‘Fue la mano de Dios’: el cine como redención

‘Fue la mano de Dios’, ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Venecia, se estrenó en cines en algunos países y por poco tiempo, y ahora está disponible en Netflix. La película de Paolo Sorrentino es una evocación del fin de la adolescencia en la Nápoles de Maradona y un bello homenaje al cine y su poder curativo.

“La realidad es horrible”, afirma, enfático, como suelen ser los espíritus rotos, el joven protagonista de Fue la mano de Dios. Cuando lo dice, con el tono en que se pronuncia un grito de auxilio, Fabieto Schisa (así se llama el héroe a quien acompañaremos en su viaje de formación) ha sido golpeado por la realidad de la manera más brutal. Sobre el fondo de su propia tragedia, el muchacho reclama algo mayor –o al menos distinto– al encadenamiento causal o azaroso de los hechos. Pide la ayuda de la fantasía, la belleza o la imaginación. Quiere hacer cine, porque ve en este medio el vehículo para restituir la belleza y el sentido perdidos.

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La película del director Paolo Sorrentino es, a la vez, un álbum de recuerdos de infancia y adolescencia –de experiencias que se viven con el pasmo y la contundencia de la primera vez–, y un repaso emocional por varios momentos del cine italiano. La adolescencia de Fabieto se despliega en un marco también excepcional: la Nápoles de la década de 1980, cuando Diego Armando Maradona –ese otro heraldo de la fantasía y la imaginación– llegó a esa ciudad, como la gran estrella de su equipo de fútbol.

Nápoles es reconstruida en la película con una mezcla de estereotipos que aseguran una fácil adhesión sentimental y con destellos de feliz invención. Es la ciudad de un desafuero advertido por tantos, que lo excesivo parece ya una norma, o una fórmula (algo así como la realidad imitando a la ficción). La Nápoles que nos entrega Sorrentino es otra Rimini, la ciudad que en Amarcord, de Federico Fellini, tiene el nombre de Borgo. Y se puede hacer el vínculo entre la más famosa película rememorativa de Fellini y Fue la mano de Dios, no solo porque esta última contiene homenajes y citas muy explícitas, sino porque Sorrentino es el más felliniano de los directores italianos de hoy. 

Al deliberado irrealismo de Fellini (que no es otra cosa que una ampliación de la realidad y de sus posibilidades y derivas) se suman en Fue la mano de Dios otras presencias o fantasmas. Mientras el autor de La dolce vita realiza un casting multitudinario en el que participa el hermano menor de Fabieto, otro director italiano –Franco Zeffirelli–, de una sensibilidad que roza lo cursi, es mencionado pícaramente en las conversaciones de la cuasi circense familia protagonista. También hay un guiño a un director de la Italia trasplantada a Estados Unidos: el Sergio Leone de Érase una vez en América, una película que ronda por la casa de los Schisa como queriéndonos decir algo. 

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En cuanto al tópico narrativo de la despedida de la infancia y la adolescencia, cómo no pensar en el cine de Rossellini, por ejemplo en el cruel y vívido acceso al horror por parte del grupo de niños en el final de Roma, ciudad abierta. Es a Roma, la ciudad de la vida adulta y desencantada, a donde Fabieto aspira llegar para cumplir su sueño de hacer cine y así tener el poder de corregir a la realidad. Sí, como lo hizo Fellini, quien también hizo su peregrinaje a esa ciudad y hacia una nueva forma de fe, la creación: remedio ante la unidad desintegrada y las ilusiones perdidas.

Fue la mano de Dios
Es a Roma, la ciudad de la vida adulta y desencantada, a donde Fabieto (el joven protagonista) aspira llegar para cumplir su sueño de hacer cine y así tener el poder de corregir a la realidad.

La última película de Sorrentino está más anclada a las fuerzas de la vida que obras suyas anteriores como La gran belleza o La juventud, donde la opulencia barroca o la fastuosidad imaginativa entraban en un orden que por momentos se percibía frío o cerebral. En Fue la mano de Dios hay una calidez no forzada y mayor control de los excesos, sin que estos dejen de aparecer, especialmente en las características físicas y psicológicas de los personajes. Quizá la cercanía de algunos hechos de la película con acontecimientos de la propia vida del director, sea el fundamento de su impresión de sinceridad y verdad.

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Por autoficción se conoce ese género narrativo, hoy muy en boga, que se alimenta de materiales de la vida de los autores para transformarlos en algo autónomo y nuevo. Fue la mano de Dios pertenece a esa familia de películas recientes con un pie en la autobiografía y su fidelidad a los hechos y otro en las licencias de la ficción; el mejor ejemplo a la mano podría ser Dolor y gloria de Pedro Almodóvar. En Fue la mano de Dios, la belleza que se pierde y se invoca no es una feliz Arcadia sin contradicciones sino un espacio –mediterráneo– entre la pena y la dicha, un universo donde todo viene entreverado: locura, alegría, traición, perdón. En fin, la amplitud de la realidad evocada por el cine. La película es una declaración de amor a un oficio y a sus oficiantes: al cine y sus directores y directoras. 

5 Comentarios

  1. Muy pertinente lectura, gracias por escribirla. También la sentí más conmovedora que La Grande Belezza. Aquí Fabietto como vehículo de la historia tiene unos problemas menos estéticos o conceptuales, más tiernos y “reales”, que los de Gep Gambardella.

    Como todo Sorrentino es un cine preciosista, que, a veces privilegia la plástica de la imagen que lo que ocurra en la historia, sin embargo, aquí hay unos momentos de ternura masculina y de intimidad realmente valiosos.

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