‘Fauna’, de Nicolás Pereda: ¿es posible distanciarnos de la cultura narco?

Se estrena hoy la película mexicana ‘Fauna’. Verla es intuir otras posibilidades de abordar desde el cine un problema social que Colombia comparte con México: el narcotráfico y el moldeamiento de la realidad a partir de los gestos y personajes del mundo criminal. ¿Hay alternativas frente a la tentación de repetir y glorificar ese mundo en las representaciones que hacemos de él?

Luisa, Gabino, Paco y Teresa son personajes habituales en las películas del prolífico director mexicano Nicolás Pereda. Son el paisaje familiar que nos ofrece este cine extrañado y a veces desconcertante. Luisa Pardo, Lázaro Gabino Rodríguez, Paco Barreiro y Teresa Sánchez son las actrices y actores que interpretan a esos personajes. Los tres primeros pertenecen a Lagartijas tiradas al sol, una cuadrilla de artistas que desde 2003 desarrolla proyectos escénicos y dramatúrgicos con los que –según se lee en su página web– se busca borrar las fronteras entre el trabajo y la vida.   

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La interdependencia entre realidad y ficción es precisamente el asunto central de la película Fauna. Estamos ante una narrativa que se desdobla en otras y que muestra el lugar y la importancia de las historias en la vida cotidiana. También vemos en la película cómo una determinada realidad social –en este caso, el narcotráfico y su violencia– se transforma en relato y encarna en personajes. Necesitamos de las historias para que el impacto de la realidad no nos aniquile, para seguir viviendo.

Luisa y Paco, que trabajan como actores, llegan a un pueblo minero del norte de México a visitar a los padres de la primera. A ellos –al encuentro familiar– se une Gabino, hermano de Luisa. No parece haber ningún motivo especial para la visita: ninguna celebración, ninguna tragedia. Todo simplemente ocurre, con un cierto desgano que instala muy pronto lo absurdo en la atmósfera del relato.

Vea acá el trailer de Fauna:

La familia y el visitante se reúnen a comer. Luego dan una vuelta por el pueblo, que termina en la cantina. Allí, a Paco, que ha sido actor en Narcos: México, el padre de Luisa y Gabino le pide que interprete una escena. Exige que el mundo de la ficción se repita en la realidad que representa la película. Es, sabemos, un camino de ida y vuelta, pues en Narcos es la realidad, en su aspecto más brutal, la que configura el universo de la serie.

Mientras tanto, Luisa le pide a su madre que le ayude a ensayar unas líneas para un próximo casting. Son tomadas del doloroso diálogo de madre e hija en Sonata de otoño de Ingmar Bergman. “¿Es la desgracia de la hija el triunfo de la madre? ¿Mamá… es mi dolor tu alegría secreta?”. Al día siguiente –la narración está comprimida en dos días–, Gabino le cuenta a su hermana Luisa el libro que está leyendo. Lo que oímos es una versión libre, muy libre, de Fauna, una novela breve del escritor uruguayo Mario Levrero, que empieza a ser interpretada por el mismo grupo ya visto de actores y actrices.

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Además del absurdo, es lo lúdico el otro tono predominante, o la otra licencia que organiza los varios niveles de la narración que se traslapan en la película de Pereda. Jugar con las identidades, trastocarlas. Armar los trozos narrativos como si se tratara de un rompecabezas. Entre los intersticios de esos juegos aparecen las señales de lo ominoso: las mafias producen violencias que tienen poco o nada de divertido y que, además de la vida cotidiana, alteran los relatos y la imaginación.

Porque no hay solo absurdo o derivas lúdicas en Fauna. Lo anterior son apenas líneas de fuga con las que se intenta contrarrestar la parálisis que produce la violencia, ese corte en lo real que son los asesinatos o las desapariciones, comunes en todos aquellos lugares donde prevalece el narcotráfico. Nicolás Pereda intenta pues representar los efectos de esa violencia con distintas estrategias de distanciamiento para así evitar que el espectador entre en la ficción como si pagara por un espectáculo que le garantice el olvido de lo real, o su trivialización.

Fauna Película
“Mientras tanto, Luisa le pide a su madre que le ayude a ensayar unas líneas para un próximo casting. Son tomadas del doloroso diálogo de madre e hija en Sonata de otoño, de Ingmar Bergman”.

Por tanto, el mundo ficcional que Pereda propone y construye está lleno de contaminaciones e intertextualidades. Además de Narcos: México (Paco interpreta un monólogo de Diego Luna tomado de esa serie) y Sonata de otoño, hay fragmentos de Maridos, de John Cassavetes. Fauna huye así de las representaciones realistas del imaginario narco. Tales representaciones, al intentar reproducir lo real, pueden caer en una réplica poco o nada crítica de esa primera realidad aludida, o perderse en una fascinación por las señales exteriores de esos imperios criminales, por su anecdotario y su galería de gestos monumentales.

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Con su aproximación juguetona, una película como Fauna, su director Nicolás Pereda y su grupo habitual de actores y actrices, buscan algo política y estéticamente más productivo y radical: quitarle poder a la violencia narco, desactivar sus efectos, mirarlos con extrañamiento. Justamente para no normalizar esa violencia, para no repetirla. Eligen entonces no volver a presentarla –no representarla–, sino examinar oblicuamente sus huellas para así abrazar la ilusión de que no pertenecemos a ella, ni ella nos define. Que podemos escapar a su dominio y su arrogancia devastadora.

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