Neutralidad, ideología y domesticación del arte

Las palabras del embajador de Colombia en España, Luis Guillermo Plata, sobre el criterio utilizado para escoger los autores que representarían a Colombia en la Feria Internacional del Libro de Madrid han generado muchas reflexiones sobre el tema de la neutralidad en la literatura, o más concretamente sobre su imposibilidad.

No me voy a meter en la controversia generada en torno a la literatura o el escritor neutral. Ya mucho se ha escrito sobre el tema y la mayoría coincide en los comentarios. Me parece un caso de “el embajador dijo A, le criticaron que hubiera dicho B y él rectificó afirmando que había dicho C”. En todo caso está claro que ninguna de estas opciones corresponde a los actos del gobierno en lo que se refiere a la selección de autores para la feria.

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Quisiera más bien explorar la posibilidad de separar lo literario de lo político en la recepción de la obra de un escritor. Afirmar que a uno le gusta un autor al margen de si es de derecha o de izquierda presupone que su calidad artística es independiente de su orientación política. Para el embajador, esto se comprueba con el hecho de que, a pesar de tener inclinaciones políticas de derecha, es capaz de disfrutar la obra de García Márquez y Neruda, ejemplos de literatura de valor que ofrece en su entrevista.

Esta postura corresponde a la idea de que en el arte forma y contenido son separables y que el contenido no afecta la forma o estilo. Lo que se dice no tiene incidencia sobre cómo se dice. Más que cuestionar esta postura, me interesa explorar qué presupuestos subyacen en esta idea, qué concepción de arte tenemos que nos hace pensar que la experiencia estética de una obra es separable de su contenido.

Forma y contenido son separables conceptualmente. Podemos definirlos de manera independiente el uno del otro. Sin embargo, en una obra de arte cada uno constituye y es constituido por el otro

Imaginemos a un nacionalista español frente al Guernica de Picasso en la década de los cuarenta: disfruta del estilo del cuadro, abstrae del contenido para apreciar el trazo, la composición, el juego de perspectivas. ¿Qué ocurre con la obra misma en este caso? ¿Tendríamos al frente aún el Guernica de Picasso? ¿Es posible, o aun deseable, poder abstraer del contenido y enfrentarnos a la pura forma de una obra de arte convirtiéndola así en una experiencia estética pura? Imaginemos un caso diferente: un extranjero lee el cuento Un día de estos sin saber nada de la historia de Colombia de mediados del siglo XX. ¿Es esta la perfecta, más pura, relación estética entre obra y lector? Está claro que estas dos experiencias podrían generar un placer estético. La pregunta es qué tanto se empobrece la experiencia artística. Parte constitutiva del Guernica y del cuento de García Márquez radica en su contenido, en su anclaje al mundo, sin el cual no tendrían la trascendencia que tienen.

Forma y contenido son separables conceptualmente. Podemos definirlos de manera independiente el uno del otro. Sin embargo, en una obra de arte cada uno constituye y es constituido por el otro; mantienen una relación de reciprocidad absoluta.

El carácter temporal, histórico, de la obra le otorga una dimensionalidad extra. La obra de arte no es un objeto acabado, neutro, al cual se acerca el espectador y se genera una reacción estética de placer o gusto. Ella habita y se sitúa en el mundo, dice algo y nos exige que reaccionemos; se posiciona y nos apela. Pone al espectador en juego porque lo obliga a situarse en el mundo con ella, le impone una corporalidad, un lugar y un tiempo. El embajador parece creer que esta dimensión histórica puede ser extirpable y que al hacerlo aparece el verdadero valor artístico de la obra.

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Esto nos lleva a pensar que el tema explícito en su entrevista no es la neutralidad en el arte sino la independencia de su valor. Sus declaraciones presuponen la creencia en un criterio objetivo que podría permitir el reconocimiento del arte de valor. Este criterio no podría estar basado en el contenido porque el contenido no garantiza el valor artístico. Lo que sí otorga valor artístico para esta concepción del arte es la forma.

Luis Guillermo Plata, embajador de Colombia en España, La injusticia de la neutralidad
“El embajador parece creer que esta dimensión histórica puede ser extirpable y que al hacerlo aparece el verdadero valor artístico de la obra”.

La falacia en la que se cae radica en, primero, afirmar que cualquier contenido puede generar o no valor artístico, y de aquí concluir que, por lo tanto, el contenido no incide en dicho valor. Según esta postura, pertenecer a la derecha o a la izquierda no debería tener incidencia alguna en la calidad de la obra.

La obra de García Márquez y Neruda tiene valor literario porque cumple con dichas condiciones. Habrían podido tener otras inclinaciones políticas y la calidad de su obra no se habría visto afectada. Según esto, si Neruda hubiese sido confidente de Pinochet habría escrito la misma literatura y sus obras habrían tenido la misma calidad. El embajador no cree en la neutralidad del artista sino en la independencia entre su forma de expresión y aquello que expresa.

¿Qué puede motivar el intento por excluir el contenido de la valoración artística de una obra? ¿A qué tipo de mundo se aspira al intentar purgar la obra de arte de toda ideología? Detrás de dicho deseo me parece encontrar el temor a vivir en un mundo de significado cambiante, en constante impugnación, sin valores absolutos ni puntos de referencia estables, donde todo está en juego, donde un artista que hace cierto tiempo se consideraba de gran valor ahora se puede cuestionar y menospreciar porque somos un mundo diferente y por lo tanto es una obra diferente la que tenemos delante. Es el temor a la falta de una autoridad que en su independencia de toda ideología pueda determinar en qué consiste valor artístico y quién lo posee.

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Sin embargo, el intento por evitar toda ideología se convierte en el gesto ideológico más extremo en tanto normaliza el estado actual de cosas y le cierra el espacio a su cuestionamiento y crítica. El énfasis en lo independiente y lo neutral en el arte silencia las voces que se atreven a mostrar que lo que es no tiene por qué serlo de esa manera. El arte entendido como una de las expresiones significativas del ser humano debe resaltar la escisión permanente en la experiencia humana entre las cosas como son y las cosas como podrían ser. Hablar de neutralidad o independencia en el arte equivale a su domesticación. La relación entre arte y poder, sin importar si dicho poder es de izquierda o derecha, siempre ha sido problemática, fuente de censura unas veces más abierta, otras veces más sutil. El gesto de separar forma y contenido es una estrategia sutil de domesticación del arte.

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