La historia de Gatopardo, contada por uno de sus fundadores

Por estos días se consigue en las librerías colombianas ‘Los últimos días de Gatopardo’, un libro en el que Miguel Silva cuenta la historia detrás de la creación de la icónica revista. Diario Criterio asistió a su lanzamiento y recoge algunas historias sobre la publicación. 

Cuando apareció Gatopardo, por allá a finales de 1999, no había revistas que publicaran solo periodismo narrativo y crónicas de largo aliento en español. Ese género, que ya era famoso en América Latina por los textos de periodistas norteamericanos como Tom Wolfe, Joan Didion o Gay Talese, luchaba por ganarse un espacio en los medios tradicionales, como los periódicos y las revistas noticiosas (aún no se había dado el boom de internet), sin mucho éxito. 

Por eso desde su nacimiento, la revista, fundada por Miguel Silva y Rafael Molano, se convirtió en un objeto de culto y en un hito para el periodismo de la región. Definida por sus creadores como una mezcla entre The New Yorker y Vanity Fair, Gatopardo reunía textos de largo aliento, en primera persona y con un enfoque muy latinoamericano, hechos por escritores como Umberto Eco, Tomas Eloy Martinez, Ernesto Sábato o Carlos Fuentes, y periodistas como Leila Guerriero, Martín Caparrós o Juan Villoro.

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Con esos nombres y con textos de todo tipo (crónicas insólitas, reportajes políticos, textos sobre cine, etc…), la revista empezó a desafiar mitos como aquel que dice que la gente no lee textos largos, o que la crónica no les interesa a los lectores. 

Para el equipo detrás de la idea original, sacar adelante este proyecto, conseguir la financiación y convencer a los autores que mes a mes escribían artículos fue una tarea titánica, llena de sacrificios, errores y muchos pequeños éxitos, que terminaron cuando la revista cambió de manos en 2009 y terminó en una editorial mexicana. Aún hoy existe, pero ya no es la Gatopardo de antes, la que reunía las mejores plumas y textos, y la que aún guardan con emoción muchos coleccionistas de todo el continente. 

Uno de sus creadores, el periodista Miguel Silva, está lanzando por estos días el libro Los últimos días de Gatopardo, que cuenta la historia detrás de la creación, la elaboración y la pérdida de la revista. Un texto lleno de anécdotas y de recuerdos de la que fue, una de las mejores revistas de América Latina, un esfuerzo pionero (desde el punto de vista periodístico y empresarial) al que le siguieron otras publicaciones que aún subsisten, como Etiqueta negra, de Perú, o El Malpensante, de Colombia. 

Los últimos días de Gatopardo
Los últimos días de Gatopardo

Silva estuvo hablando sobre el libro, que ya se consigue en librerías, con el escritor Juan Gabriel Vasquez en un evento de lanzamiento al que asistió Diario Criterio. Allí compartieron varias historias detrás de la publicación. Estas son algunas de ellas contadas por el propio autor:

La inspiración 

“En Estados Unidos había una multitud de revistas: Esquire, The New Yorker, Vanity Fair, todo lo que se llamaba en ese momento las smart magazines o las ‘revistas ingeniosas’. Nosotros (Rafael Molano y yo) vivíamos fascinados con esas revistas, y nos echábamos cuentos, fascinados con tener una revista de verdad, verdad.

De hecho, The New Yorker tuvo un fundador que fue Harold Ross, pero después de él, el segundo editor fue William Shawn. Hay unos 20 libros sobre William Shawn, que era un tipo difícil, un gran editor, pero un tipo muy raro. En una época Condé Nast estaba comprando la revista y le querían hacer el due diligence, pero cuando fueron a entrar a la parte editorial, Shawn les dijo: ‘por aquí no pasan’.

Después, cuando compraron y finalmente pudieron ver cómo funcionaba todo, vieron que él tenía 2 millones de dólares en artículos contratados y en desarrollo, aún no publicados. A mí eso me pareció increíble: cómo no va a hacer uno un buen periodismo, o buenas crónicas, teniendo dinero. Esa fue la idea, la fuerza que nos movía en ese tiempo”.

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Los inicios de ‘Gatopardo’ y el primer equipo

“Nosotros arrancamos en Semana. Semana fue el primer socio fundador de Gatopardo por un acuerdo según el cual ellos tenían el 50 por ciento y nosotros el otro 50 por ciento. Yo escribía en la revista Semana, y me llevé a Rafael Molano a que fuera el director. 

El primer equipo, el equipo precursor de Gatopardo estaba conformado por él, Marta Orrantia, Fernando Gómez (Chicharro), Fernando Quiroz, Vladdo… y Vladdo nos presentó a Hernan Sansone (jefe de arte), que es un genio, un argentino que se había venido persiguiendo una novia a Pereira”.

El nombre

“Ese grupo se reunía en una oficina cerrada, en un sitio absurdo, que quedaba en la mitad de la redacción de Semana. Ellos se sentaban, y yo cuando me desocupaba me sentaba con ellos de vez en cuando, a botar nombres. Pero salían los de siempre: Lámpara, Azul… A Chicharro se le ocurrió en un momento hasta Hermosos y Malditos. ¿A quién se le va a ocurrir llamar una revista Hermosos y Malditos?  

Semana cerraba los miércoles la parte cultural, los jueves la económica y los viernes la parte ‘caliente’. Y el cierre del viernes era una maravilla, porque duraba hasta las cinco de la mañana y por allá llegaba todo el mundo. 

Gatopardo revista
“La idea era que la portada fuera como Vanity Fair, y el contenido como The New Yorker”

Una noche llegó Félix de Bedout y entró a curiosear. Yo le expliqué que esto era una mezcla entre Vanity Fair y The New Yorker, y que estamos buscando títulos. Y no sé cómo se le ocurrió, pero dijo ‘¡Ah!, un Gatopardo’. Y todos nos miramos y dijimos ‘ese es el nombre’.  Claro, después hicimos unos grupos focales en varios países y fue un desastre, a nadie le gustaba”

El número cero 

“En el número cero usted (lo dice Silva dirigiéndose a Juan Gabriel Vásquez) estuvo acompañado de Umberto Eco, Antonio Tabucchi, Martín Caparrós, Juan Villoro, en fin…

El equipo estaba integrado por gente que escribía muy bien, buenos editores, irreverentes, pero un poco tímidos. Salvo Marta Orrantia, que es una cosa distinta. Pero a pesar de su timidez, Rafael Molano tiene una característica adicional: nadie le dice que no. Entonces queríamos a Umberto Eco, teníamos a Umberto Eco. Que a Tabucchi, teníamos Tabucchi.

Ese número cero tenía 250 páginas y publicamos 70.000 ejemplares.

Ramón Cote, poeta, trabajaba con mi hermana Claudia, y ellos nos hicieron la publicidad. A él fue a quien se le ocurrió el eslogan de Gatopardo, que es genial: todo un mes para leerla”. 

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La primera portada

“La primera portada fue un oso increíble que reveló toda nuestra inexperiencia. Habíamos dicho que las portadas se iban a parecer a Vanity Fair y que lo de adentro se iba a parecer a The New Yorker. Pero para la primera no queríamos tener la foto de una gringa o de un gringo de Hollywood, sino de una latinoamericana. Y conseguimos a Leonor Varela, una chilena preciosa que estaba en una serie sobre Roma. 

Y nos conseguimos una foto exclusiva (porque además tenían que ser fotos exclusivas, que no salieran en ningún otro medio). Y la portada es una foto como entre rojo y verde (era diciembre de 1999, navidad), y sale esta mujer como con una culebra, una cosa de una cursilería increíble. Se nos fueron las luces. Claro, después todo el mundo nos decía ‘están locos’”

Los textos en primera persona

“Yo creo que esto tiene un origen anglosajón: a los anglosajones les da menos miedo usar la primera persona en singular. El uso del “yo”. A uno, en cambio, le enseñaban en las clases de periodismo: primero, olvídese del yo, el yo no existe. Segundo, escriba con el lead y luego siga un formato clásico. 

Por eso, una de las reglas para los escritores de Gatopardo era: usted tiene que escribir con la primera persona del singular, usted tiene que decir ‘yo’. Si no puede decir ‘yo’,  sencillamente no puede escribir acá”.

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El poeta Ramón Cote creó el eslogan: “todo un mes para leerla”.

Los textos políticos

“A nosotros nos pasaba una cosa que fue increíblemente liberadora: al ser una revista que se editaba en Colombia, teníamos una enorme libertad para escribir sobre cosas que ocurrían en otros sitios. Gustavo Gorriti, que estaba exiliado en Panamá, podía escribir, por ejemplo, sobre Montesinos, que seguía gobernando con Fujimori en Perú. De México también publicamos una gran cantidad de artículos que allá no se podían publicar. 

La otra cosa que ocurría es que con Rafa y el equipo decidíamos cada mes la mezcla de la revista y esa mezcla daba cosas distintas: podía ir un artículo sobre la familia real de Barinas, que es un tema político, sobre Hugo Chavez, y luego una crónica de esas insólitas latinaomericanas, como el biblioburro de Colombia o la bomba atómica de Argentina. 

Y después había dos o tres cosas más: una de cine y otros artículos que le comprábamos a The New Yorker y a Vanity Fair, que a veces eran algunas cosas exóticas. Esa mezcla siempre daba una cierta tensión entre una revista pesada y una un poco más liviana”

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Las revistas que compró Fujimori

“A Gustavo Gorriti, que estaba exiliado en Panamá, lo había echado Montesinos de Perú y lo perseguía para matarlo. Y para nuestra edición número 1, la de abril de 2000, cuando ya salimos en serio, él escribió un artículo que se llamaba La sombra del régimen, un perfil sobre Montesinos increíble y my valiente, porque en esa época Montesinos controlaba todo.

Lo primero que nosotros hicimos fue mandar unos fragmentos del artículo para que los publicara Caretas o El Comercio, para generar expectativa. Y lo segundo fue que si normalmente mandábamos 500 ejemplares a Perú, esa vez mandamos 2.500. Y a la semana se habían vendido todos. Nosotros estabamos felices.

Pero dos o tres meses después, el distribuidor nuestro en Perú nos confesó la verdad: y es que les había dado pena, vergúenza y lastima decirnos que el gobierno había mandado a comprar los 2.500 ejemplares”.

Los grandes escritores

“A Rafa Molano, en medio de su timidez, nadie le decía que no. Y algo similar comenzó a pasar con todos los demás, que empezaron a crear una relación con escritores como Vargas Llosa o Fuentes. Y realmente estos tipos amaron Gatopardo la primera vez que vieron la revista. Claro que los que escribieron para el número cero, no: Tabucchi, Eco, etc.. ellos lo hicieron como un acto de fe. 

Pero después Vargas Llosa escribió muchas veces para la revista. Y a Fuentes le dábamos una lata absurda: si había elecciones en Estados Unidos lo llamábamos y le pedíamos que escribiera, y él, amabilísimo, siempre lo hacía.

Homero Simpson en Gatopardo
Homero Simpson fue portada de Gatopardo

Para mí, el más interesante era Ernesto Sábato. Era particularmente enternecedor, porque para ese entonces debía tener 80 años y era un hombre pobre. Y nosotros pagábamos bien, como 1.000 o 500 dólares por artículo. Y a Sabato lo llamaba alguien y le decía “maestro, porque no nos escribe un texto sobre por qué vive usted en Santos Lugares (Argentina)”, él lo hacía. Escribió textos que son bellísimos, y que solo salían publicados en Gatopardo. Él seguro nos veía con ternura, como estos pobres se van a morir rápido, mejor les ayudamos”.

El disgusto de Gabo

“Gabo, en muchos sentidos, es precursor de la revista también. Él hablaba mucho de hacer un periodico que se llamaba El otro y de hacer una revista que pudiera contar historias diferentes. Cuando nosotros arrancamos Gatopardo él se enteró, pero ahí había una relación que era buena, pero necesariamente tensa. Y es que cuando yo llegué a Semana él acababa de lanzar Cambio. Entonces había un enfrentamiento, una competencia, pero él siempre fue amoroso, querido y generoso conmigo. 

Tuvimos un impasse, que fue muy desafortunado, y que nunca entendimos por qué ocurrió. Jacqueline Urzola, amiga nuestra y amiga de Mercedes Barcha, nos dijo un día “yo quiero hacer un perfil de Mercedes”. Y la verdad es que nadie tenía un perfil de ella, había leyendas, pero nada profundo. Entonces se sentó y trabajó un artículo muy juicioso, pero algo pasó, no les gustó. Nunca supimos cuál de las frases del artículo fue, pero Gabo llamó a quejarse”. 

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La estrategia comercial

Gatopardo en realidad fue un fracaso porque siempre perdíamos un poquito de dinero y al final no conseguimos el capital para esa pérdida, y hubo una fusión, que la cuento ahí en el libro, una fusión que fue infortunada y en la que nosotros perdimos. Pero más allá de eso, era increíble: teníamos 11 revistas al año y vendíamos 3 millones de dólares al año. El equipo comercial era una cosa salvaje. Se vendía el aviso de Colombia, México, Chile, Argentina, y también el aviso regional, para las marcas grandes, como Iberia, que quería que saliera en más países, y eso costaba mucho más. 

Hubo un año que llegamos a punto de equilibrio y fue cuando dijimos “llegamos a punto de equilibrio, por qué no abrimos Costa Rica y Dominicana”, y bueno…

La nueva Gatopardo

“Uno podría hacer muchas cosas (con los artículos del archivo), pero tocaría hablar con los dueños de ahora, a quienes entre otras cosas no conozco. Los que se quedaron con Gatopardo primero, es decir, aquellos con los que hicimos la fusión y terminaron quedándose con la revista de una manera un poco ‘errada’, la perdieron después. Pero lo cierto es que una vez la revista salió de aquí, se volvió una revista americana, y se perdió todo el componente latinoamericano y regional, y ese sueño de tener un medio que fuera realmente unificador, integrador”.

3 Comentarios

  1. Magnífica y atrapadora crónica ; una forma real y clara de contarnos cómo fue su propia historia, frente a una revista que marcó la diferencia en Latinoamérica. Muy interesante!!

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