‘Hijo de la guerra’: sobre el filo de la navaja

La novela del periodista y escritor mexicano Ricardo Rapahael narra la génesis de los Zetas, el cartel más sanguinario de México, a partir de una cuidadosa investigación.

Por: Azriel Bibliowicz

Me gustaría que comenzáramos observando la atinada carátula de la novela Hijo de la guerra  de Ricardo Raphael porque me parece diciente y en últimas muy simbólica. 

Un pequeño hombre, como si fuera una hormiga, camina sobre el filo de una navaja. Uso a propósito la palabra hormiga, porque este calificativo tiene una sentido peyorativo a lo largo de las páginas de esta importante novela. Más adelante regresaré a la interpretación desdeñosa de la palabra y al léxico de esta obra que conforma su telón de fondo y que sin duda, es uno de sus grandes logros. 

A lo largo de las páginas de esta novela caminamos sobre el filo de la navaja, porque las ambivalencias abundan en el trayecto. Nos hallamos entre la literatura y el periodismo, la verdad y la mentira, el victimario y la víctima, el miedo y la impavidez, la confianza y la desconfianza, la justicia y la injusticia, el hablar o callar, la lealtad o deslealtad, la violencia y la ternura… en fin, es una gran novela que le demandó a su autor un delicado equilibrio.

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La novela narra la génesis de los Zetas, el cartel más sanguinario de México, a partir de una cuidadosa investigación. Ricardo Rafael, es sin duda un destacado periodista y ahora novelista mexicano, quién nos cuenta como todos los miércoles, sin falta, iba a la cárcel de Chiconautla a hablar con un recluso, que afirmaba ser nada menos que Galdino Mellado Cruz, el temible Zeta 9, también conocido como José Luis Ríos Galena, o Juan Luis Vallejos de la Sancha. 

El autor  decide entrevistarlo y escuchar con atención e inmensa paciencia su espeluznante historia. Lo que comienza como una investigación, poco a poco se transforma, por el relato mismo y las características del  personaje, en una novela negra y, por que no decirlo, de terror. Sin embargo, es a su vez un retrato social de aquello que nos negamos a ver.

Debo señalar que esta historia no es solo mexicana sino también muy colombiana porque viene a ser un espejo de nuestras realidades. México y Colombia parecen países siameses, hermanados por la pobreza, el narcotráfico, el crimen organizado, la violencia, el machismo, la corrupción, y  ejércitos de élite, educados por milicias norteamericanas y mercenarios extranjeros. 

Hijo de la guerra, Ricardo Rapahael
Hijo de la guerra, Ricardo Rapahael

Una de las primeras preguntas que tuvo que enfrentar durante su investigación Ricardo Raphael fue: ¿qué hacía un criminal de la talla del Z9, encerrado, por un crimen menor, sin querer abandonar el penal?  

A lo largo de la novela descubrimos que frente a su aterradora historia y los peligros que lo acechan fuera de la cárcel, su encierro acaba por ser un seguro de vida y hasta un espacio de sanación, porque Galdino entre sus perturbaciones también era un adicto a la heroína.  

Durante año y medio Ricardo Raphael visita al recluso y pactan las condiciones para que el Z9 cuente su historia. Sin embargo, es un pacto suspicaz, porque la sospecha, el miedo y la paranoia estarán siempre presentes.  Y si bien Galdino tiene la necesidad de hablar y Ricardo Raphael de encontrar las raíces de los Zetas, se afronta también la difícil tarea de dilucidar donde comienza la verdad y cuando termina la mentira en su espinosa narración.

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Pero el autor, con gran lucidez, descubre una realidad fluida en donde conviven tanto la verdad como la mentira. Ahí comprende que su deber es escuchar con atención el relato de este victimario y cotejar los grandes interrogantes que anidan en las cárceles, que en últimas son lugares en donde se entretejen múltiples verdades. Por ello no basta verificar la verdad, en singular, sino que debemos analizar a su vez las causas de la falsedad, como nos lo advierte el pertinente epígrafe de Aristóteles que el autor ha escogido como lema para comenzar su obra.

Jorge Volpi en la presentación de la novela en México se refirió a ella como la picaresca moderna del sicariato. Sin duda, es un texto saturado de matices y contradicciones, porque si bien la mafia destruye los pueblos también es cierto que los protege y de pronto la lealtad y el amor conviven al lado del terror. Y a pesar de que el comportamiento de los Zetas no deja de ser monstruoso, Ricardo Raphael también entiende que los victimarios son seres humanos.

No es una casualidad que la historia se produce en la cárcel de Chiconautla, localizada en medio de un basurero y donde los olores resultan insoportables. ¿No será como dice Zygmunt Bauman , el destacado sociólogo, que el capitalismo como sistema y el desaforado consumismo que lo caracteriza, generan una sociedad del desperdicio que en últimas también  desecha a todos aquellos que considera indeseables? 

Ricardo Raphael
Ricardo Raphael

De nuevo los paralelos entre nuestras realidades son inauditas, porque aquí en Colombia también tenemos cárceles en medio de porquerizas, como lo es la cárcel de doña Juana en La Dorada, un penal de alta y media seguridad en medio de un criadero de cerdos cuyos fétidos olores inundan el ambiente.

Evidentemente, esta novela nos exige pensar e impone múltiples preguntas como: ¿si no reconocemos la humanidad del victimario, como vamos salir de esta espiral de violencia? ¿Nuestros deprecio y falta de humanidad hacia el otro, cuando los consideramos insignificantes u hormigas, no reflejan en últimas la crueldad de nuestras instituciones y realidad sociales? 

Y ya que hablo de crueldad, debo decir que el primer capítulo de esta novela es espeluznante por la sevicia y atrocidades que describe del mundo de los carteles y el narcotráfico, que sirve de preámbulo a una realidad desgarradora. Ahí se cuenta como la guerra entre los diferentes carteles de la droga ha exacerbado su sevicia y entierran vivos a los enemigos. Han sepultado al Z9 dejando que respire solo por un delgado tubo por donde también le botan desperdicios y excrementos.  La violencia es obscena. Galdino, se salva de milagro. Y como muchos otros narcotraficantes acaba por ser un muerto-vivo, al que de acuerdo con la prensa ya han matado 3 veces. Y quizás por ello tiene la urgente necesidad de contar su historia. 

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Me atrevería a decir que esta novela busca, ante todo, despertar nuestra dormida conciencia social y sacudirnos frente a la escabrosa realidad que vivimos. Por ello al concluir la lectura del mismo no debe sorprendernos que quedemos cargados de preguntas como:  ¿Cual es el origen de este mal que nos envuelve? ¿Cómo llegamos a este espiral de violencia que no para y que cobra cada día mas fuerza en nuestras sociedades? ¿No será que esta violencia es un espejo de nuestra propia cotidianidad? ¿Hasta donde el léxico viril machista que nos encierra como un laberinto alimenta esta violencia? ¿Es posible combatir el narcotráfico y crimen organizado con las mismas armas, las torturas y tácticas de los delincuentes, a nombre de la justicia y el Estado?

Estas mafias o compañías, como apropiadamente las llama Ricardo Raphael, llenas de distinguidos abogados, banqueros y grandes corporaciones con sus paraísos fiscales, donde lo legal y lo ilegal se entreteje, y  es tierra fértil para que esta mafias y carteles proliferen, ¿no pertenecerán y serán parte integral del modelo y los valores que nuestra economía globalizada fomenta y patrocina? ¿Cómo llegamos a esta encrucijada donde no hay amigos, ni familia, ni amor y en donde se mata sin compasión, porque se cree que Dios lo perdona todo? 

Galdino Mellado Cruz, el temible Zeta 9
Galdino Mellado Cruz, el temible Zeta 9

Para terminar esta breve reseña, quiero hablar del léxico de la novela, ese lunfardo o jerga del bajo mundo, con la que se arma esta historia y que me hizo recordar La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo.

Hijos de la guerra es una novela conversada, y el lector entra a participar y a ser testigo de este escabroso mundo. Es importante entender que el lenguaje no es neutral. Esta jerga que prolifera y a diario escuchamos más y más, tanto en México como en Colombia, penetra nuestras vidas, con fuerza. Es una realidad en la que ser calificado de hormiga termina por ser el gran insulto, porque hormiga, en el mundo de la mafia significa ser un don nadie, el insignificante, el último de la jerarquía y por lo tanto la sociedad los margina al espacio liminal, que comparten en forma intermitente con los desechos. 

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Solamente me resta recomendar esta importante novela y afirmar que Hijo de la Guerra, de Ricardo Raphael, me sacudió y espero que también despierte otras sensibilidades y consciencias, ya que caminamos, sepámoslo o no, sobre el filo de una navaja.

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