Hiroshima y Nagasaki: una barbarie para acabar con otra barbarie

Hace 76 años los estadounidenses arrasaron, con una bomba atómica, las ciudades de Hiroshima y Nagasaki . El hecho, que marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial, sigue protagonizando grandes polémicas.

Por: Matías Afanador Laverde / Especial Diario Criterio

Los días 6 y 9 de agosto de 1945 pasaron a la historia como el sombrío epílogo de la Segunda Guerra Mundial. Después de siete décadas, lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki continúa suscitando polémica sobre la verdadera necesidad de emplear un arma atómica en contra de la población civil para acabar con la guerra.

Ante un obstinado Japón que se negaba a aceptar la inminencia de su derrota, Estados Unidos argumentó que esta arma era la solución para acortar el conflicto.

Un destino inevitable

El camino que condujo a la hecatombe de Hiroshima y Nagasaki comenzó en los círculos de la corte imperial japonesa y en los despachos de la Casa Blanca. Por un lado, Japón debatía la mejor manera de someter a toda Asia Oriental a su control y a su “Gran Esfera de Coprosperidad”, por el otro, Estados Unidos discutía la posibilidad de desarrollar un arma de destrucción masiva nunca vista.

El gobierno en Washington, alentado por las investigaciones de científicos como Albert Einstein y Enrico Fermi, que habían huido de los gobiernos totalitarios de Europa , invirtió cerca de 2.400 millones de dólares de la época para construir la bomba.

El proyecto se llevó a cabo en instalaciones diseminadas por toda América del Norte y participaron universidades de la talla de Berkeley, Princeton, Chicago y Rochester. Tras tres años de trabajo, desde agosto de 1942 hasta julio de 1945, Estados Unidos detonó exitosamente el primer dispositivo nuclear de la historia.

Puede leer: Desde Kennedy, en 1963, no habían asesinado a un presidente en ejercicio en América 

El llamado ensayo Trinity tuvo lugar en el campo de pruebas de Arenas Blancas, Nuevo México, el 16 de julio de 1945. La explosión alcanzó una potencia de 19 kilotones y proyectó una nube radioactiva de 12 kilómetros de altitud. El siniestro presagio de lo que le esperaría a la humanidad quedó plasmado en las palabras del científico Robert Oppenheimer, uno de los principales colaboradores del proyecto: “Me he convertido en la muerte, en destructor de mundos”.

El fanatismo japonés

La inteligencia japonesa no tuvo acceso a lo sucedido en los desiertos del oeste estadounidense porque a mediados de 1945 el imperio nipón se encontraba en una posición catastrófica. La mayor parte de su fuerza naval estaba hundida, la comunicación con sus territorios coloniales en China, Corea y el sur del pacífico se encontraba cortada y sus ciudades e industrias devastadas por las bombas de napalm, que solo en los ataques de marzo de 1945 sobre Tokio habían acabado con la vida de 120.000 personas y dejado a un millón sin hogar.

El alto mando nipón, empeñado en defender a ultranza las monolíticas nociones de honor, sacrificio y deber heredadas de la cultura samurái, se empeñaba en continuar la guerra a cualquier precio. Incluso, tras la desastrosa pérdida de la isla de Iwo Jima, en marzo de 1945, que se convertiría en una base para futuros desembarcos estadounidenses en el archipiélago japonés, el imperio no dio su brazo a torcer.

Le puede interesar: En Colombia a ningún presidente se le niega un juicio o la cárcel. Parte I

La arraigada fe de los japoneses en sus tradiciones de guerra milenarias y en la divinidad de su emperador Hirohito llevó a emplear centenares de niños soldados en misiones suicidas durante los últimos meses del conflicto. Tal es el caso de Yukio Araki, quien con apenas 17 años, impactó su avión contra un navío de la armada estadounidense que se aproximaba a la isla de Okinawa. El joven pereció en el acto, matando a 66 tripulantes de la embarcación.

El holocausto de Hiroshima y Nagasaki

El 6 de agosto de 1945, un solitario avión lanzó a Little Boy, la bomba nuclear que acabó con el 80 por ciento de Hiroshima y mató de manera inmediata a 80.000 personas y a otras 140.000 en los meses posteriores. Ante la noticia, el consejo de guerra del emperador, influenciado por el fanatismo de los militares, sugirió continuar la guerra en espera de una batalla decisiva en suelo japonés que ocasionara tantas bajas a los aliados como para que accedieran a una rendición negociada. La estrategia era evitar un humillante acuerdo de capitulación incondicional como el impuesto a Alemania.

Sin embargo, la destrucción del puerto de Nagasaki, ocurrida el 9 de agosto con la bomba nuclear apodada Fat Man, cambió la forma de pensar del gobierno. La facción diplomática del gabinete nipón, dirigida por el antiguo ministro de exteriores Shigenori Togo, impuso su posición y convenció al reticente emperador Hirohito de aprobar la capitulación incondicional presentada por los aliados, tras la conferencia de Potsdam.

Como dato curioso, cabe señalar que los militares norteamericanos habían decidido emplear la segunda bomba contra la antigua ciudad medieval de Kokura. Por suerte del destino, el poblado amaneció bajo una espesa niebla que obligó a los pilotos del avión B-29 Bockscar a buscar un nuevo blanco. Hoy en día es común que entre los nipones se utilice la expresión “tener la suerte de Kokura”, para referirse a eventos extremadamente positivos.

Una difícil capitulación

La inminente capitulación supuso una conmoción difícil de asimilar para la militarista sociedad japonesa, que tres años antes vio a sus ejércitos a ocupar gran parte del continente asiático y encumbrar el poderío de su imperio hasta límites insospechados. Hiroshima y Nagasaki acabaron con esa idea de superioridad.

Miles de soldados y civiles optaron por poner fin a sus vidas mediante el seppuku, la antigua forma de suicidio ritual samurái. Algunos fueron más allá. El 14 de agosto de 1945 un grupo de extremistas militares, bajo las órdenes del mayor Kenji Hatanaka, intentó arrestar al emperador para evitar que grabase el discurso de capitulación que sería transmitido por radio a toda la nación.

Le puede interesar: Algo paleolítico en el mundo digital

La intentona golpista se derrumbó en cuestión de horas ante la falta de apoyo de los superiores de Hatanaka, quien optó por suicidarse al día siguiente. En la noche de 15 de agosto la emisora NHK emitió el discurso del emperador, terminando así la Segunda Guerra Mundial.

El estatus divino del emperador, que hacía impensable cualquier contacto cercano entre él y sus súbditos, dio pie a dificultades en la retransmisión del mensaje. Los ciudadanos japoneses no sabían cómo reaccionar al escuchar la voz de un ser sobrenatural. Tampoco entendían el arcaico dialecto palaciego empleado por el soberano. Un aspecto interesante del discurso fue que Hirohito nunca pronunció la palabra rendición y se limitó a explicar que la guerra no se había desarrollado de forma favorable a los intereses del imperio.

El fin

El emperador, sin embargo, evitó la humillación de entregar formalmente a su nación pues no estuvo presente en la ceremonia que, el 2 de septiembre de 1945, oficializó el final de la Segunda Guerra Mundial y marcó el comienzo de la ocupación militar estadounidense del país. El recién nombrado ministro de asuntos exteriores Mamoru Shigemitsu tuvo que encarar de manera pública esa humillación: estampó su firma sobre el documento que enterró las ambiciones de un imperio que decidió asumir con determinación suicida la quimérica labor de ocupar todo el territorio de Asia Oriental mientras se enfrentaba al inigualable poderío industrial y económico de los Estados Unidos.

4 Comentarios

    1. Matías Afanador Valverde hace un recuento de eventos cifrados por barbaries y atrocidades como la inclusión de población infantil en el conflicto. Buen texto, convoca a leer y a indagar.

Deja un comentario