¿De la noche a la mañana?
Con el peso de un piano, pero con viento de cola, Gustavo Petro deberá demostrar más temprano que nunca su capacidad de materializar los anhelos del país periférico que, castigando la ineficacia y la soberbia de dos siglos de gobiernos oligárquicos, le votó.
Tras la histórica tarde del 19 de junio de 2022, la nación colombiana anocheció y amaneció con oscilaciones ambiguas de esperanza y miedo. Ambas pasiones que, en nuestra muy lejana modernidad, retratan no solo una caótica y reiterativa relación de fuerzas entre perdedores y ganadores, sino también el escepticismo que por igual se percibe de cara al desenlace del –ojalá– cuatrianual periodo del gobierno entrante.
“Tanto va el cántaro al agua hasta que por fin se rompe”, reza el adagio popular, fiel al epílogo de la eterna lucha de la izquierda por llegar al poder. Errores tácticos, desaciertos programáticos, pero sobre todo una trágica persecución derivada en un exterminio sistemático, privaron hasta ayer el derecho de un gobierno alternativo de izar bandera en la Casa de Nariño. Así mismo, la desconfianza provista por la combinación de las formas de lucha a través de la cual actuaron las casi desaparecidas guerrillas con orientación política marcó el sinuoso camino por el que tuvieron que transitar un buen número de los hoy pletóricos de gloria.
Sobre Gustavo Petro: no fue la suerte ni el azar. Su victoria es una bofetada a la politiquería tradicional, así la lleve empotrada. Es su tenacidad, inteligencia y sobre todo una innegable capacidad de adaptación al sistema que por décadas criticó y sin el cual no hubiese podido triunfar. Suscita muchos interrogantes, eso sí, qué tipo de liderazgo ejercerá como jefe de Estado. Porque además de su talante, el desafío inmediato será el de conformar un gabinete de las más altas calidades y cualidades.
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No obstante, es seguro que este se erigirá por arreglos clientelistas, quienes lo conformen deberán diseñar para cada cartera la mejor ruta posible que conduzca a atender las demandas que con urgencia ese pueblo sumido en la pobreza estructural que se abalanzó a las urnas, le demandará desde el día uno.
Para mesura de los entusiastas, ¿es la elección de Gustavo Petro la solución inmediata a todos los problemas del país? No. De la noche a la mañana no pasará nada extraordinario. Tal parece que cuatro años son muy poco y estamos lejos de la orilla. En un país donde hablar de política es un acto de pendencia y no de prudencia, es necesario bajar los ánimos y observar con sentido crítico y vigilante cada paso del gobierno electo. Que el romanticismo y la euforia no obnubilen la realidad: es preciso y saludable creer que es posible, que con empeño y buena letra se puede, pero también abandonar la fe ciega. Los milagros en el manejo de lo público no suelen ocurrir, aunque de inercias mesiánicas sepamos mucho.
A quienes creen y respaldan a Petro, sepan que la cuesta es alta y los recursos escasos: casi 90 billones de pesos de déficit, la anunciada desconfianza del sector privado, especialmente de las industrias extractivas que en lo inmediato mueven la caja, y un país regionalmente fragmentado, asimétrico y probadamente incapaz de materializar transformaciones por la incompetencia generalizada de los gobiernos locales y departamentales, hacen aún más complejo el reto de acercar las dos –o tres– Colombia que en medio de la riqueza natural yacen en la miseria y el abandono.
Para quienes no apoyamos a Gustavo Petro, saber que no todo está perdido. Simpatizantes, seguidores, áulicos, y del otro lado, sectarios opositores, o aquellos que moderadamente mostraron reservas por su pasado político y ejecutivo –quizás guerrillero–, o quienes simplemente tenemos a priori reservas de fondo, todos por igual tendremos que seguir trabajando por nuestro interés individual y por el país que queremos. Nadie nos va a regalar nada. Si creemos erróneamente que el éxito, lo que producimos o hacemos para vivir y nuestro porvenir, depende de quien nos gobierna, pereceremos ante su predecible incapacidad de componer lo que mal funciona.
Del gobierno electo guardo optimismo y esperanza de que tenga la clave para enderezar las relaciones bilaterales con Venezuela, destrabar la implementación de los acuerdos de La Habana y hacer frente de manera eficaz, desde un tratamiento liberal, a la agenda de lucha contra las drogas. Un viraje moral, legal y económicamente aceptable en beneficio de las poblaciones y territorios productores.
Con el concurso de su vicepresidenta, veo también una oportunidad inmejorable de abanderar sin tapujos la agenda ambiental, al menos a escala iberoamericana. Es estratégico que sea Francia Márquez la portadora de un mensaje de inclusión, defensa de derechos y sostenibilidad, dentro y fuera del país, no que su labor se limite a ser el escudo que resiste los embates del mismo pueblo que se sublevará cuando vea la inacción y la incapacidad de producir resultados inmediatos.
Con tantos temas por tratar y poco espacio, dos preguntas poco abordadas en el debate electoral: ¿podrá el electo presidente atajar el influjo del narcotráfico en las economías locales y regionales? ¿Tendremos nuevamente un presidente connivente con la inyección de capital ilícito proveniente del campo a las ciudades? (tema en agenda para una próxima reflexión).
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Es que muy a pesar de los patrones de consumo derivados de economías ilegales y la recuperación económica de la que tanto se ufana el gobierno saliente, me cuesta creer que en el corto plazo y frente a la expectativa de “vivir sabroso”, el gobierno de Gustavo Petro logre continuar con dicha dinámica y que esta vaya de la mano con la creación de más y mejor empleo –legales y formales–. Solo como dato conexo, el país cerró 2021 con una tasa de desempleo del 13,7 por ciento, 2,2 puntos menos que en 2020; es decir, el número de desocupados el año pasado fue el segundo más alto en 21 años, solo superado por las cifras de 2020. ¡Este es el gran reto!
Desde lo institucional y, con el respeto que me merecen los incondicionales y también prevenidos petristas subidos al bus de la victoria, por cómo se ‘facturó’ en la campaña dudo que se conforme un equipo de gobierno que logre con alta efectividad y dinamismo resultados de inversión y desarrollo en la agenda interna del país, especialmente en temas claves como educación, protección social y defensa-seguridad.
Muy similar a como sucedieron las cosas tras la reelección de Juan Manuel Santos y durante el actual gobierno de Iván Duque, tendremos cuatro años con bastante más de lo mismo en cuanto al reparto burocrático. El mapa de coaliciones del Pacto Histórico restará independencia y margen de maniobra en la toma de decisiones, cuando no por supuesto, deberá sortear la tempestuosa relación que se avizora con el Legislativo y los entes de control cooptados por el mandatario saliente.
Aunque expreso escepticismo frente al alcance material del gobierno de Gustavo Petro, solidariamente ofrezco mi fe y buenos deseos. Porque si logra materializar tan solo un poco de sus ambiciosas propuestas, respondiendo sin ambages y oportunidad a ese pueblo rebelde y ansioso de cambios, al país le irá mejor que en este aciago cuatrienio que se cierra. La campaña terminó. No más grandilocuencia con propuestas irrealizables asociadas a infraestructuras de transporte o gasto público desbordado. Es el tiempo de la responsabilidad social y fiscal. También del trabajo duro, la gestión por resultados con estándares de gerencia pública y un diálogo horizontal y prudente hacia dentro y fuera del Estado.
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4 Comentarios
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Interesante reflexión… A lo del elevado presupuesto necesario para cumplir..agrego…como va a hacer disminuyendo la productividad de hidrocarburos?.. Fuente principal de recursos y regalias para las regiones?