Biden borró el fantasma de Trump en sus primeros 100 días, pero lo más duro está por venir

Es difícil imaginar un Estados Unidos más convulsionado que aquel que recibió Joe Biden el pasado 20 de enero.

Dos semanas antes de posesionarse, el asalto al Capitolio consumó cuatro años de decadencia en el sistema democrático norteamericano, que tocó fondo por cuenta de la polarización irremediable del Congreso y la impunidad que ostentó Donald Trump durante su mandato. A ello se sumaba la pandemia, que para aquel momento ya tenía a Estados Unidos como el país con más contagios y muertes por el virus, y que sufrió los embates económicos de 2020 como el resto del planeta. Y en medio de cuarentenas y confinamientos, nada logró evitar que la muerte de George Floyd en un procedimiento policial movilizara a miles de estadounidenses pidiendo justicia por un caso de racismo y brutalidad que conmocionó al mundo y desató revueltas en plena campaña electoral. Definitivamente, Biden recibió un país pasando horas bajas.

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El demócrata fue claro en su discurso de posesión, y enumeró cuáles serían las prioridades de su gobierno en sus primeras semanas: “el covid-19 y la resultante crisis económica, la crisis climática y el problema de la igualdad racial”. Con ello en mente, Biden comenzó su mandato en la Casa Blanca, en donde el cambio de tono en comparación con el de su predecesor ha sido evidente, así como su inclinación hacia políticas de izquierda que muchos no esperaban debido a su perfil moderado, sobre todo dentro de los propios demócratas.

Esta semana, Biden cumple 100 días de mandato. La anecdótica fecha es apresurada para sacar conclusiones rotundas sobre la era Biden, pero lo que ha hecho hasta ahora ofrece pistas sobre el país que el 46o presidente de los Estados Unidos quiere construir.

Pandemia y vacunación, el primer desafío

Nada más llegar a la Casa Blanca, Joe Biden llevó a cabo varias órdenes ejecutivas para dar marcha atrás a muchas otras que había firmado Trump. Así, Biden viró en una dirección más liberal de la esperada, con cambios en asuntos como la discriminación racial y de género, la regulación medioambiental y la salud.

Sin embargo, dentro de todas estas directrices las más trascendental fue el paquete de apoyo económico de 1.9 billones de dólares, destinado a contrarrestar los estragos ocasionados por la pandemia. El plan, aprobado por el Congreso y mucho más grande de lo anticipado, duplica el tamaño de los estímulos otorgados durante la gran recesión de 2009 en el gobierno de Barack Obama, con Biden como vicepresidente.

Pero además del impulso económico de Biden para contener los estragos de la pandemia, también estuvo al pie del cañón en el plan de vacunación. Logró la meta de distribuir 200 millones de dosis de vacunas en los primeros 100 días de su mandato, y autorizó la vacunación de todos los adultos el 19 de abril, dos semanas antes de lo previsto. También ha sido clave el cambio de discurso tras las salidas en falso de Trump al referirse al origen del coronavirus o al uso de tapabocas. Actualmente, en Estados Unidos están abiertos la mayoría de los establecimientos comerciales y ya se realizan eventos con aforo limitado, y para eso es clave que en la cabeza esté un presidente que se tome la pandemia con seriedad.

Crisis en la frontera

Seguramente el punto más cuestionable de lo que va de la era Biden haya sido su manejo de la crisis migratoria en la frontera con México. El demócrata no ha tomado decisiones trascendentales en materia de refugiados y solicitudes de asilo, y se ha mantenido hasta ahora continuista con las políticas proteccionistas de Trump. Es cierto que Biden busca proteger la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés) que beneficia a los indocumentados que llegaron cuando eran niños a Estados Unidos, pero en materia de migración su equipo tiene que revisar alrededor de 1.000 modificaciones heredadas del periodo Trump. También es cierto que Biden planea aceptar alrededor de 125.000 migrantes indocumentados. Sin embargo su primer año podría ser el que dé entrada al menor número de refugiados a Estados Unidos desde 1980.

En este sentido, la crisis migratoria ha puesto de manifiesto que Biden no está seguro de implementar en el tema migratorio las políticas liberales que no ha dudado en adoptar en otros terrenos. Para Perry Bacon Jr., analista del gobierno Biden en FiveThirtyEight, “la poco coherente política de inmigración de Biden sugiere que su administración no ha decidido si romper con las duras políticas del gobierno Trump o evitar verse demasiado liberales en materia de refugiados”, un dilema que, como sugiere Perry en aquel medio, podría estar motivado por la intención de los demócratas de mantener el favor de los votantes indecisos en las elecciones del Senado en 2022.

China, Rusia y el ‘adiós’ a Oriente Medio

Tras el aislacionismo de Estados Unidos durante la era Trump, muchos esperaban que Biden retomara relaciones con sus aliados europeos y en otras regiones. En efecto, uno de los primeros contactos internacionales de su gabinete vino por cuenta de su secretario de Estado, Anthony Blinken, quien participó en una reunión de emergencia con los representantes europeos para intentar salvar el acuerdo nuclear de Viena, de 2015, y calmar las aguas tras las amenazas de Irán de enriquecer uranio al 60 por ciento (amenazas que, a día de hoy, ya se materializaron). Biden también discutió este asunto en febrero, en una conversación telefónica con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

No dejaron de sorprender los primeros acercamientos de Biden con sus homónimos en China y Rusia. En ellos, el presidente estadounidense trazó una clara línea con ambos. En febrero, a Vladímir Putin le señaló su preocupación por el caso Alexéi Navalny, y por la militarización de la frontera ucraniana. A propósito, Biden contactó a Putin de nuevo el 15 de abril, y además ordenó sanciones económicas contra Rusia y la expulsión de diez diplomáticos de aquel país como reprimenda por la peligrosa avanzada militar. A Xi Jinping lo atizó por la dramática situación de la comunidad uigur, por la escalada de la tensión con Taiwán y por los ataques y encarcelamientos masivos de activistas prodemocracia en Hong Kong. Con ambos acercamientos, Biden sorprendió de nuevo a quienes esperaban una actitud más cauta por parte de un demócrata históricamente cauto.

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En todo caso, la decisión que destaca de estos primeros meses en materia internacional es el anuncio de la retirada de todas las tropas norteamericanas de Afganistán en los próximos meses. El mandatario prevé que el 11 de septiembre se haya completado la salida de todos los cuerpos militares estadounidenses, que han permanecido en Afganistán desde hace 20 años bajo el pretexto de combatir el terrorismo, pero con problemas para contener a la insurgencia de los talibanes. La decisión deja al gobierno de Afganistán expuesto a una dura ofensiva de los talibanes, que podría evitarse si Estados Unidos puede mediar en el acuerdo de paz entre las dos partes, un proceso hasta ahora imperfecto impulsado por el gobierno de Trump.

También resonaron los bombardeos de Estados Unidos en Siria contra fuerzas proiraníes, los primeros ataques militares aprobados por Biden en su mandato. Los ataques fueron una represalia por las ofensivas de proiraníes contra las bases militares estadounidenses en Irak, una respuesta calculada por el gabinete de Biden para no aumentar las tensiones con el gobierno iraní y el affaire nuclear. Tras los bombardeos, Biden anunció que también retirará las tropas estadounidenses de Irak. Como le dijo a este medio Ben Denison, investigador de Centro de Seguridad Internacional de la Universidad DE Notre Dame, “está por verse cómo la administración Biden lidia con Irán, y si un acuerdo nuclear más amplio y la salida de las fuerzas norteamericanas de Irak y Afganistán afectará las tensiones entre las milicias en Siria e Irak”.

Biden da señales de dar mayor peso a la diplomacia que al control militar, sobre todo si se tiene en cuenta que el número de fuerzas especiales estadounidenses desplegadas en todo el mundo se encuentran en su menor nivel desde 2001, con unas 5.000 unidades. Denison concluye que “es evidente una reducción en la importancia de Oriente Medio para la administración Biden, orientada a competir con China y a defender a los aliados de Rusia utilizando todas las herramientas posibles, no sólo el arsenal militar”.

Terrorismo interno y reforma policial

Desde finales de febrero y durante marzo y abril, una serie de tiroteos encendió las alarmas en todo el país. Decenas de personas perdieron la vida en estos atentados en Indiana, California o Colorado, muchos motivados por motivos raciales o xenófobos. La mayoría de estos ataques ha sido catalogados como terrorismo interno, y atribuidos a integrantes de grupos supremacistas y de extrema derecha, y a las comunidades radicales que se esconden en internet. 

Ante esta escalada de violencia, Biden presentó un plan para limitar el mercado de armas, instando a prohibir que los particulares puedan tener fusiles de asalto de tipo militar, o reducir la propagación de las llamadas “armas fantasma”, que se construyen artesanalmente y son difíciles de rastrear cuando son utilizadas en un crimen. También encargó un reporte exhaustivo sobre la violencia con armas de fuego a nivel nacional, pero sus propuestas enfrentan un rechazo irreconciliable por parte de los republicanos en el Congreso.

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La brutalidad policial asociada al racismo también tuvo su lugar en las últimas semanas. El juicio contra Derek Chauvin, el policía que estranguló al afroamericano George Floyd en mayo de 2020, llevó de nuevo a los estadounidenses a las calles, quienes siguieron el proceso con atención a la espera de un veredicto justo. Chauvin fue declarado culpable de todos los cargos en su contra, una decisión que Biden consideró “un gran paso adelante en la marcha hacia la justicia en Estados Unidos”.

Pero el juicio estuvo atravesado por otros incidentes entre policías y afroamericanos. El más sonado fue el asesinato de Daunte Wright, un joven negro al que una policía le disparó  durante un control de tráfico en Brooklyn Center, Minnesota. En Carolina del Norte, Andrew Brown Jr., otro ciudadano negro, también murió cuando le dispararon durante un registro en su casa. Al igual que con la reforma al porte de armas, la reforma a la policía para contrarrestar casos de racismo y abuso policial se encuentra estancada en el Congreso por cuenta de los republicanos.

Lo que le espera a Biden

A poco de cumplir el centenario, Biden estuvo al frente de la cumbre virtual por el Día de la Tierra, en la que prometió que Estados Unidos reducirá las emisiones de gases de efecto invernadero a la mitad para 2030 en comparación con las cantidades de 2005. Biden ha sorprendido a todos al atender los reclamos del sector progresista en materia medioambiental, sobre todo al haber vuelto cuanto antes al Acuerdo de París. Lo que le espera de aquí en adelante, no sólo en materia ambiental, condicionará el éxito del resto de su presidencia.

Biden no cuenta con una amplia mayoría demócrata en Cámara y Senado para llevar a cabo todas las reformas que planea. De hecho, y como se ha visto, muchos de sus proyectos se verán truncados al menos hasta 2023, cuando las elecciones al Senado en noviembre de 2022 podrían favorecer a los demócratas y aumentar su bancada. Como señala Bacon Jr., “la inhabilidad o indisposición de los demócratas para reformar, combinado con la oposición republicana a Biden, podrían hacer que el presidente no pueda hacer nada en materia de control de armas, cambio climático, salud o en una reforma económica permanente”.

Sobre el rol que tendrá Biden como presidente, no sólo en los próximos meses sino que probablemente durante todo su mandato, Julia Azari, profesora de Ciencia Política de la Universidad Marquette, opina que “las dinámicas de los partidos y el peso de las políticas ya existentes harán que sea difícil para Biden cambiar el sistema. Sin embargo, creo que Biden tendrá mucho aprecio de cierto sector, especialmente de periodistas e historiadores, simplemente por no comportarse como Trump”.

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En todo caso, Biden confía en que uno de sus proyectos más ambiciosos cuente con la aprobación del legislativo. Para terminar de impulsar la economía norteamericana, el presidente ya propuso un paquete económico de 2 billones de dólares en infraestructura, que ampliaría la influencia del gobierno federal. Como le explicó a este medio Eric Smith, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de California (Santa Bárbara), lo interesante de este proyecto es que “va más allá de los programas tradicionales de infraestructura, como aquellos para reparar puentes y carreteras. En cambio, incluye ayuda para niños y adultos mayores, y aleja la inversión económica norteamericana de los combustibles fósiles”. Por ahora, la propuesta no convence lo suficiente en el Congreso, pero en el caso de esta reforma no cabe duda de que Biden insistirá lo que sea necesario.

Por otra parte, el gabinete Biden tiene pendiente revisar la designación de Cuba como promotor de terrorismo, una de los últimos movimientos de Trump. La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, admitió que el país centroamericano no es por el momento una de las principales prioridades del presidente, pero que Estados Unidos está “comprometido con hacer de los derechos humanos un pilar central de nuestra política”.

También está por verse qué fichas mueve Biden al sur del continente. Es probable que, al igual que hizo con Rusia por su provocación en la frontera con Ucrania, el presidente norteamericano no escatime con sanciones económicas contra Venezuela. Y aunque no parece que el presidente norteamericano piense en intervenir activamente en la región, tendrá que buscar nuevos aliados en América Latina, ya que el principal de la era Trump, el brasileño Jair Bolsonaro, transgrede claramente los principios que han motivado hasta ahora la presidencia de Biden.

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