Golpe de estado, no. Un estado hecho a golpes

Iniciemos la transición hacia un estado sin golpes. No nos dejemos sitiar. Votemos con conocimiento y convicción. Elijamos pensando en nuestro bienestar y también en el de todos aquellos que han sido, una y otra vez, golpeados por el leviatán.

Un poco de luz se asoma en esa ínfima ventana rectangular del escudo antibalas. A través del recuadro se avizora aquel rostro de ébano con la comisura de los labios y la mirada realzadas hacia el resplandor de futuro que sigue a ese mujerón caucano a donde quiera que vaya.

El resto es la oscuridad de un latón policial con buena parte de la ventanilla empañada por quién sabe cuantos golpes. Huellas de colisiones que impiden distinguir el aluvión de escoltas que rodean a Francia Márquez en esa tarima sobre la que acaba de expandir la poética de su palabra en el cierre de campaña.

Esa imagen, capturada por el fotógrafo Iván Valencia para un reportaje de El País (España), es el retrato de Colombia: no hay ventana sino una amalgama de heridas abiertas que nos impiden ver con claridad y que, en vez de sanarlas, intentamos acordonarlas con acero.

Detrás de ese búnker que nos circunda y nos acecha, estamos entumidos de pánico. Esa es la diferencia con la candidata vicepresidencial, quien no se amilana a pesar del terror que ha sufrido en carne propia y en la de los ancestros que la pueblan, y de que en ese instante está cercada por una sombra marcial que la protege de un laser que apunta sobre su humanidad. De hecho, la foto nos revela un semblante apacible sobre el que crecen crisálidas de una vida sabrosa. Porque al igual que muchos “nadies”, ella es resistencia creadora de otros mundos posibles.

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En cambio, buena parte de los “alguienes” con pocos o muchos privilegios, otros tantos “nadies”, y aquellos que balbucean “usted no sabe quién soy yo” porque en realidad no tienen ni idea de la nimiedad que representan, se han convertido en esta cruenta contienda electoral, en seres sitiados.

Es increíble que mucha de la gente que ha sido realmente intimidada, confinada, que ha puesto los muertos, que ha escuchado las balas y las amenazas de despido o de cierre de las empresas que los emplean, siga con la entereza intacta hablándonos de reconciliación y de su apuesta por la transformación; mientras otros que no han vivido ni la mitad de eso, continúan en “modo avión”. No emprenden el vuelo hacia los proyectos de inclusión, equidad, paz y sostenibilidad (entre otras) que tienen un par de candidatos. No uso las palabras “cambio” ni “unión” porque a las pobres las han distorsionado y manoseado los más farsantes candidatos de estas elecciones. Y esa alteración semántica sí que da miedo. 

Como dice el reconocido cantante brasilero Lenine en su canción ‘Medo’, el miedo es: “(…) Una trampa que atrapó el amor, una llave que encerró la vida, una grieta que agrandó el dolor. (…) El miedo es una línea que separa el mundo, un lazo que se aprieta en nosotros, una fuerza que no nos deja andar. Miedo, que da miedo del miedo que da. (…) Ese miedo estampado en la cara o escondido en el sótano. Ese miedo circulando en las venas o a punto de colisión. Ese miedo a dios y al demonio, al orden y a la confusión. (…) El miedo es horrible, el miedo domina, el miedo es la medida de la indecisión”.

Ese estado abominable es el que unos pocos quieren que habitemos para eternizar su opulencia a costa del bienestar de una gran mayoría. Saben que la parálisis es hija del miedo, hermana de la duda y ahijada del pesimismo. Parentela que nos condena a la apatía, a la abstención, a la polarización y a la sin razón bajo los lemas: “pa’ qué voto si será lo de siempre” o “toca votar contra fulano”. Y ahí, en ese preciso instante dejamos de ser reflexión, decisión, voluntad y ecuanimidad. Nos convertimos en reacción, en prevención, en la obligación de una plana de cuaderno lleno de letras sin análisis y sin sentido:

Nos vamos a convertir en Venezuela, nos vamos a convertir en Venezuela…

El del alias es el mandadero de Pablo Escobar, el del alias es el mandadero de Pablo Escobar…

La guerrilla está a punto de subir al poder, la guerrilla está a punto de subir al poder…

La anticorrupción es la cura de todos los males, la anticorrupción es la cura…

Un tibio no puede con Colombia, un tibio no puede con Colombia…

Así una y otra vez bajo la mecánica irresponsable de repetir estupideces peligrosísimas. Y entre más se dicen más crece el miedo, y entre más miedo más fragilidad, y a mayor fragilidad mayor tendencia a buscar un macho que nos revise las planas, nos lacere y nos fustigue el pensamiento por nuestro “bien”, porque así se cuida y se enseña. Porque te quiero te aporreo. El perfecto Síndrome del Patriarca en el que no nos merecemos a un “tibio” sino a un bravucón que defienda el virgo de la patria dándole en la jeta a otros y, por supuesto, a nosotros. ¿Cuál golpe de estado?, aquí lo que hay es un estado hecho a golpes ¡Carajo, qué horror!

Ese Leviatán de temibles patriarcas y matriarcas fuera de sus cabales, también usa las planas para que el miedo se convierta en la chispa “responsable” de un incendio que termine en un caos conveniente. Ecuación que ha sido aplicada en varios momentos de la historia de Colombia y que en ocasiones ha sido hito fundante del derramamiento de sangre en este país. Donde, además, cínicamente se transfiere la “responsabilidad” del polvorín, a aquellos seres sitiados por el pánico.

Esos son, nada más y nada menos, que los cimientos de esta carrera electoral donde incluso el leviatán se asusta. La cadena perpetua que tararea el coro de la canción citada: miedo, que da miedo del miedo que da. Mentiras, confusión, el relato de la barbarie, el presagio de la hecatombe y, también, verdaderas acciones violentas para aumentar la zozobra, la vulnerabilidad, y entonces procurar, desesperadamente, el orden y la seguridad de ese patriarca que también tiembla por el síndrome de abstinencia que le genera pensar en la posibilidad de quedarse sin poder.

Iniciemos la transición hacia un estado sin golpes. No nos dejemos sitiar. Votemos con conocimiento y convicción. Elijamos pensando en nuestro bienestar y también en el de todos aquellos que han sido, una y otra vez, golpeados por el leviatán. Recordemos siempre que somos porque los demás son. Abrámosle la puerta a la compasión y a la construcción de un estado que se soporte en políticas de la afinidad.

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