de un padre o de una madre, ese que no aparece nunca en el inventario de especulaciones que se hacen cuando la vida de un hijo toma el camino infortunado, ese error que difícilmente un padre o una madre reconoce, de ese error se va a tratar esta columna.  

4 Comentarios

  1. No va a resucitar en vano señor columnista. Estaremos avidos de preguntas, de respuestas, de incertidumbres. Solo no esta en el camino

  2. Qué buen renacimiento hacia la esencia, como lo afirma la columna misma: no has muerto en cuanto columnista político, sino que has empezado a cavar hacia el núcleo de la política misma. Ya estoy que me leo el próximo artículo.

  3. La gente se prepara para ser un buen abogado, maestro, administrador de empresas etc, pero nadie o casi nadie se prepara para ser padre. Yo crie tres hijos y durante un tiempo creí que lo había hecho bien, pero ahora con el internet he leído muchas páginas de psicología infantil y puedo ver claramente en donde fallé y donde acerté. Afortunadamente es más lo positivo que lo negativo.

  4. Cómo dicen los españoles “en buena hora” es todo un milagro esta resurrección, excelente aventura pensar sobre el tema que se lo propone, creo que hace falta pensar en lo fundamental…

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