De Petro a Chávez (1)

No tengo la menor duda de que el mentor político de Gustavo Petro Urrego es Hugo Chávez Frías, hoy convertido, este personaje, por derecho exacto y por inhumanos resultados, además de una caricatura, en una realidad máxima del político dañino y destructor.

Difuminado y fantasmal, Chávez viaja entre las tristes brumas de los millones de venezolanos, indigentes todos los que huyen de su patria, calcinada por los incendios económicos causados por su falsificada revolución. Actuó como un prestidigitador que, para tanto mal, se coló por entre los resquicios falibles de la democracia venezolana.

Empero, lo que a pesar de ello regocija y suscita a sus admiradores en la izquierda no son sus criminales resultados en relación con las condiciones de vida, repito, de los venezolanos, sino que aquello que los conmueve y pone en éxtasis, fue su capacidad, incluso post mortem, para perpetuarse en el poder. Catorce años allí el comandante inicial (y solo lo truncó la muerte), y ocho años más de sus secundarias comparsas y figurantes a través de Nicolás Maduro. Veintidós años, todo un récord, con procedimientos antidemocráticos y amañados, ejemplo y guía para los que aspiran a conseguir iguales poderes con duraciones parecidas. Chávez, para ellos, en esto es el arquetipo. El inolvidable e inolvidado maestro.

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Nicolás Maduro. Foto: AFP
Nicolás Maduro. Foto: AFP

Por ahora voy a examinar, no las diferencias o similitudes personales entre Gustavo Petro y Hugo Chávez, sino que voy a inquirir sobre un tema de idiosincrasia política en Venezuela, que me sirve para diferenciar las distintas actitudes culturales entre los electores de las dos naciones.

Quedarán para posteriores escritos las circunstancias políticas, sociales, económicas, históricas y también culturales en las que se desenvolvió el venezolano presidente Chávez para contrastarlas con las actuales circunstancias de Colombia hoy y, en las cuales, se desempeña el candidato de la izquierda. También será de interés posterior analizar las diferencias personales entre estas dos figuras, así como las distintas estrategias electorales del uno y del otro.

Una serie de elementos de juicio me otorga el hecho de haber sido el embajador de Colombia en Caracas, tanto en esos tiempos de la primera campaña de Chávez como luego en el inicial desarrollo del gobierno del comandante y presidente.

Al examinar las campañas presidenciales en uno y otro país, me permito opinar que es y ha sido mucho más reflexivo y serio el elector colombiano. Va esta verdadera, no anécdota, sino realidad de una campaña presidencial en Venezuela. Jaime Lusinchi, el candidato de los adecos en 1983, a las manifestaciones de plaza pública, de manera invariable, se presentaba con dos acompañantes, también manifiestas y visibles: una botella de whisky y su íntima y extramatrimonial amiga, de nombre Blanquita Ibáñez.

Su contraparte, los copeyanos, dirigieron entonces toda su artillería, para descalificarlo, mostrando en la publicidad estas dos constantes específicas de Jaime Lusinchi. Lo presentaron como un amancebado, como un toma trago, como un juerguista. Algún genio, tanto de la publicidad como de la psicología social, se ideó la respuesta justa, con un sonriente eslogan como réplica: “Vota por Jaime, un tipo como tú”.

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Jaime Lusinchi
Jaime Lusinchi

Jaime insistió, durante todo el trayecto electoral, en continuar con sus dos acompañantes. Si los adecos eran mayoría, en el escrutinio arrasaron, más aún si cabe, con ese plus por bandera: alcohol y barragana. Consta que con gran entusiasmo tanto los hombres como las mujeres, como en Fuenteovejuna, fueron en mayoría todos a una a votar por Jaime, para colocarlo en el gobierno con sus dos escoltas y camaradas.

Sigo con Jaime y con Blanquita. Durante esa presidencia, a ella la identificaron como el gran poder, por aquello de arriba en los contratos pero situada debajo sobre la cama. Terminado el periodo, fue condenada por corrupción; se refugió en Costa Rica, regresó, se postuló para el Congreso, y aunque la dirigencia de su partido la vetó, las encuestas indicaban que el 60 por ciento de los venezolanos simpatizaban con su candidatura. ¡Macanudo porcentaje de aceptación para una persona pública importante condenada por actos de corrupción!

Entiéndase que no estoy comparando a Gustavo Petro con Jaime Lusinchi. Lejos de ello. Personajes tan disímiles son. Lo que deseo resaltar, con estos demostrativos hechos, son las diferencias culturales entre uno y otro electorado, porque no creo que en Colombia, incluso en ese año de 1983, se hubiese elegido a alguien con semejantes dos abanderadas en la respectiva campaña electoral. Las mujeres de aquí sí que les hubieran dado de escobazos a sus respectivos maridos, así que cualquiera de ellos se hubiera atrevido a confesar: “Votaré por Jaime, un tipo como yo”.

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5 Comentarios

  1. Elizabeth MORALES

    Me tome el trabajo de leer la columna por simple curiosidad. Siempre es bueno leer que disen los “machos” de otros “machos”. Yo le aseguro que las mujeres que votan en toda autonomia de su marido, hijo o padre, le daran esta vez una oportunidad à las mujeres liderezas. Porque el Patriarcado es el pasado. !Al Patriarcado ya se lo llevo el chiras!
    Siento decirle senor, que no es un asunto de politicos tradicionalistas parir una nueva Colombia. Dejelé esa maravilla de parir a quienes son capaces de reconocer no solo sus hijos naturales sino los hijos de todas las colonbianas.

  2. con mente nublada de imaginarios políticos, psicológicos y/otros, inicia a desarrollar un escrito, y no logra obtener su objetivo ” desatinar respecto de una persona”. se pierde en una analogía incongruente de posibles eventos que no tiene relación alguna con lo que uno, como lector esperaría terminar de leer. me pregunto como sería de competente cuando ejerció como funcionario.

  3. MARIA CLEMENCIA ALVAREZ

    El título de la columna me atrajo y por eso la leí pero el escrito es totalmente incongruente, se refiere a un tercero que el columnista recuerda pero nadie más. Me quedé sin saber ni las diferencias ni las similitudes. Empieza con una frase sacada del imaginario personal que el columnista pretende demostrar con una foto. Qué pobreza argumentativa, definitivamente para escribir se requiere mucho más que ganas.

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