Guardas de seguridad, otros héroes anónimo de la pandemia

“Con menos protagonismo en los medios de comunicación, de forma abnegada y silenciosa, sin esperar ningún tipo de reconocimiento, los guardas de seguridad pasaron a cumplir un rol fundamental en la sociedad, convirtiéndose en unos verdaderos héroes anónimos”.

Pese a los importantes avances en las tasas de vacunación y el manejo de la pandemia en Colombia, aún es difícil determinar el impacto que tendrá la variante ómicron en el país, en donde más de 125.000 personas han muerto por el coronavirus. En el mundo, más de 5 millones de personas han fallecido por el virus, que oficialmente ha contagiado a más de 250 millones.

Esta plaga silenciosa y mortal llegó a plena luz del día para transformar nuestros hábitos, costumbres y hasta la forma como nos relacionamos, incluso, con los miembros de nuestra propia familia. La incertidumbre cobró protagonismo hasta el punto de que la esperanza de vida, que en el mundo era de 77 años, de un momento a otro quedó reducida a solo unos pocos días frente al temor constante de que nosotros o algún miembro de nuestra familia terminara contagiado, con las posibles consecuencias por todos ya conocidas.

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En esta extraña época que nos tocó vivir, a la par con los profesionales de la salud, pero con menos protagonismo en los medios de comunicación, de forma abnegada y silenciosa, sin esperar ningún tipo de reconocimiento, los guardas de seguridad pasaron a cumplir un rol fundamental en la sociedad, convirtiéndose en unos verdaderos héroes anónimos.

Cuando los gobiernos alrededor del mundo confinaron a toda la población en sus casas como una medida extrema para bajar las tasas de contagio y muertes, cuando las calles quedaron desoladas y todo se paralizó, los hombres y mujeres de seguridad respondieron al llamado que les hicieron las empresas, industrias, establecimientos educativos, centros comerciales y conjuntos residenciales donde prestaban sus servicios para permanecer allí, protegiendo y cuidando todo, mientras todos los demás nos resguardábamos de esta terrible amenaza en la seguridad de nuestros hogares.

Los guardas de seguridad, al igual que los profesionales de la salud y policías alrededor del mundo, dejaron solas a sus familias y salieron de sus casas para arriesgar sus vidas; salieron a cumplir con su sagrado deber, aun sabiendo que durante más de un año no tuvieron ninguna inmunidad frente a ese mortal enemigo que los acechaba a cada momento y que en algunos casos termino con sus vidas.

A lo largo y ancho de la geografía de los países, los hombres y mujeres siguen portando hoy orgullosos su uniforme, con mucho compromiso y sentido de pertenencia, sintiendo las empresas e instituciones donde prestan su servicio como su segundo hogar y a los compañeros como una extensión de su familia. 

Al compartir sus jornadas de trabajo, de día y de noche, afianzan los lazos con los demás guardas del puesto. Horas y horas apoyándose mutuamente, protegiéndose los unos a los otros, construyen los mejores ejemplos de trabajo en equipo. Confiar la propia vida y la integridad en el compañero que sale a hacer la ronda es el reflejo del total compromiso con un trabajo tan importante y delicado.

Guardas de seguridad
Guardas de seguridad

Ser guarda de seguridad no es para nada un oficio sencillo. Hay tanta responsabilidad como riesgo y, para hacerlo bien cada día sin desfallecer, la motivación debe nacer de lo más profundo del corazón. La respuesta es la familia: su cónyuge, sus hijos, los padres ya mayores son quienes les generan, desde casa, la fuerza necesaria para madrugar o pasar las noches y madrugadas, para ir lejos, en la bicicleta o en el transporte público, para estar de pie largas jornadas, para trasnochar y soportar el frío, el calor, la lluvia y, en muchas ocasiones, la soledad.   

Al final de largas jornadas de trabajo se despojan del uniforme que con tanto honor portaron y lo doblan con esmero y pulcritud para dejarlo listo para el turno de la mañana siguiente. Toman el autobús, su motocicleta o su cicla, y hacen el viaje de regreso por el que todo vale la pena.  Al llegar a la casa, huelen la comida recién preparada, se escuchan las sonrisas de los hijos y se sienten venir abrazos y besos.

Es en su hogar, el calor que reconforta el alma, donde está la mejor recompensa que reciben nuestros héroes anónimos, quienes ya cumplieron la importante labor de ese día como guardas de seguridad.

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